domingo, 29 de diciembre de 2013

La conjura de los necios. Recomendación literaria



Eduardo Castilla
El negro Jones barre el piso mugriento del Noche de Alegría, Lana Lee insulta a Darlene mientras ésta intenta ensayar su número con una cacatúa. Afuera, el joven George esconde pornografía para llevar a los colegios mientras el policía Mancuso husmea por toda la ciudad buscando apresar su “propio” delincuente. Santa Battagalia le ofrece otra copa a Irene Reilly que no para de maldecir a su hijo.
Es que su hijo está allí, está en la calle Bourbon, pasando por la puerta del Noche de Alegría, está en el Barrio Francés, intentando vender bocaditos de salchicha, está en Levy Pants, vaciando las cajoneras e intentando provocar un levantamiento que termine con González (¿o es Gómez, como diría la señorita Trixie?)
Ignatius J. Reilly es una criatura despreciable. Un individualismo que aflora a flor de piel, que no deja de aparecer en cada escena, que hace a todos y todas lo que en su bien convenga. Ese es Reilly, el personaje central de la novela de John Kennedy Toole, La conjura de los necios. En esa obra se conjugan la tragedia individual de un potencial genio de la literatura, con la acidez abierta sobre la sociedad de EEUU y, en particular, sobre Nueva Orleans.
Toole se suicidó en 1969 creyendo que su novela era un fracaso. Él la consideraba una obra maestra. Y lo es.  Fue su madre la que lo convirtió en un best-seller, después de recorrer pasillos y golpear muchas puertas, hasta lograr que el escritor Walker Percy leyera el manuscrito, deseando poder decir, desde la primera hoja, que aquello no servía. Pero servía. 

Los bajos fondos. Como se lo llama en ese lenguaje policial que ha infestado parte importante del periodismo, la misma literatura y el lenguaje coloquial, aunque no sea la forma de hablar más común en nuestro país. Sea como sea, allí transcurre parte importante de la historia. Entre la dueña de un bar que se dedica a otros negocios non santos (a los que no haremos mención para no contar partes de la historia) y su empleado de limpieza, Jones que se queja hasta el hartazgo de su pésima paga (“menos que el salario mínimo”) y que “teoriza” la opresión y explotación que sufren los sectores de color (“si les pusieran una escoba en la mano al nacer, seguramente barrerían”) se teje un brutal negociación, donde la cárcel es el destino alternativo para Jones si decide no seguir limpiando los mugrosos pisos del Noche de Alegría.
El problema negro, es decir, la opresión de millones en el EEUU de los años 60’, emerge en las bromas de Jones sobre sí mismo, en la rebelión por mejores salarios de los obreros de Levy Pants y en la idea de su dueño, Gus Levy de establecer un premio a sus obreros negros, como una forma de recuperar la alicaída imagen de su empresa.
Lúmpenes. Gus Levy y su señora son la viva imagen de una burguesía lumpenizada. Gus Levy no puede pasar por su fábrica sin descomponerse. Levy es el típico dandy, que pasea por la costa, hace viajes, participa en clubes, y deja la empresa en manos de sus empleados. Allí, en la administración, se concentran una troupe de personajes decadentes. El señor González, gerente general que estaría dispuesto a dar su vida por Levy Pants; y Trixie, viejísima, ansiosa por jubilarse, odiando cada día de su vida en la fábrica, confundiendo a todos y todas. El alma caritativa de la señora Levy se “apiada” de Trixie, a la cual, a pesar de sus súplicas se niega a jubilar. La “caridad” burguesa es una soga que aprieta el cuello de la pobre vieja que no para de insultar y maldecir. 

McCarthy. El legendario senador norteamericano que impulsó la Comisión de Actividades Antiestadounidenses es un fantasma que recorre el libro, desde las primeras páginas, cuando el señor Robichaux (a quién luego conoceremos con más detalle) ve comunistas por todos lados, en especial entre la policía, hasta las preguntas insidiosas de Irene Reilly a su hijo acerca de sus actividades. Imposible escribir en EEUU sin hacer referencia a aquello que marcaba la historia reciente del país de una manera abrumadora.
Pero el macartismo aparece de la mano de la ironía. La ridiculez le da un marco. Los folletos grotescos con preguntas para los hijos, la paranoia de Robichaux que ve comunistas en todos lados, la acusación contra Ignatius que, por el contrario, es monárquico (¡en EEUU!). 

Ignatius. Arriba, abajo, por los costados, adentro. En todos lados está Ignatius J. Reilly. Un personaje aborrecible. Aunque no a la manera clásica (si es que existe tal cosa). Ignatius despierta el odio de todos: del Sr. Clyde, dueño del negocio de venta de salchichas; de Lana Lee, dueña del bar; de Dorian Greene, a quién le arruina una fiesta hermosa de la comunidad homosexual.
Pero sobre todo, despertará el odio de su madre. Un odio cargado de ternura, aunque resulte paradójico. Algunas de las mejores páginas (las mejores en mi opinión) son las que incluyen uno de los diálogos finales entre una madre que ha sufrido el maltrato brutal de su hijo, un terrible desprecio, constantes humillaciones y el autor de ese destrato. Allí se pone en juego, en el nivel máximo, la contradicción del rol materno en esta sociedad.
Si la novela revela a una Irene Reilly que no puede dejar de pensar en su hijo, en el dinero que gastó para que fuera a la universidad, en su fracaso trabajando como vendedor de salchichas (y en el “qué dirán” en el barrio), el diálogo final saca con una fuerza inusitada el resentimiento que puede generar ese rol: la “frustración de ser madre”, el fracaso de haberle dado todo a un hijo que la trata como un trapo de piso, mandándola a terminar los quehaceres domésticos o a emborracharse. En esas páginas puede sentirse el odio de esa madre hacia su hijo, una furia que brota por todos los poros y en cada palabra. 

Ignatius J. Reilly. Es un genio y un loco. En todo caso, más un loco. Un loco que se asigna a sí mismo un rol fundamental en transformar el orden existente. La novela respira estancamiento, fracaso. No sólo fracasan aquellos que la sociedad oprime y condena como Jones, Darlene o la señora Angie -que hace su verdadera aparición en las últimas páginas como un huracán de descontento y fracasos- sino aquellos que tienen riquezas y poder. Fracasa Gus Levy como empresario, fracasa su esposa en su obra caritativa con la señorita Trixie.
En ese fracaso de los años 60’ se cruzan dos modelos de “transformación social”. El de Ignatius, que aspira a un régimen de tipo monárquico, pero en el camino se propone constituir un partido de “sodomistas y homosexuales” que instalen “la paz mundial” y el de Mirna Minkoff, su alter ego, su rival, la raíz de sus sueños húmedos y del uso del guante de látex. Mirna es la política y la sexualidad. La liberación a través del sexo para la liberación política. Ignatius es al autor de grandes planes que llenan sus cuadernos Gran Jefe. Ambos son la contracara de una sociedad consumista y así lo hacen saber. Su correspondencia exuda resentimiento, delirios de grandeza, desprecio por el otro y una profunda preocupación por parte de Mirna.  
La conjura de los necios es una obra de literatura genial. La sensación de Walker Percy de no poder parar de leerla es contagiosa. No se puede parar. Cada carta de Ignatius a Mirna, cada respuesta al Sr. González (que bien podría ser Gómez), cada maldición de Trixie o cada chantaje de la Sra. Levy son imperdibles. Va la recomendación de lectura.

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