jueves, 16 de julio de 2020

Enrique Raab y la magia de la crónica





Escribir por escribir. Para libertar tensión, para soltar amarras. Para volver a sentir el teclado en los dedos sin las arduas imposiciones diarias que los ubican en ese lugar. A cada momento. Escribir para hacer catarsis. Para olvidar. Para seguir recordando.

Tomarse 20 días para caminar las calles y callejuelas de Portugal. Para oler sus olores, saborear sus comidas, mirar a los ojos de quienes pasan caminando o simplemente corriendo.

Enrique Raab escriba sobre Portugal. La belleza está en las palabras y las imágenes. La magia de la crónica está en lograr un efecto visual. Palabras convertidas en imágenes. Fotogramas de realidad sucediéndose en cada renglón hasta formar una idea compacta. Un párrafo tras otro transmitiendo colores, olores y sensaciones. La magia de la crónica es poder ver y sentir aquello que, por definición, solo puede ser leído.

Raab escribe como un militante. Como el político que es. Como el hombre que mira los días desde la óptica del cambio y la revolución. Qué es lo que se vive en Portugal. Por eso sus palabras se encadenan al nerviosismo que vive el país. Por eso pueden hundirse en la historia del Portugal contemporáneo (de su contemporaneidad, no de la nuestra) y relatar en detalle los múltiples intentos de derrocar la larga y dura dictadura de Salazar.

Esa mirada se posa sobre los hombros y las cabezas de los miles de militantes que inundan actos y estadios, que gritan consignas. Que las repiten en tono formal y anquilosado o agitando a los cuatro vientos. Y en esos gritos y cantos nadan programas, perspectivas, políticas. Raab las distingue, las presenta al lector. Las hace balbucear palabras pero dejarse entender.

La magia de la crónica está en saber caminar aquellas calles y callejuelas. En entender la tristeza portuguesa. En pretender explicarla, desafiando los sentidos comunes que cruzan Europa de punta a punta.

John Berger, preguntándose por las razones de los relatos, dijo una vez: “A veces parece que el relato tenga una voluntad propia, la voluntad de ser repetido, de encontrar un oído, un compañero. Como los camellos cruzan el desierto, así los relatos cruzan la soledad de la vida, ofreciendo hospitalidad al oyente, o buscándola. Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación, sino el olvido”.

Desde el tiempo marchito hace cuatro décadas, el relato raabiano (si se nos permite el término) vino corriendo a buscarme. Y me encontró leyéndolo feliz, con frío, en el sillón del living.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Insomnio lleno de recuerdos.




Mi computadora es una mierda. O no lo sé. Tal vez solo sea el procesador de texto. Eso hace que todo sea más difícil. Escribir con insomnio, molesto y un poco triste a la vez. Escribir esperando que el tiempo transcurra tan rápido como lo hace ese torrente desordenado que a veces se llaman ideas.
Hoy nos enteramos de una triste noticia. Una amiga se fue. No la veía desde hace más de 20 años. No sé como se llamaban sus hijos o hijas. No había charlado en décadas. Y sin embargo, la tristeza llegó y me acompañó bastantes cuadras por el barrio porteño de San Cristóbal. Un barrio demasiado lejano al de Los Nogales, dónde ella vivió hace un cuarto de siglo. La amistad puede ser una cosa demasiado extraña, incomprensible y hasta cierto punto indescriptible. A esta altura de la vida ya nada me unía a ella salvo los gratos recuerdos del pasado. En el mundo de las redes sociales supongo que un poco podíamos adivinar en qué andaba cada uno. Cada Me Gusta intercambiado -sobre una trivialidad cualquiera- tenía un gusto (valga la redundancia) a “te acordás”.
Y no pude menos que acordarme. Del horrible patio que tenía la Escuela de Ciencias de la Información allá por 1995. Nos recuerdo sentados en los durísimos y raídos bancos de madera que cada tanto la gestión pintaba. Porque los recursos eran escasos. Por eso “queríamos ser facultad”. Ignoro como serán hoy esos bancos. Hace demasiado tiempo que no piso lo que alguna vez, con escaso acierto, llamábamos “la Escuelita”. Ignoro como será todo ahora que somos facultad.
Me recuerdo a mí mismo viajando en el 22, a su casa en Los Nogales. Entre aquellos años y hoy, debe haber habido demasiados 22. El de mediados de los 90 tenía un recorrido larguísimo. Daba infinita cantidad de vueltas antes de depositarte cerca de destino. Ese recuerdo aparece demasiado atado a la novedad y la desesperación del “campesino” recién llegado a Córdoba capital. En Alta Gracia solo eran necesarios dos colectivos: el que te llevaba al río y el que te llevaba al cementerio. A veces eran el mismo.
Recuerdo su sonrisa: era un abrazo. Era apenas un toque más grande que yo. Y sin embargo parecía que lo sabía todo. Se ve que sabíamos demasiado poco en aquel entonces. La parte buena de pasar los 40 es darse cuenta que uno no sabe nada por más que intente disimularlo.
En todos estos años nunca dejé de recordarla. Estaba ahí, imborrable. Como esos bancos de madera.
Esta noche el insomnio estuvo lleno de recuerdos.

(la foto es del año 2000. Ese es el patio horrible. Los bancos de madera estaban a los costados)



domingo, 23 de febrero de 2020

El peso de las palabras




¿Las palabras tienen peso? Y sí es así. ¿cómo las afecta la ley de gravedad? Imposible saberlo. Porqué en todo caso el peso de las palabras se desplaza en el tiempo. Se mueve en imaginarias e intangibles balanzas, que se cargan a cuesta de las muchas conciencias existentes. En última instancia, el peso de las palabras es completamente subjetivo. Sería imposible ponerse de acuerdo entre dos personas acerca del significado de las palabras “te amo”. Incluso si esas dos personas efectivamente se amaran (lo cuál abriría el debate sobre qué es el amor). Te y Amo serían dos cosas radicalmente distintas. Posiblemente hasta opuestas, partiendo de que no existen oposiciones que no tengan, a la vez, un punto de contacto, un lugar de soldadura desde el que se abren en abanico.

Ese peso, al determinarse de manera subjetiva, se vuelve inestable, etéreo, frágil. Tan maleable como las interpretaciones mismas. Vara de lo imposible, registro de lo inexistente o lo inasible.

Entonces. ¿para que decimos lo que decimos? Cuando volcamos palabras al universo de aire, ruido y olor que nos rodea. Cuando enunciamos aquello que ya hace rato circula de neurona en neurona, caminando a velocidad hacia nuestros labios y lengua, luego de haber subido por la laringe.

Las palabras pesan por partida doble. Comunicación no es lo que uno dice sino lo que el otro entiende (algo que enseñaban en Comunicación de Córdoba). Falso de toda falsedad. Comunicación son las dos cosas. Son dos necesidades enfrentadas. Son dos medidas para pesar el peso de las palabras. Allí donde hablo digo algo que pesa en mi conciencia, en mi ser, en mis sentimientos. Allí donde escucho calibro las mismas variables. Escucho y leo pesando el peso de las palabras. Aquellas que informan, aquellas que alagan, aquellas que insultan.

Debería haber terminado Las palabras y las cosas. Posiblemente tendría en la punta de los dedos algunas palabras más para agregar peso en este breve escrito.


sábado, 20 de abril de 2019

Los brazos cansados





Cuando este post esté subido nada más van a haber pasado 25 minutos de que corté con un amigo. Hoy cumplió años. Promedia la mitad de la década de los 30. Es mucho más que joven en un país donde la esperanza de vida alcanza los setenta y pico de años.


Sin embargo me dijo que tenía los brazos cansados. Se entiende. Carga cajas todo el día. Las lleva y las trae. Adentro, un peso muerto que no tiene nada que ver con su vida.


El problema no son las cajas. Es su hijo. Los brazos cansados se cansan aún más cuando se trata de cargarlo. No se trata de una necesidad. No hay impedimentos. Se trata solo de jugar. Se trata solo de disfrutar el (poco) tiempo libre que comparten juntos. Levantarlo y hacerlo volar, imagina uno.


El mundo es una mierda. Para miles de millones. Una cosa tan sencilla como levantar a tu hijo para jugar con él se parece algo, tal vez mucho, a la tortura, al sufrimiento. Donde debería haber placer y felicidad hay dolor y frustración.


No pude evitar acordarme de los rotos que dejan las patronales, de los que sufren dolores insufribles, de los que padecen en el cuerpo el solo hecho de estar en la línea de producción. No pudo evitar acordarme de los obreros de forja que habitaban las plantas de la Fiat cordobesa allá por los 70, aquellos que lloraban de impotencia y de sordera.


El mundo es una mierda. Vale la pena destrozarlo de pies a cabeza. Solo para que alguien puede jugar con su hijo entre sus brazos sin sentir que una aguja se los atraviesa.

martes, 16 de abril de 2019

La tristeza por Notre Dame, la cultura burguesa y el comunismo





Para quienes no tenemos la suerte de conocer Europa, el incendio de Notre Dame apareció como un motivo de tristeza más. Si alguna vez el azar o el destino nos deparan pisar el viejo continente, no podemos estar seguro de que la imponente mole estará ahí para maravillarnos con su inmensidad.


Una (gran) amiga cordobesa me contó que se le piantó un lagrimón. No era para menos. Un milenio de historia y cultura ardía desde las pantallas.


Las llamas que asaltaron la milenaria catedral parisina dispararon más de una discusión en estas tierras. La ignorancia idiomática nos impide saber si ocurrió en otras. Las redes sociales dieron testimonio. Leímos festejos asociados a una consigna: “la única iglesia que ilumina es la que arde”.


La clase obrera del siglo XIX e inicios del XX marchó, luchó y fue masacrada bajo la perspectiva de una emancipación que no se reducía a una simple mejora en la situación material.


Socialistas, anarquistas y sindicalistas revolucionarios montaron clubes obreros y bibliotecas; editaron libros y revistas. Educaron a la clase obrera, sembraron una conciencia que aspiraba a una emancipación más amplia que el aumento salarial.


La estrategia política de aquellas organizaciones se chocó con un mundo convulsionado. Antes de convertirse en un freno a la lucha revolucionaria, se tornó impotente. El siglo XX dejó al desnudo que el derecho a la cultura y al ocio no se podían conquistar por la vía evolutiva. Había que cruzar armas con la burguesía, hacer tronar cañones y batirla. La revolución violenta hizo su entrada en escena desde Oriente.


Quince años después, sufriendo las aspereza de un planeta sin visado, León Trotsky hablaba ante una concurrencia de estudiantes daneses.

Casi no vale la pena detenerse en los lamentos, según los cuales la Revolución de Octubre ha conducido a Rusia a la declinación cultural (…) el monopolio de una pequeña minoría sobre los bienes de la cultura ha quedado deshecho. Pero todo lo que era realmente cultural en la antigua cultura rusa permanece intacto. Los “hunos” bolcheviques no han pisoteado ni las conquistas del pensamiento ni las obras del arte. Por el contrario, han restaurado cuidadosamente los monumentos de la creación humana y los han puesto en orden ejemplar. La cultura de la monarquía, de la nobleza y de la burguesía se ha convertido, al presente, en la cultura de los museos históricos (…) la Revolución de Octubre ha creado la base de una nueva cultura destinada no a los elegidos, sino a todos”.


Quien se precie de luchar por una sociedad plenamente libre de opresión y explotación debería renunciar a la destrucción de la cultura pasada como una norma o programa. La emancipación no puede construirse sobre ruinas.


El odio hacia una institución reaccionaria como la iglesia resulta harto comprensible. El deseo por destruir aquello que se asocie a ella, también. En la Argentina de 2019 actúa como cabeza de la batalla que se libra contra el derecho al aborto legal.


Pero “la única iglesia que ilumina es la que arde” no puede ser nunca el norte del socialismo revolucionario. Los edificios no son, en sí mismos, las instituciones y los individuos que ejercen el poder desde ellas. En ellos se concentran toneladas de historia. Debajo del ladrillo, el cemento y las mistificaciones, es posible hallar el potente trabajo humano que las puso en pie. Un potente trabajo que demuestra la posibilidad de desafiar cualquier límite. La escalera de la emancipación tiene allí un primer escalón.


El desinterés (o el desprecio abierto) hacia la cultura no tiene nada de natural. Cuando el aroma de la 2° guerra mundial invadía cada rincón de Europa, en el lejano exilio mexicano, Trotsky citaba a Marx

La acumulación de la riqueza en un polo es, en consecuencia, al mismo tiempo de acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto, es decir, en el lado de la clase que produce su producto en la forma de capital”.

La ignorancia, la brutalidad y la degradación mental son otro producto legítimo del capital. Tanto como la contaminación ambiental, la extrema pobreza y los fachos.


Los años de neo-liberalismo profundizaron aquellos trazos. Para millones el mundo se volvió un lugar de supervivencia. La “fatiga que embrutece”-al decir del mismo Trotsky- se convirtió en norma.


Para la clase obrera, el derecho al ocio y a la cultura es un derecho inalienable. Un derecho que también pasa por apropiarse y aprender aquella cultura que ya existe, que nos ha sido legada por siglos y siglos de trabajo e ingenio humano. Aquella cultura que el llamado “mercado” no considera “apta” para explotados y explotadas. Porqué la historia, la arquitectura, la pintura, la escultura no está ahí, a mano. No vienen encadenados en ningún algoritmo ni figuran en las listas de Spotify.


El comunismo plantó bandera hace siglo y medio, peleando la conquista de tiempo libre, sustrayéndolo al dominio del capital. Un tiempo libre para ser destinado al ocio, al enriquecimiento cultural, a descubrir las millones de maravillas que habitan un mundo sembrado de prohibiciones para la clase trabajadora y el pueblo pobre. Prohibiciones que hay que dinamitar.

sábado, 10 de febrero de 2018

Chico Buarque y el Cordobazo




La primera vez que escuché Construcción tenía 19 años. Ha pasado más de 20 ya de aquel entonces. Ya por eso entonces la canción era un himno.

Íbamos en un VW 1500. O en un Dodge 1500. Para el caso no tiene importancia. Incluso no tengo idea de si esos modelos existen o solo los inventa mi memoria atravesada por los recuerdos borrosos de hace dos décadas.

Tampoco importa por dónde íbamos. Aunque la zona era Ferreyra. La memoria es demasiado frágil para recordar si andábamos por el Camino Interfábricas o solo íbamos por lo que era la vieja ruta 9, que es lo mismo que la avenida Sabattini. Pegábamos afiches. Creo. Sino haríamos pintadas.

La canción me la hizo escuchar el Cabezón. El cabezón no está más. Hace ya 20 años o más. Desde casi el mismo tiempo que pasó desde aquella canción que escuché. Se fue. Estuvo mal en irse. Cometió un error. Pero se fue. Posiblemente el cuerpo y el alma no le dieron. Había pasado por los llamados años de plomo. Yo apenas lo conocí. Cuando yo llegaba, él se iba. Como una suerte de caminos que se cruzan. Todavía lo recuerdo escapando de un viejo y sucio local que teníamos en una esquina que, casi se podría decir, no existe más.

Y sin embargo, el Cabezón, además de hacerme escuchar a Chico Buarque, me enseñó que te podían matar. A pocas horas de haber llegado a las ideas de la izquierda, desde una suerte de mundo paralelo que era la bucólica ciudad de Alta Gracia, ya sabía que te podían apuntar con un revolver en la cabeza, preguntarte por tus dirigentes y jugar con tu vida. Ya sabía que morir o vivir podía ser una ruleta rusa. Buena enseñanza.

Esa conversación tuvo lugar en la zona de Ferreyra. Hace más de 20 años. Y sin embargo es difícil olvidarse.

Para los que nacimos a la vida política en el final del menemismo, el mundo era una derrota apilada sobre otra derrota. Sin embargo la mística de los años 70 estaba ahí. Por lo menos, en Córdoba, estaba ahí. Para decirnos que era vida. Que era realidad, que no había más que esperar y prepararse. La historia no se repite. Pero sí se repite. Y el proletariado cordobés dará sus Cordobazos. La impaciencia es mala consejera.


Hoy me acordé del Cabezón y de Ferreyra. Como siempre, meacordé del Goyo. Como siempre, me acordé de Arturo M. Bas y San Juan. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

14 Apuntes contra el escepticismo pos-electoral (o sobre los límites del triunfo de Cambiemos)

Fotografia/ Matias Baglietto-EnfoqueRojo



1)   Después de la elección de este domingo, el escenario político queda corrido hacia la derecha. Sin embargo, como se dice hace mucho tiempo, el impresionismo suele ser mal consejero. 

2)   La relación de fuerzas social y política se expresó tanto en la campaña como de manera inmediatamente posterior. En el momento pos electoral se expresa como el llamado a un “acuerdo nacional” con el objetivo de imponer un ajuste consensuado con el conjunto del poder político. A partir de un triunfo determinado, se trata de alinear a todos los factores del poder político (la representación en sus diversas formas) como garantes del plan de ajuste del capital.

3)   La lógica política (y ahí se evidencia en que saben hacer política) en “anti-triunfalista”. Lejos de subirse al pony y avanzar por los caminos del decisionismo se trata de una línea destinada a comprometer a todos los sectores políticos en una agenda que, de fondo, es antipopular.

4)   La ventaja del oficialismo radica en que la lógica de la oposición reproduce una especie de movimiento de Cinta de Moebius, donde la fortaleza del gobierno deviene de las concesiones de la oposición y estas concesiones se explican por la fortaleza del gobierno. Un círculo vicioso que el resultado electoral seguramente reforzará.

5)   Los factores de poder sufren de una debilidad estructural que es resabio de las décadas pasadas: el enorme peso del poder central a la hora de otorgar recursos. Provincias, municipios y burocracias sindicales tiene una relación estrecha con los fondos que llegan desde la Nación. De ahí deviene su intensa “vocación” negociadora.

6)   El poder político logrado por Cambiemos no debe ser confundido con la hegemonía en el sentido propio del término. No se trata de una discusión conceptual o abstracta. La campaña de Cambiemos combinó la apelación genérica al “futuro” con el rechazo recurrente al “pasado” -expresado en figuras altamente cuestionadas a escala social. Sería bueno preguntarse por la “repentina” reapertura de la (infundada) causa creada a partir de la denuncia de Nisman. Sería bueno analizar el rol de la casta judicial operando en un furibundo accionar de citaciones a declarar a ex funcionarios nacionales.

Es imposible entender la “hegemonía” de Cambiemos sin esa evidente unidad de propósito entre el accionar del Partido Judicial, la gran corporación mediática y el discurso vacío del gobierno. Un reparto de tareas entre los que hacen el trabajo sucio y los que hablan bonito. En ese marco, las apelaciones al “progreso individual” son los suficientemente abstractas y genéricas como para dialogar trasversalmente con diversas capas y clases sociales.

Que esto puede tener una base más firme en un nivel de clase media alta es innegable. Pero en los sectores populares la votación de Cambiemos no puede separarse de dos cosas: la parcial estabilización en la situación económica (que no logra frenar la inflación sin embargo) y el uso generalizado de lo que el neoliberalismo clásico llamó “gasto público” en pos de sostener la agenda social. A eso hay que agregarle un regadero de obras públicas que tienen por base el endeudamiento creciente.

7)   El “kirchnerismo ordenado” de Cambiemos le saca fuerza al “kirchnerismo real” de Cristina. Por dos razones. La primera es que evidencia que el programa de la gestión “nac&pop” en relación la pobreza resultó tan moderado que hasta la actual CEOcracia gobernante puede ejecutarlo sin grandes tensiones. Al mismo tiempo, se evidencia el “aprendizaje” por parte de la nueva gestión estatal sobre la necesidad de esa contención sobre los sectores más humildes en aras de sostener la estabilidad política. En ese marco, las buenas votaciones “cambiemitas” en sectores empobrecidos no deberían sorprender.

8)   Las ventajas del oficialismo radican, como se ha abundado, en la crisis del peronismo. Una crisis que debe verse en el plano de un período que abarca los últimos años, pero también en términos más históricos. El “techo bajo” de CFK, la candidata más votada, evidencia que su construcción discursiva de “todo tiempo pasado fue mejor” no es compartida por amplias franjas de la población. La polarización política del macrismo encuentra ahí parte de su éxito.

Pero ese techo también expresa los límites históricos del kirchnerismo en cuanto avatar del peronismo. Su impotencia objetivo/subjetiva de revertir la degradación de las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo pobre legada por el neoliberalismo. Su imposibilidad de establecer un nuevo “piso” de ciudadanía social para la clase trabajadora. Todo ello es una muestra de la degradación histórica de ese movimiento. El debate sobre la “muerte del peronismo”, que parece hacer gozar orgásmicamente al pseudo-periodismo gorila, al elenco oficial y cierta intelectualidad afín, no puede analizarse separadamente de esas limitaciones estructurales.

9)   Si el kirchnerismo en el poder, con los resortes del Estado a su favor por más de una décadas, en un contexto altamente favorable a escala internacional, fue incapaz de transformar profundamente la estructura nacional enfrentado seriamente a los grandes poderes ¿Por qué ahora, desde el llano, podría oponer una resistencia seria al ajuste por venir? No debe olvidarse, además, que muchos de los “traidores” que dieron gobernabilidad a Cambiemos fueron parte de ese oficialismo hasta diciembre de 2015. En ese sentido, la “verdadera herencia kirchnerista” es la troupe de garantes de la gobernabilidad macrista.

10)El límite estratégico del kirchnerismo, como ya lo señalamos, radicó en su carácter de clase burgués. Su administración del Estado, más allá de los roces con sectores del gran empresariado, fue garantía de una gestión relativamente exitosa de las ganancias del capital. De allí que, contra todo el relato construido, nunca hubo acciones “destituyentes” serias sino batallas parciales destinadas a negociar tajadas de la riqueza nacional. Nadie debería olvidar que pocos meses antes de la elección de 2015, en el Council de las América, el candidato más aplaudido por el gran capital imperialista era Daniel Scioli. Nadie en ese lugar parecía ver en el ex motonauta a un potencial expropiador de sus riquezas.

11)Ese fracaso implica volver a plantear la cuestión estratégica de como enfrentar a la derecha que, recordemos para evitar los lugares comunes, es el gran capital concentrado, los grandes medios de comunicación, la casta judicial, los servicios de Inteligencia del Estado y, como no podía ser de otra manera, sus fuerzas represivas. Entre éstas, la Gendarmería que desapareció de manera forzada  a Santiago Maldonado.

12)El único poder social capaz se oponerse realmente se encuentra en la clase trabajadora. Esos cerca de 13 millones de asalariados y asalariadas, junto a sus familias, son la inmensa mayoría de la nación. Agreguemos, para los desmemoriados, que son la palanca que hace funcionar el conjunto de la sociedad y, por ende, tiene la capacidad de paralizarla. Se trata entonces de construir una fuerza política que exprese ese poder social, hoy enormemente limitado por el accionar de la dirigencia sindical burocrática.

13)La izquierda trotskista realizó una gran elección a nivel nacional. En lugares como Jujuy o Mendoza evidenció una fuerte y permanente presencia en amplias capas de los trabajadores y la juventud. Se trata, como dijo ayer Christian Castillo, de usar ese capital político conquistado para avanzar en el camino de construir una organización que verdaderamente sirva a los explotados para enfrentar y derrotar a la derecha.


14)Volvamos al principio. El impresionismo puede ser mal consejero. Ver la “ola amarilla” más grande y potente de lo que es, puede despertar un escepticismo innecesariamente infundado. En el mundo académico de las ciencias sociales las “novedades” que se sostienen suelen pegar duro. No está de más recordar que allí se repitió por años la absurda idea del “fin del proletariado” y “el triunfo completo del capitalismo”. En esas dos le erraron bastante. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

"Si lo haces te romperé las piernas" (pequeña historia de la gran huelga minera británica)



Como muchos mineros en huelga, Gilfoyle dependía del apoyo de su mujer. «Ella estaba en el Grupo de Acción de Mujeres y demás. Fue a marchas de protesta por toda la zona, y cuando mataron a aquel chaval [el minero de 33 años de Yorkshire David Jones, que murió en un piquete en circunstancias sospechosas], fue a Ollerton a su funeral. Tengo una foto de ella de pie junto a su tumba». Un día él le dijo: «Mañana vuelvo al trabajo, cariño», y ella le contestó: «Si lo 
haces te romperé las piernas».

Citado en Chavs, la demonización de la clase obrera. Owen Jones

jueves, 3 de agosto de 2017

Hay muchas maneras de equivocarse...



Hay muchas maneras de equivocarse. Una es, simplemente, ser hombre. No hombre en el sentido genérico (cuestionable) de “humanidad”. Sino hombre en el sentido de “macho”. Se puede decir que no es una “equivocación” en el sentido estricto del término y no se faltará a la verdad.

Se puede decir que es una determinación social y tampoco se faltará a la verdad. Pero la verdad es más que pura sociología. Muchas veces. Otra es simple determinación. La noche que la botella de cerveza se estrelló contra las vías de ese tren abandonado, no hubo determinación sino decisión.

La noche en que los vidrios estallaron violentamente contra los pedazos de metal que hacía años no servían más que para acumular herrumbre no había nada que pudiera justificar ese accionar, salvo el simple hecho (no tan simple) de ser macho. Simplemente había que demostrar que uno podía hacer que ese vidrio compacto estallara. Ahí estaba el poder, perdonando y apropiándose de Foucault.

Esa noche, como ocurre cuando uno es hombre, hubo una equivocación.


Esta noche, llegando a Mitre y Boulogne Sur Mer, me acordé de cuando fui un boludo y de cuando fui un imbécil.