sábado, 20 de abril de 2019

Los brazos cansados





Cuando este post esté subido nada más van a haber pasado 25 minutos de que corté con un amigo. Hoy cumplió años. Promedia la mitad de la década de los 30. Es mucho más que joven en un país donde la esperanza de vida alcanza los setenta y pico de años.


Sin embargo me dijo que tenía los brazos cansados. Se entiende. Carga cajas todo el día. Las lleva y las trae. Adentro, un peso muerto que no tiene nada que ver con su vida.


El problema no son las cajas. Es su hijo. Los brazos cansados se cansan aún más cuando se trata de cargarlo. No se trata de una necesidad. No hay impedimentos. Se trata solo de jugar. Se trata solo de disfrutar el (poco) tiempo libre que comparten juntos. Levantarlo y hacerlo volar, imagina uno.


El mundo es una mierda. Para miles de millones. Una cosa tan sencilla como levantar a tu hijo para jugar con él se parece algo, tal vez mucho, a la tortura, al sufrimiento. Donde debería haber placer y felicidad hay dolor y frustración.


No pude evitar acordarme de los rotos que dejan las patronales, de los que sufren dolores insufribles, de los que padecen en el cuerpo el solo hecho de estar en la línea de producción. No pudo evitar acordarme de los obreros de forja que habitaban las plantas de la Fiat cordobesa allá por los 70, aquellos que lloraban de impotencia y de sordera.


El mundo es una mierda. Vale la pena destrozarlo de pies a cabeza. Solo para que alguien puede jugar con su hijo entre sus brazos sin sentir que una aguja se los atraviesa.

martes, 16 de abril de 2019

La tristeza por Notre Dame, la cultura burguesa y el comunismo





Para quienes no tenemos la suerte de conocer Europa, el incendio de Notre Dame apareció como un motivo de tristeza más. Si alguna vez el azar o el destino nos deparan pisar el viejo continente, no podemos estar seguro de que la imponente mole estará ahí para maravillarnos con su inmensidad.


Una (gran) amiga cordobesa me contó que se le piantó un lagrimón. No era para menos. Un milenio de historia y cultura ardía desde las pantallas.


Las llamas que asaltaron la milenaria catedral parisina dispararon más de una discusión en estas tierras. La ignorancia idiomática nos impide saber si ocurrió en otras. Las redes sociales dieron testimonio. Leímos festejos asociados a una consigna: “la única iglesia que ilumina es la que arde”.


La clase obrera del siglo XIX e inicios del XX marchó, luchó y fue masacrada bajo la perspectiva de una emancipación que no se reducía a una simple mejora en la situación material.


Socialistas, anarquistas y sindicalistas revolucionarios montaron clubes obreros y bibliotecas; editaron libros y revistas. Educaron a la clase obrera, sembraron una conciencia que aspiraba a una emancipación más amplia que el aumento salarial.


La estrategia política de aquellas organizaciones se chocó con un mundo convulsionado. Antes de convertirse en un freno a la lucha revolucionaria, se tornó impotente. El siglo XX dejó al desnudo que el derecho a la cultura y al ocio no se podían conquistar por la vía evolutiva. Había que cruzar armas con la burguesía, hacer tronar cañones y batirla. La revolución violenta hizo su entrada en escena desde Oriente.


Quince años después, sufriendo las aspereza de un planeta sin visado, León Trotsky hablaba ante una concurrencia de estudiantes daneses.

Casi no vale la pena detenerse en los lamentos, según los cuales la Revolución de Octubre ha conducido a Rusia a la declinación cultural (…) el monopolio de una pequeña minoría sobre los bienes de la cultura ha quedado deshecho. Pero todo lo que era realmente cultural en la antigua cultura rusa permanece intacto. Los “hunos” bolcheviques no han pisoteado ni las conquistas del pensamiento ni las obras del arte. Por el contrario, han restaurado cuidadosamente los monumentos de la creación humana y los han puesto en orden ejemplar. La cultura de la monarquía, de la nobleza y de la burguesía se ha convertido, al presente, en la cultura de los museos históricos (…) la Revolución de Octubre ha creado la base de una nueva cultura destinada no a los elegidos, sino a todos”.


Quien se precie de luchar por una sociedad plenamente libre de opresión y explotación debería renunciar a la destrucción de la cultura pasada como una norma o programa. La emancipación no puede construirse sobre ruinas.


El odio hacia una institución reaccionaria como la iglesia resulta harto comprensible. El deseo por destruir aquello que se asocie a ella, también. En la Argentina de 2019 actúa como cabeza de la batalla que se libra contra el derecho al aborto legal.


Pero “la única iglesia que ilumina es la que arde” no puede ser nunca el norte del socialismo revolucionario. Los edificios no son, en sí mismos, las instituciones y los individuos que ejercen el poder desde ellas. En ellos se concentran toneladas de historia. Debajo del ladrillo, el cemento y las mistificaciones, es posible hallar el potente trabajo humano que las puso en pie. Un potente trabajo que demuestra la posibilidad de desafiar cualquier límite. La escalera de la emancipación tiene allí un primer escalón.


El desinterés (o el desprecio abierto) hacia la cultura no tiene nada de natural. Cuando el aroma de la 2° guerra mundial invadía cada rincón de Europa, en el lejano exilio mexicano, Trotsky citaba a Marx

La acumulación de la riqueza en un polo es, en consecuencia, al mismo tiempo de acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto, es decir, en el lado de la clase que produce su producto en la forma de capital”.

La ignorancia, la brutalidad y la degradación mental son otro producto legítimo del capital. Tanto como la contaminación ambiental, la extrema pobreza y los fachos.


Los años de neo-liberalismo profundizaron aquellos trazos. Para millones el mundo se volvió un lugar de supervivencia. La “fatiga que embrutece”-al decir del mismo Trotsky- se convirtió en norma.


Para la clase obrera, el derecho al ocio y a la cultura es un derecho inalienable. Un derecho que también pasa por apropiarse y aprender aquella cultura que ya existe, que nos ha sido legada por siglos y siglos de trabajo e ingenio humano. Aquella cultura que el llamado “mercado” no considera “apta” para explotados y explotadas. Porqué la historia, la arquitectura, la pintura, la escultura no está ahí, a mano. No vienen encadenados en ningún algoritmo ni figuran en las listas de Spotify.


El comunismo plantó bandera hace siglo y medio, peleando la conquista de tiempo libre, sustrayéndolo al dominio del capital. Un tiempo libre para ser destinado al ocio, al enriquecimiento cultural, a descubrir las millones de maravillas que habitan un mundo sembrado de prohibiciones para la clase trabajadora y el pueblo pobre. Prohibiciones que hay que dinamitar.

sábado, 10 de febrero de 2018

Chico Buarque y el Cordobazo




La primera vez que escuché Construcción tenía 19 años. Ha pasado más de 20 ya de aquel entonces. Ya por eso entonces la canción era un himno.

Íbamos en un VW 1500. O en un Dodge 1500. Para el caso no tiene importancia. Incluso no tengo idea de si esos modelos existen o solo los inventa mi memoria atravesada por los recuerdos borrosos de hace dos décadas.

Tampoco importa por dónde íbamos. Aunque la zona era Ferreyra. La memoria es demasiado frágil para recordar si andábamos por el Camino Interfábricas o solo íbamos por lo que era la vieja ruta 9, que es lo mismo que la avenida Sabattini. Pegábamos afiches. Creo. Sino haríamos pintadas.

La canción me la hizo escuchar el Cabezón. El cabezón no está más. Hace ya 20 años o más. Desde casi el mismo tiempo que pasó desde aquella canción que escuché. Se fue. Estuvo mal en irse. Cometió un error. Pero se fue. Posiblemente el cuerpo y el alma no le dieron. Había pasado por los llamados años de plomo. Yo apenas lo conocí. Cuando yo llegaba, él se iba. Como una suerte de caminos que se cruzan. Todavía lo recuerdo escapando de un viejo y sucio local que teníamos en una esquina que, casi se podría decir, no existe más.

Y sin embargo, el Cabezón, además de hacerme escuchar a Chico Buarque, me enseñó que te podían matar. A pocas horas de haber llegado a las ideas de la izquierda, desde una suerte de mundo paralelo que era la bucólica ciudad de Alta Gracia, ya sabía que te podían apuntar con un revolver en la cabeza, preguntarte por tus dirigentes y jugar con tu vida. Ya sabía que morir o vivir podía ser una ruleta rusa. Buena enseñanza.

Esa conversación tuvo lugar en la zona de Ferreyra. Hace más de 20 años. Y sin embargo es difícil olvidarse.

Para los que nacimos a la vida política en el final del menemismo, el mundo era una derrota apilada sobre otra derrota. Sin embargo la mística de los años 70 estaba ahí. Por lo menos, en Córdoba, estaba ahí. Para decirnos que era vida. Que era realidad, que no había más que esperar y prepararse. La historia no se repite. Pero sí se repite. Y el proletariado cordobés dará sus Cordobazos. La impaciencia es mala consejera.


Hoy me acordé del Cabezón y de Ferreyra. Como siempre, meacordé del Goyo. Como siempre, me acordé de Arturo M. Bas y San Juan. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

14 Apuntes contra el escepticismo pos-electoral (o sobre los límites del triunfo de Cambiemos)

Fotografia/ Matias Baglietto-EnfoqueRojo



1)   Después de la elección de este domingo, el escenario político queda corrido hacia la derecha. Sin embargo, como se dice hace mucho tiempo, el impresionismo suele ser mal consejero. 

2)   La relación de fuerzas social y política se expresó tanto en la campaña como de manera inmediatamente posterior. En el momento pos electoral se expresa como el llamado a un “acuerdo nacional” con el objetivo de imponer un ajuste consensuado con el conjunto del poder político. A partir de un triunfo determinado, se trata de alinear a todos los factores del poder político (la representación en sus diversas formas) como garantes del plan de ajuste del capital.

3)   La lógica política (y ahí se evidencia en que saben hacer política) en “anti-triunfalista”. Lejos de subirse al pony y avanzar por los caminos del decisionismo se trata de una línea destinada a comprometer a todos los sectores políticos en una agenda que, de fondo, es antipopular.

4)   La ventaja del oficialismo radica en que la lógica de la oposición reproduce una especie de movimiento de Cinta de Moebius, donde la fortaleza del gobierno deviene de las concesiones de la oposición y estas concesiones se explican por la fortaleza del gobierno. Un círculo vicioso que el resultado electoral seguramente reforzará.

5)   Los factores de poder sufren de una debilidad estructural que es resabio de las décadas pasadas: el enorme peso del poder central a la hora de otorgar recursos. Provincias, municipios y burocracias sindicales tiene una relación estrecha con los fondos que llegan desde la Nación. De ahí deviene su intensa “vocación” negociadora.

6)   El poder político logrado por Cambiemos no debe ser confundido con la hegemonía en el sentido propio del término. No se trata de una discusión conceptual o abstracta. La campaña de Cambiemos combinó la apelación genérica al “futuro” con el rechazo recurrente al “pasado” -expresado en figuras altamente cuestionadas a escala social. Sería bueno preguntarse por la “repentina” reapertura de la (infundada) causa creada a partir de la denuncia de Nisman. Sería bueno analizar el rol de la casta judicial operando en un furibundo accionar de citaciones a declarar a ex funcionarios nacionales.

Es imposible entender la “hegemonía” de Cambiemos sin esa evidente unidad de propósito entre el accionar del Partido Judicial, la gran corporación mediática y el discurso vacío del gobierno. Un reparto de tareas entre los que hacen el trabajo sucio y los que hablan bonito. En ese marco, las apelaciones al “progreso individual” son los suficientemente abstractas y genéricas como para dialogar trasversalmente con diversas capas y clases sociales.

Que esto puede tener una base más firme en un nivel de clase media alta es innegable. Pero en los sectores populares la votación de Cambiemos no puede separarse de dos cosas: la parcial estabilización en la situación económica (que no logra frenar la inflación sin embargo) y el uso generalizado de lo que el neoliberalismo clásico llamó “gasto público” en pos de sostener la agenda social. A eso hay que agregarle un regadero de obras públicas que tienen por base el endeudamiento creciente.

7)   El “kirchnerismo ordenado” de Cambiemos le saca fuerza al “kirchnerismo real” de Cristina. Por dos razones. La primera es que evidencia que el programa de la gestión “nac&pop” en relación la pobreza resultó tan moderado que hasta la actual CEOcracia gobernante puede ejecutarlo sin grandes tensiones. Al mismo tiempo, se evidencia el “aprendizaje” por parte de la nueva gestión estatal sobre la necesidad de esa contención sobre los sectores más humildes en aras de sostener la estabilidad política. En ese marco, las buenas votaciones “cambiemitas” en sectores empobrecidos no deberían sorprender.

8)   Las ventajas del oficialismo radican, como se ha abundado, en la crisis del peronismo. Una crisis que debe verse en el plano de un período que abarca los últimos años, pero también en términos más históricos. El “techo bajo” de CFK, la candidata más votada, evidencia que su construcción discursiva de “todo tiempo pasado fue mejor” no es compartida por amplias franjas de la población. La polarización política del macrismo encuentra ahí parte de su éxito.

Pero ese techo también expresa los límites históricos del kirchnerismo en cuanto avatar del peronismo. Su impotencia objetivo/subjetiva de revertir la degradación de las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo pobre legada por el neoliberalismo. Su imposibilidad de establecer un nuevo “piso” de ciudadanía social para la clase trabajadora. Todo ello es una muestra de la degradación histórica de ese movimiento. El debate sobre la “muerte del peronismo”, que parece hacer gozar orgásmicamente al pseudo-periodismo gorila, al elenco oficial y cierta intelectualidad afín, no puede analizarse separadamente de esas limitaciones estructurales.

9)   Si el kirchnerismo en el poder, con los resortes del Estado a su favor por más de una décadas, en un contexto altamente favorable a escala internacional, fue incapaz de transformar profundamente la estructura nacional enfrentado seriamente a los grandes poderes ¿Por qué ahora, desde el llano, podría oponer una resistencia seria al ajuste por venir? No debe olvidarse, además, que muchos de los “traidores” que dieron gobernabilidad a Cambiemos fueron parte de ese oficialismo hasta diciembre de 2015. En ese sentido, la “verdadera herencia kirchnerista” es la troupe de garantes de la gobernabilidad macrista.

10)El límite estratégico del kirchnerismo, como ya lo señalamos, radicó en su carácter de clase burgués. Su administración del Estado, más allá de los roces con sectores del gran empresariado, fue garantía de una gestión relativamente exitosa de las ganancias del capital. De allí que, contra todo el relato construido, nunca hubo acciones “destituyentes” serias sino batallas parciales destinadas a negociar tajadas de la riqueza nacional. Nadie debería olvidar que pocos meses antes de la elección de 2015, en el Council de las América, el candidato más aplaudido por el gran capital imperialista era Daniel Scioli. Nadie en ese lugar parecía ver en el ex motonauta a un potencial expropiador de sus riquezas.

11)Ese fracaso implica volver a plantear la cuestión estratégica de como enfrentar a la derecha que, recordemos para evitar los lugares comunes, es el gran capital concentrado, los grandes medios de comunicación, la casta judicial, los servicios de Inteligencia del Estado y, como no podía ser de otra manera, sus fuerzas represivas. Entre éstas, la Gendarmería que desapareció de manera forzada  a Santiago Maldonado.

12)El único poder social capaz se oponerse realmente se encuentra en la clase trabajadora. Esos cerca de 13 millones de asalariados y asalariadas, junto a sus familias, son la inmensa mayoría de la nación. Agreguemos, para los desmemoriados, que son la palanca que hace funcionar el conjunto de la sociedad y, por ende, tiene la capacidad de paralizarla. Se trata entonces de construir una fuerza política que exprese ese poder social, hoy enormemente limitado por el accionar de la dirigencia sindical burocrática.

13)La izquierda trotskista realizó una gran elección a nivel nacional. En lugares como Jujuy o Mendoza evidenció una fuerte y permanente presencia en amplias capas de los trabajadores y la juventud. Se trata, como dijo ayer Christian Castillo, de usar ese capital político conquistado para avanzar en el camino de construir una organización que verdaderamente sirva a los explotados para enfrentar y derrotar a la derecha.


14)Volvamos al principio. El impresionismo puede ser mal consejero. Ver la “ola amarilla” más grande y potente de lo que es, puede despertar un escepticismo innecesariamente infundado. En el mundo académico de las ciencias sociales las “novedades” que se sostienen suelen pegar duro. No está de más recordar que allí se repitió por años la absurda idea del “fin del proletariado” y “el triunfo completo del capitalismo”. En esas dos le erraron bastante. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

"Si lo haces te romperé las piernas" (pequeña historia de la gran huelga minera británica)



Como muchos mineros en huelga, Gilfoyle dependía del apoyo de su mujer. «Ella estaba en el Grupo de Acción de Mujeres y demás. Fue a marchas de protesta por toda la zona, y cuando mataron a aquel chaval [el minero de 33 años de Yorkshire David Jones, que murió en un piquete en circunstancias sospechosas], fue a Ollerton a su funeral. Tengo una foto de ella de pie junto a su tumba». Un día él le dijo: «Mañana vuelvo al trabajo, cariño», y ella le contestó: «Si lo 
haces te romperé las piernas».

Citado en Chavs, la demonización de la clase obrera. Owen Jones

jueves, 3 de agosto de 2017

Hay muchas maneras de equivocarse...



Hay muchas maneras de equivocarse. Una es, simplemente, ser hombre. No hombre en el sentido genérico (cuestionable) de “humanidad”. Sino hombre en el sentido de “macho”. Se puede decir que no es una “equivocación” en el sentido estricto del término y no se faltará a la verdad.

Se puede decir que es una determinación social y tampoco se faltará a la verdad. Pero la verdad es más que pura sociología. Muchas veces. Otra es simple determinación. La noche que la botella de cerveza se estrelló contra las vías de ese tren abandonado, no hubo determinación sino decisión.

La noche en que los vidrios estallaron violentamente contra los pedazos de metal que hacía años no servían más que para acumular herrumbre no había nada que pudiera justificar ese accionar, salvo el simple hecho (no tan simple) de ser macho. Simplemente había que demostrar que uno podía hacer que ese vidrio compacto estallara. Ahí estaba el poder, perdonando y apropiándose de Foucault.

Esa noche, como ocurre cuando uno es hombre, hubo una equivocación.


Esta noche, llegando a Mitre y Boulogne Sur Mer, me acordé de cuando fui un boludo y de cuando fui un imbécil. 

martes, 25 de julio de 2017

Carrió, los ataques contra la izquierda y la batalla de PepsiCo (más Apuntes)


A modo de apuntes rápidos, hay que caer en la cuenta de lo que significó el brutal ataque del régimen contra la izquierda en los últimos días por la negativa a avalar la truchísima maniobra de intentar excluir a De Vido de la Cámara de Diputados. Quien requiera argumentos sobre el tema los puede buscar en La Izquierda Diario.

Los ataques incluyen desde las notas de Clarín y La Nación (domingo y lunes), pasando por Intratables y pseudo-periodistas como Levinas y Guillermo Lobo. Hoy fueron los ataques de una Carrió cínica que se quedó callada una semana cuando se conoció el acuerdo del Correo Argentino. Si le sumamos las redes sociales, todo es una especie de combo anti-zurdo muy fuerte.

Me da la impresión de que no se puede separar este ataque de lo que significó PepsiCo como hecho en la lucha de clases y en la política nacional. Es decir, como hecho que marcó un relativo hito en la lucha de clases de los últimos meses (años) y generó una sacudida política nacional. Ahí se mostró que realmente se puede hacer “resistencia con aguante” ante el ataque de patronales y gobiernos.

Ese peso de la izquierda en la escena nacional es un problema no solo en términos electorales. 

Aunque también lo es. Bajar su peso, golpearla, bien puede ser parte de las necesidades del régimen en su conjunto. Máxime cuando actúa en el marco de un kirchnerismo muy derechizado (haciendo Unidad Ciudadana) y de la traición de la burocracia sindical.

Pegar a la izquierda con De Vido puede no ser sólo parte de una maniobra para cambiar la agenda de la crisis social y económica en curso a discutir la corrupción kirchnerista. También puede ser parte de una política destinada a intentar debilitar y hacer retroceder el peso de esa izquierda, en el marco de una economía en estancamiento, con una situación social que empeora y con una burocracia sindical atada al poder político por su pasividad.

La afirmación tiene un grado no menor de especulación. Pero es una pregunta que uno debería poder hacerse. 

Pulgarcito de poeta (alto homenaje a Roque Dalton)


domingo, 23 de julio de 2017

El porteño y el cordobés, esa relación imposible que parió a Macri presidente (apuntes de domingo gris)


Cuando éramos chicos, con mis hermanos habíamos improvisado una modesta cancha de futbol en la puerta de la casa. Era la casa de mis abuelos para ser precisos. La geografía y la vida nos habían llevado a vivir justo en la calle paralela a la ruta que va desde Alta Gracia a Carlos Paz, destino turístico por excelencia.

Ese mismo designio del destino -o elección de mis abuelos, o decisión del gobierno peronista de construir un barrio obrero en esa zona- imponía una suerte de maldición cada verano.

Estábamos condenados a tener que cortar jugadas, partidos, maniobras y demás, por el incesante flujo de turistas que pasaban buscando “la ruta a Carlos Paz”. Los porteños y porteñas (la familia porteña podríamos decir con más precisiones) eran de los que más interrumpían. Los odiábamos. Muchas veces elegimos mandarlos a cualquier lado. Era nuestra venganza anta tanta interrupción odiosa.

En Córdoba, se odia a los porteños. El cordobés (los cordobeses y las cordobesas) crecen odiando a los porteños. En ellos ven al pedante por antonomasia. El porteño es el arquetipo del cagador. Es casi un enemigo por naturaleza.

Cuando uno es chico no hay explicación. Solo hay bronca porque sí. Cuando uno crece le encuentra alguna racionalidad a ese odio. Entre muchas otras cosas, “los porteños se quedan con todo”. “Todo” son los recursos del país. La pedantería del porteño se complementa con que, encima, te chorea.

Los chistes en Córdoba se hacen contra el todo el mundo. Eso es algo difícil de entender para muchos/as que no pasaron por ahí o pasaron y conocieron poco. Si no hacen un chiste sobre vos es que no te registran. El chiste o la cargada son la confirmación de que no estás condenado al ostracismo, de tu existencia.

Los chistes contra los porteños tienen un sabor especial. Si el humor en general puede ser hiriente, al porteño hay que hacerlo sangrar, hay que lastimarlo.

El porteño es tonto, no vivo como el cordobés. Es el que pide que le vuelvan a llenar el marlo de choclo cuando terminar de comerlo, el que dice “que lindo loignorito” cuando nadie sabe cómo se llama un ave. La creatividad cordobesa trabaja tiempo completo para hacer chistes contra los porteños.

Cuando De la Sota, hace un par de años, habló del “cordobesismo”, no inventó nada. Simplemente utilizó a escala un sentido común instalado en la conciencia de cientos de miles de personas.

Si ese odio puede resultar reaccionario, tiene también sus contornos progresivos.

Los cordobeses y las cordobesas hicieron el Cordobazo. No uno, hicieron dos, uno en 1969 y otro en 1971. Si lo hacemos, lo hacemos bien.

Parte de esa posibilidad se debió a esa autonomía política, social y cultural que permite un desarrollo parcialmente propio. Córdoba fue la urbe que rivalizó con la capital desde el interior. José Aricó la definiría como una “ciudad de frontera”, que unía lo cosmopolita de una gran urbe con los rasgos atrasados del interior.

El porteño, hasta donde lo entiendo, no odia al cordobés. Simplemente lo desprecia. Como desprecia a todo el interior. Para el porteño es “natural” encontrarse en Rivadavia y Acoyte. En Córdoba, la calle Acoyte, hasta donde recuerdo, no existe. Mirar “más allá de la General Paz” es un buen recurso metafórico para decir que el mundo no se agota en esa ancha avenida que circunda la ciudad.

Como una suerte de paradoja social, porteños y cordobeses se unieron en 2015 para consagrar a Macri como presidente de la Nación. La CEOcracia que ajusta, despide e intenta imponer su agenda neoliberal es hija de una relación imposible.

Cordobeses y porteños, porteñas y cordobesas, todos encumbrando a un hijo dilecto del gran capital nacional, ese que vive a costa de los recursos del Estado.
¿Explicación? Muchas. Tomemos solo dos aspectos. El primero es esa marejada de clase media que habita las dos ciudades. El “ciudadano”, tan de moda por estos tiempos, es el vocablo que define a esas amplias capas de la sociedad que prefiere (o eligen definirse como) no ser pobres ni ricos. Ese estrato medio que vive de su esfuerzo, según su propia visión. Si hay algo que sobra en Córdoba y la CABA es clase media. Como escribió hace poco Pablo Semán, Macri es un buen “jefe espiritual” para esas clases medias.

Pero, ¿Cómo pudo afanar en votos un porteño en Córdoba? ¿Dónde quedó el odio y el desprecio? La explicación es política. El kirchnerismo fue, en el poder, una suerte de “porteñismo recargado” hacia Córdoba. Los aprietes fiscales y las limitaciones en el envío de recursos, fueron la excusa perfecta para que los gestores del Estado cordobés, peronistas no K, radicalizarán el sentido común contra el Gobierno nacional. Si “los porteños se quedan con todo”, en este caso CFK era el emblema, la figura icónica del porteño.

Con esto no se pretende exculpar a la casta política cordobesa que, con Angeloz, Mestre (padre e hijo), De la Sota y Schiaretti ha demostrado gestionar el Estado provincial siempre en función del gran empresariado.   

La ventaja de un blog radica en la posibilidad de escribir más libremente, sin tanta norma ni precepto. Eso no elimina el siempre problemático problema de cerrar un artículo, una nota o un post.

Una amiga muy querida escribe siempre primero el inicio y el final de cada artículo. Luego rellena. Parece un buen método para la próxima vez.