martes, 27 de agosto de 2013

Trotsky y la construcción socialista. Apuntes sobre su concepción (y una polémica breve)



Eduardo Castilla

Hace pocos días se cumplieron 73 años del asesinato de León Trotsky. La historia escrita por los intelectuales de la clase vencedora ha intentando hacer añicos la figura de una de las grandes personalidades de la política revolucionaria del siglo XX. A ello ha colaborado activamente la traición a la causa socialista por una enorme mayoría de corrientes y partidos a lo largo del siglo XX. Especialmente pernicioso ha sido el rol del estalinismo. En ese marco, la falsa idea de que stalinismo y trotskismo eran dos caras de la misma moneda aún recorre las mentes y las plumas de reformistas, intelectuales burgueses y algún que otro “revolucionario” de palabra. Sostener (aún) que si Trotsky triunfaba el destino reservado a la URSS y al conjunto del movimiento comunista era el mismo, constituye una afirmación carente de fundamentos, salvo que se quiera confiar en la maldad “congénita” de las personas o en principios abstractos como las “concepciones invariables” del marxismo.
En este post, a riesgo de hacer un recorte (relativamente arbitrario) de los múltiples combates de Trotsky en los años 20’, queremos detenernos en algunas discusiones sobre la construcción del estado soviético, cuando emerge la burocracia estalinista. Trotsky levantó un programa opuesto al que impulsaron las fracciones mayoritarias del Partido Comunista de la URSS. Programa que, de haberse llevado a cabo, hubiera permitido que el destino de la revolución rusa y la revolución mundial fuera otro. 

La revolución rusa y sus límites

Marx escribió en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que los individuos hacen la historia, pero no en condiciones libremente elegidas sino en aquellas que han heredado. Cada generación entra a un mundo “ya construido”. Pero las revoluciones son los momentos históricos donde esa dinámica se quiebra y las condiciones objetivas pueden ser moldeadas por la “voluntad colectiva” de las masas, de la cual las “voluntades individuales” pueden (o no) ser expresión concentrada.
Igual dinámica, en sentido inverso, acontece con las contrarrevoluciones. Las “condiciones subjetivas” actúan como un factor fundamental en el retroceso de la revolución. Trotsky afirmaba en 1926, en las Tesis sobre revolución y contrarrevolución que las esperanzas engendradas por la revolución son siempre exageradas (...) de estas mismas condiciones surge uno de los más importantes -y además, uno de los más comunes- elementos de la contrarrevolución. Las conquistas ganadas en la lucha no se corresponden, y en la naturaleza de las cosas no pueden directamente corresponderse, con las expectativas de las masas (...) La desilusión de estas masas, su retorno a la rutina y a la futilidad, es una parte integrante del período post-revolucionario”.
La ausencia de revolución triunfante en los países de Occidente fue un factor central de este cansancio subjetivo. Pero el mismo se combinó con contradicciones objetivas como la extrema pobreza del país o la enorme destrucción causada por la guerra mundial y la posterior guerra civil. Ese conjunto de elementos fueron trabas a las posibilidades de un “rápido despegue” económico. Por el contrario, contribuyeron a la profundidad de la crisis social y a acentuar el agotamiento de las masas. En esa situación, una casta burocrática que desarrolló sus propios intereses desde los puestos que ocupaba en el naciente estado, creó, como recuerda Trotsky en Mi vida, un nuevo tipo de individuo: el burócrata arribista, opuesto cien por ciento al revolucionario pre Octubre.

En los orígenes de la burocracia soviética  

Tal como se desarrolló con posterioridad, la burocracia soviética emerge como subproducto de una pluralidad de causas, donde la conjunción entre limitaciones estructurales y el agotamiento de las masas ocupan un lugar central.  Trotsky desarrollará exhaustivamente esa génesis y su evolución en La Revolución Traicionada. Pero ya en 1923 va a plantear las condiciones que hacen emerger las tendencias burocráticas. En El Nuevo Curso, dirá “El burocratismo es un fenómeno social en tanto que sistema determinado de administración de los hombres y de las cosas. Sus causas más profundas son la heterogeneidad de la sociedad, la diferencia de los intereses cotidianos y fundamentales de los diferentes grupos de la población. El burocratismo se complica debido a la carencia de cultura de las masas”. (Resaltado propio)
El atraso de las masas y su carencia de cultura (algo sobre lo que también insistirá Lenin) son un factor esencial de la conformación de la casta burocrática[1]. Este límite se expresaba, entre otras cosas, en los altísimos niveles de analfabetismo. De ahí surgirá la necesidad de cubrir los puestos del estado con militantes partidarios y obreros avanzados. Pero además será preciso incorporar a integrantes del viejo aparato estatal zarista. Señala Moshé Lewin “Las administraciones industriales empiezan a afirmarse (…) al lado de ellas se encuentra en los servicios locales y centrales una enorme masa de funcionarios que son, según Lenin, antiguos burócratas zaristas y que ocupan un lugar cada vez más importante en la vida política (…) El régimen no podía prescindir de una máquina gubernamental de este tipo, pero, y siempre según la opinión de Lenin, esta maquinaria no es soviética, constituye una vergonzosa anomalía” (pág. 26).
Esta “vergonzosa anomalía” se oponía a la “norma” programática de El Estado y la revolución, pero aparecía como la única variante posible en un país donde la inmensa masa de la población era campesina y la clase trabajadora una minoría social. Lewin añadirá: “Las funciones gubernamentales merman las filas de la clase  obrera,  especialmente en  los  sectores  donde se había reclutado su vanguardia: metalúrgicos, ferroviarios o mineros. La utilización de los obreros en el aparato administrativo fue quizá la carga más pesada para el proletariado ruso,  cuyo  número  no  abarcaba más de tres millones de obreros industriales. El propio Lenin lo constata: "Las fuerzas del proletariado han sido sobre  todo  agotadas  por la creación del  aparato  administrativo". Así, la institución que toma cuerpo social y “crea” un estrato con intereses propios es el estado como tal que, al decir de Lewin, se ha convertido, contra la voluntad de los funcionarios en cuestión, en un auténtico sostén social del poder” (pág. 27).
Esta casta burocrática hará propia la “teoría” del socialismo en un solo país, acorde a su pasividad y conformismo. Trotsky escribirá que “En todas las grandes luchas políticas se puede descubrir en definitiva la cuestión del bistec. A las perspectivas de la ‘revolución permanente’ la burocracia oponía la del bienestar personal y el confort” (citado en Jean-Jacques Marie. Pág. 321-322)

Una lógica no lineal de la construcción socialista

Desde el inicio del proceso de burocratización, Trotsky señalará la necesidad de contrapesar los mecanismos que aceleraban el crecimiento de las tendencias burguesas, una vez establecida la NEP. Como primera medida sostendrá la necesidad de fortalecer socialmente a la clase trabajadora. En abril del 23’ afirmará que “la clase obrera puede mantener y fortalecer su rol dirigente, no mediante el aparato del estado o el ejército, sino por medio de la industria que da origen al proletariado”. Pero planteará que uno de los peligros para el naciente estado soviético es tratar de “sobrepasar el desarrollo económico” por medio de “medidas administrativas” burocráticas.   
Lejos de una visión que apuntase a un desarrollo unilateral de las fuerzas productivas, para Trotsky era evidente la necesidad de fomentar un crecimiento sostenido que no amenazara la alianza entre el proletariado y el campesinado, verdadera base política y social del estado soviético. En El Nuevo curso afirmaba que “El problema que, desde el punto de vista económico, tiene una gran importancia (decisiva en algunos países como el nuestro pero muy diferente según el caso) es saber en qué medida el proletariado en el poder logrará conciliar las exigencias de la construcción del socialismo con la economía campesina”.
La lógica de un desarrollo lineal y sin contradicciones será la que lleve adelante la burocracia soviética, tanto su ala derecha encarnada en Bujarin como el centro de Stalin. Primero, permitiendo el desarrollo, sin trabas, de las tendencias burguesas nacidas de la NEP, lo que concluiría en la huelga del trigo 1927. Luego pasando, sin ningún tipo de mediación, a la expropiación casi completa en el campo. Estos giros fueron expresiones de lo que Trotsky, en 1928, definió como “una concepción mecánica de la economía del período de transición, en tanto que economía de contradicciones en tránsito de desaparecer” (Qué es la smytchka).
La fórmula del desarrollo lineal del socialismo, por fuera de las contradicciones sociales internas y del proceso de la revolución mundial fue la del estalinismo, que se transformaría en una carrera (burocrática) por el mayor desarrollo posible a partir del momento de la Colectivización forzosa. Frente a ésta Trotsky escribirá en el prólogo a La Revolución Permanente que La industrialización es el resorte propulsor de toda la cultura moderna, y, por ello, la única base concebible del socialismo (…) No obstante, el desarrollo asequible se ve limitado por el nivel material y cultural del país, por las relaciones recíprocas entre la ciudad y el campo y por las necesidades inaplazables de las masas, las cuales sólo hasta un cierto límite, pueden sacrificar su día de hoy en aras del de mañana. El ritmo máximo, es decir, el mejor, el más ventajoso, es no sólo el que imprime un rápido desarrollo a la industria y a la colectivización en un momento dado, sino el que garantiza asimismo la consistencia necesaria del régimen social de la dictadura proletaria, lo cual quiere decir, ante todo, el robustecimiento de la alianza de los obreros y campesinos, preparando de este modo la posibilidad de triunfos ulteriores” (resaltado propio).
El intento de encerrarse en la edificación de una sociedad socialista nacional aislada "dentro de un plazo histórico rapidísimo" era la posición de la burocracia soviética. Es decir, lejos de un fetiche del desarrollo acelerado de las fuerzas productivas (como se afirma en esta entrevista a Ariel Petruccelli) hay, en la visión de Trotsky, una concepción dialéctica del desarrollo económico de la URSS que tiene por objetivo central asegurar la consistencia de la alianza obrero-campesina. Sólo de esta forma, era posible que la URSS fuera una firme trinchera en la pelea por el avance de la revolución internacional.
Como afirma aquí, acerca de la “teoría” del socialismo en un solo país, “el peligro político de la nueva teoría esta en el juicio comparativo erróneo sobre las dos palancas del socialismo mundial: la de nuestras realizaciones económicas y la de la revolución proletaria mundial. Sin que ésta triunfe no construiremos el socialismo (…) La palanca de la construcción económica tiene una importancia enorme. Si la dirección comete faltas, la dictadura del proletariado se debilita (…) Pero la solución del proceso fundamental de la Historia, suspendido entre el mundo del socialismo y el del capitalismo, depende de la segunda palanca, es decir, de la revolución proletaria internacional. La enorme importancia de la Unión Soviética consiste en que constituye la base en que se apoya la revolución mundial y no en que, independientemente de ella, será capaz de construir el socialismo”.

Los límites internacionales de las batallas de Trotsky

Desde ese punto de vista, las batallas de Trotsky y los oposicionistas estaban relativamente subordinadas a resultados externos a las mismas. Las derrotas de la Oposición de Izquierda en el ‘23 y de la Oposición Conjunta en el ‘27 son, en gran parte, consecuencia de los fracasos de la revolución socialista en Alemania y en China. Esto permite el declive de las aspiraciones revolucionarias de las masas y fortalece las posiciones de la burocracia al interior de la URSS. Trotsky en Mi Vida, luego de la masacre de Shanghai, afirmará que Por el partido atravesó una oleada de indignación. La oposición volvía a levantar cabeza (…) Había muchos camaradas jóvenes que creían que aquel descalabro tan evidente de la política de Stalin no tenía más remedio que llevar al triunfo a la oposición (…) hube de echar muchos jarros de agua fría por las febriles cabezas de mis amigos jóvenes y de algunos que ya no lo eran. Hice todo género de esfuerzos por demostrarles que la oposición no podía incorporarse sobre la derrota de la revolución china, que la confirmación de nuestros pronósticos nos valdría, acaso, mil, cinco mil, diez mil afiliados nuevos, pero que para millones de gentes lo importante y lo decisivo no eran los pronósticos, sino el hecho de que el proletariado chino hubiese salido derrotado. Que después del descalabro de la revolución alemana en el año 23, después de la derrota con que se había liquidado la huelga general inglesa del ‘26, este nuevo revés experimentado en China no haría más que confirmar a las masas en su desengaño respecto a la revolución internacional. Y que precisamente este desengaño era la fuente psicológica de donde manaba la política stalinista del reformismo nacional”.
Como es ampliamente conocido, esas derrotas no fueron el resultado objetivo de la “relación de fuerzas” sino el producto de una política timorata en el primer caso y de abierta conciliación de clase con la burguesía, en el segundo. Pero, de conjunto, las derrotas alimentaban la fortaleza de la burocracia estalinista que era, al mismo tiempo, la que impulsaba una política desastrosa en la dirección de la Internacional Comunista. Este círculo sólo podía quebrarse con el triunfo de una revolución y la misma sólo podía ser el resultado de la combinación de la acción de masas con un programa político correcto. Esa fue la apuesta estratégica de Trotsky durante este período, sacando las lecciones revolucionarias de las batallas en curso, tanto al interior de la URSS como en el terreno internacional. Como señala en Mi Vida, a pesar de saber que se encaminaban hacia la derrota, preparaban el camino para futuras batallas.

La impostergable necesidad de la preparación estratégica

Hace unos años habíamos escrito, con el amigo Jonatan Ros, una polémica contra Eduardo Sartelli que, en un arrebato de pragmatismo, reivindicaba la “eficiencia” revolucionaria, igualando a Mao, el Che, Fidel Castro, los dirigentes vietnamitas, Lenin y Trotsky. Lo hacía sin poner en discusión las estrategias que guiaron esas intervenciones. Lo que los unía era el “éxito” en la conquista del poder. Bajo ese parámetro, se podía reivindicar el Trotsky de la toma del Palacio de Invierno pero no al que luchó, casi en soledad, contra la degeneración burocrática de la URSS en los 30’. En un debate con ribetes comunes, hace pocos meses Paula Schaller discutió en este post con Agustín Santella, acerca del voluntarismo que, en su opinión, implicó la fundación de la IV internacional en 1938.
Esta división entre los momentos de triunfos revolucionarios y los momentos de retrocesos implica dejar de lado las tareas preparatorias para los grandes combates. León Trotsky escribía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, que “Si la relación de fuerzas desfavorable le impide mantener las posiciones conquistadas, por lo menos debe aferrarse a sus posiciones ideológicas, porque éstas expresan las costosas experiencias del pasado”. Precisamente la batalla dada en los años 20’ contra la política de la fracción dirigente en la URSS permite extraer lecciones programáticas y estratégicas para el futuro.
Hoy nos encontramos aún lejos de verdaderas revoluciones sociales. La excepción es el contradictorio proceso de Egipto. Pero rescatar el pensamiento de Trotsky, su método de abordaje de los grandes problemas de la realidad, su concepción estratégica, entre otras cuestiones, permite prepararse para esas batallas por venir.


[1] Para ilustrar este atraso es útil algo que señala Jean-Jacques Marie en Trotsky, revolucionario sin fronteras, acerca de los límites del gobierno soviético para confiscar de las joyas de la Iglesia en función de paliar el hambre existente. En abril del 22’ dirá Trotsky “el intento de confiscar los objetos de valor sin una prolongada preparación política y organizativa ha sufrido una derrota, aún en Petrogrado (...) frente a mi ventana hay una iglesia. De cada diez individuos que pasan por la calle (contando a todo el mundo, incluidos los niños), al menos siete, sino ocho se santiguan al pasar junto a ella. Y entre transeúntes hay muchos soldados rojos, muchos jóvenes” (pág. 263). A casi 5 años de conquistado el poder, la Iglesia Ortodoxa era capaz de movilizar a miles de personas en todo el país, para enfrentar la confiscación de sus objetos de valor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario