domingo, 1 de junio de 2014

Gestamp y un triunfo obrero que hace Historia (con mayúscula)



Foto: Enfoque Rojo

Eduardo Castilla
La lucha de los trabajadores de Gestamp acaba de obtener un primer e importante triunfo contra la Santa Alianza conformada por la patronal, la burocracia sindical y el estado. Esta gran pelea pone en escena los componentes de una nueva situación de la lucha de clases, marcada por el giro de la derecha del gobierno y los golpes más abiertos de la crisis internacional.

Lucha de clases, concepto que, necesariamente, deberá volver a escena porque el indefinido “conflicto social” poco dice de donde están los verdaderos poderes sociales y donde los nudos que, al verse afectados, ponen en cuestión la hegemonía burguesa. 


Heroísmo obrero


Algunas postales que publicamos ayer graficaban la enorme acción que protagonizaron los trabajadores de Gestamp en rechazo de los despidos. El heroísmo no necesita más explicaciones que la descripción de 4 jornadas, en una grúa a decenas de metros del piso, asediados por cientos de policías y gendarmes, con la patronal ejerciendo una presión extrema y la conducción del SMATA abiertamente en contra. Cuatro jornadas de una enorme resistencia física y moral, que contagiaba entusiasmo a los miles que lo seguían desde fuera de los portones y desde todos los puntos del país y el extranjero. Una dura resistencia que empieza a mostrar que despidos y suspensiones no son una consecuencia “natural” de la situación, sino el resultado del ansia capitalista de más ganancia.  

La clase obrera, a lo largo de sus casi 200 años de historia, demostró innumerables veces su heroísmo. De estas acciones heroicas surge la moral de nuevas generaciones combativas, de una clase que se proponga no sólo conseguir mejores salarios, sino avanzar en enfrentar el poder del capital y derrotarlo. Una clase que aspire efectivamente a “ser poder”, una clase que, con la misma inflexibilidad que tiene la burguesía para defender sus intereses, defienda los propios.

El nivel de tensión alcanzado, con la amenaza constante de la represión, la existencia de piquetes en el exterior y, sobre todo, la gran resistencia de los trabajadores, les dio un triunfo que constituye, simétricamente, una importante derrota de la patronal y la burocracia del SMATA.  

La primera se apresta, como ya anuncia, a incumplir la conciliación obligatoria y demostrar la impunidad del capital. El derecho, en tanto derecho burgués, está para ser incumplido si ataca la propiedad privada. Lo contrario implica que debe ser defendido de las “medidas irracionales y violentas”. La duplicidad moral de la burguesía depende de la afectación de sus ganancias.  


A la izquierda de la pared y a la derecha del país


Las referencias de CFK a la “toma del Palacio de Invierno” entre otras perlas de un discurso más gorila de lo habitual, son las referencias a la lucha de clase como tal, a las acciones decididas de fracciones de la clase trabajadora. CFK, en una suerte de paradoja lingüística, se propone enseñarnos que “cuidar el trabajo” equivale a aceptar los despidos. Una referencia más clara debería decir, que “cuidar el trabajo” es, en realidad, cuidar el capital y su rentabilidad. Para el peronismo, combatir el capital fue sólo una frase de ocasión. Cuando la sociedad capitalista entró en crisis, las palabras se convirtieron en su opuesto.

El discurso del gobierno nacional desde Santa Cruz fue parte de la cadena que empezó en sus ataques a los docentes hace ya cuatros años pero se fue radicalizando a derecha, en una escalada continua. Ya la Ley anti-piquetes expresaba el verdadero objetivo del gobierno frente al movimiento de masas en pos de pasar el ajuste. Su discurso de hoy fue una intervención activa para avalar la acción represiva.

En una sola jornada, el gobierno se encontró en el arco extremo de la derecha política nacional. Primero, mediante el aval directo a la represión por parte del discurso presidencial. Más tarde, criticando la conciliación obligatoria establecida por Scioli. 


De la unidad a las divisiones por arriba


La patronal, el gobierno nacional y la burocracia del SMATA alentaron la salida represiva, por la vía legal o por el método de las patotas, desde el instante en que el paro de la producción afectó a VW y la Ford. En ese momento, la unidad por arriba tendió a garantizar una salida a la situación que evitara una victoria parcial de los trabajadores. Este parecía ser el consenso establecido entre todos los actores del régimen.

La Conciliación dictada por la provincia de Buenos Aires rompió ese acuerdo. Así lo evidenciaron las declaraciones de la ministra Débora Giorgi  y la subsecuente respuesta del gobierno provincial, defendiendo lo hecho.

Esta gran acción obrera ocasionó una verdadera crisis política en las alturas. Lejos de ser una lucha aislada, cada día que pasaba, la simpatía de la población de las zonas cercanas y de sectores de trabajadores crecía como lo testimonian cientos de anécdotas en las redes sociales. La represión, en estas circunstancias, dado el dramatismo de la situación, podía significar un altísimo costo político que entró en el cálculo de Scioli y su ministro Cuartango. Podía equivaler a una suerte de suicidio político.

La carga simbólica de la represión no era menor. Implicaba atacar brutalmente a trabajadores que exigían, simplemente, seguir trabajando. Si la última bandera del kirchnerismo -la defensa del empleo - era pisoteada por las botas de Gendarmería y la policía provincial, era un mensaje para millones. Pero ese mensaje no necesariamente ocasionaría miedo. 


Olor a setentismo


En una especie de retorno al pasado vimos aparecer cientos de efectivos policiales en el interior de una planta. Justo en los días del aniversario del Cordobazo, el gobierno nacional y el provincial hicieron gala de seguir la tradición de Lacabanne. Peronismo derechista del más puro surgió en aquellas palabras sobre “tomar  el Palacio de Invierno”. Sólo faltó la mención del “sucio trapo rojo”, aunque la conducción del SMATA atacó con nombre y apellido a la izquierda.

Precisamente el accionar del SMATA -con un discurso que volvió a evidenciar la ajenidad de la burocracia sindical en relación a la clase trabajadora- estuvo impregnado del tufillo de los ‘70, cuando la conducción del Gordo Rodríguez entregaba a trabajadores a las fuerzas represivas, además de engrosar las filas de las Tres A.

Volvió a quedar en evidencia su carácter de casta parasitaria que, en momentos de crisis capitalista como el actual, implica el rol de correa de transmisión de la política patronal en un grado máximo. Burocracia en estado químicamente puro, refinada.

Pero las similitudes con los ’70 pueden llevar a amplificar la reflexión. Por un lado el peso creciente de la izquierda en franjas importantes de la vanguardia obrera constituye un elemento de la situación. Los ataques de la burocracia sindical o el mismo gobierno contra la izquierda tienen sustento en la realidad, como lo evidencia el “teatro de operaciones” donde se dio esta gran pelea: la zona norte del Gran Buenos Aires. Allí avanzan las corrientes antiburocráticas del movimiento obrero, avanza la izquierda partidaria y, particularmente, influye el PTS.

Eso y no otra cosa es lo que se vio en el paro del 10A, cuando los trabajadores y la izquierda derrotaron a la gendarmería y lograron ocupar la panamericana. La tarea estratégica de la izquierda obrera y socialista pasa esencialmente por profundizar ese camino. La gran batalla de los trabajadores de Gestamp ya aportó un enorme grano de arena en el camino del avance subjetivo de la clase trabajadora. Esa perspectiva está abierta, al igual que la lucha de los trabajadores por su reincorporación. Esa lucha sigue este lunes.

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