miércoles, 7 de agosto de 2013

Política electoral y política revolucionaria. Apuntes antes de las PASO (o sobre el “mareo” estratégico de la izquierda independiente)




Eduardo Castilla

Hace algunos meses cuando las elecciones recién figuraban como parte de un horizonte lejano, discutíamos contra la “novedad teórica” que Aldo Casas pretendía construir alrededor del estado capitalista en función de darle sustento a la participación electoral de la izquierda independiente. Allí señalamos que las primeras expresiones concretas de ese intento estaban poniendo en tensión muchas de las ideas de estas corrientes que, durante años, renegaron de la “estadolatría” de la izquierda partidaria, a la que motejaban, de manera casi permanente, de “electoralista”.
Los meses han pasado, y cuando faltan pocos días para las PASO, la campaña de Camino Popular, agrupamiento en el que terminaron confluyendo Marea Popular y Claudio Lozano no se diferencia de cualquier otra campaña de centroizquierda. A pesar de los ataques contra la “izquierda dogmática” que “hace un fetiche de las elecciones”, la campaña de “Caminá distinto” destila puro electoralismo. Las “correcciones teóricas” que Casas presentó, fueron parte de alentar el actual curso electoral, donde las ideas anticapitalistas están directamente ausentes. Los intentos de presentar un “estado en disputa” no podían más que desembocar en una campaña de este tipo. 

La “transformación” del estado capitalista

Recientemente se ha reeditado ¿Una política son clases? de Ellen Meiksins Wood (que nos recomendó el amigo FR y del cual se puede encontrar una reseña de Claudia Cinatti en el segundo y muy buen número de Ideas de Izquierda). Allí la autora demuestra la continuidad que se estableció entre las ideas de Nicos Poulantzas y las del postmarxismo. Lo que nos interesa aquí señalar es la semejanza entre las ideas de Poulantzas, en su último período, y las ideas de la izquierda independiente acerca del estado capitalista.
En la concepción del marxista griego, el estado paulatinamente tomó un nivel de autonomía creciente sobre las relaciones sociales de producción, pasando de ser el órgano de opresión de una clase a ser un terreno “en disputa”. La formulación que, en su momento, criticábamos a Casas (“El Estado es una forma de relación social o, mejor dicho, un proceso relacional, dinámico, que se teje en interacciones recíprocas de los seres humanos, que se realiza en el conflicto y en cuya configuración participan también las clases subalternas”) bien puede inscribirse dentro de la misma lógica.
Afirmará Meiksins Wood “para Poulantzas, el estado no puede simplemente ocuparse, debe también transformarse. Es necesario que haya un “cambio decisivo en las relaciones de fuerza” en el interior del estado-no solamente dentro de las instituciones representativas a partir de una victoria electoral, sino también dentro de los órganos administrativos y represivo del estado, la administración pública, el Poder Judicial, la policía y los militares” (p.109). La “transformación del estado” conlleva necesariamente la ocupación de espacios como paso práctico que tiende a tener carácter cuasi-estratégico. La tarea de destrucción del estado desaparece.
No es entonces sorprendente que, a la luz de esta concepción general, la participación electoral se termine convirtiendo en una finalidad en sí misma, es decir en una estrategia. Si en su momento, se había discutido aquí alrededor de la ausencia de estrategia en la izquierda independiente, la participación en las elecciones parece estar mostrando que las presiones existentes empujan hacia la adopción de otra estrategia: la reformista. La alianza con Lozano, que no se define precisamente como anticapitalista (menos aún como revolucionario) ¿será la confirmación de esa redefinición estratégica? 

Una campaña “desdibujada”

En este artículo, de hace poco más de un mes, Miguel Mazzeo, intelectual de cabecera de la izquierda independiente, “advierte” sobre la participación electoral, ya que “existe el peligro de confundir “la política” con algunas de sus expresiones más estrechas y limitantes, verbigracia: las instituciones burguesas clásicas, la representatividad y la delegación, en fin: la democracia liberal como forma políticamente dominante y como dogma hegemónico”. En la misma nota afirma que “El experimento puede desdibujar los perfiles libertarios de la izquierda independiente” (subrayado nuestro)
La advertencia parece no haber surtido efecto. La campaña electoral que ha desarrollado Camino Popular en Capital Federal estuvo plagada de frases vacías y lugares comunes que cualquier agrupamiento de centroizquierda podría repetir sin sonrojarse. Puede verse, por ejemplo, en este spot de campaña, donde Itai Hagman parece tener como única consigna “no repetir los errores del pasado”. Por fuera de eso y de la idea un poco (bastante) vaga de “democracia participativa” ¿qué distingue este spot de algún otro de centroizquierda?
La lógica contra la que advertía Mazzeo se impuso: la campaña electoral “desdibujó” el ya escaso perfil libertario de Marea Popular. Tanto que Hagman apenas insinúa una tibia crítica hacia los políticos que se enriquecen gobernando para los capitalistas, quedando incluso rezagado (y a la derecha) en relación al odio que sienten millones por esa casta parasitaria, como se expresó, por ejemplo, en las inundaciones de La Plata ¿O será que las consignas demasiado radicalizadas y precisas pueden asustar a los vecinos de Belgrano?

Lenin: parlamentarismo y lucha de clases

Pero hacia los sectores más avanzados, Marea Popular aún sostiene un discurso con ribetes anti-sistémicos. En estos días plantean que nuestras experiencias se piensan como un aporte a la construcción de una izquierda nueva, emancipada de viejos dogmatismos, alejada del sectarismo y el oportunismo electoral que ha marcado la mayor parte de las experiencias de izquierda tradicional en nuestro país. Nuestra apuesta asume la participación electoral como un episodio táctico en emergencia de un nuevo proyecto histórico de las clases populares”.
Dejando de lado los repetitivos (y ya aburridos) ataques contra la izquierda partidaria, el eje de la campaña de la izquierda independiente ha estado lejos de permitir la “emergencia” de las clases populares. Al respecto, la consigna de “Caminá distinto” es completamente confusa ¿A qué conclusiones conduce a los sectores políticamente más conscientes? ¿Cuál es la relación entre la participación electoral y el desarrollo activo de las clases populares o su emergencia? ¿Cuáles son los obstáculos que deben sortear esas clases populares para emerger? ¿O emergen votando a Lozano y Hagman?
A diferencia de este tipo de definiciones abstractas, en el pensamiento de Lenin, se pueden encontrar las bases que permiten pensar la unidad entre la participación electoral (y la eventual conquista de legisladores) y la organización revolucionaria de las masas obreras y populares. En 1920, discutiendo contra los izquierdistas holandeses, el revolucionario ruso señalaba que  “mientras no se tenga fuerza para suprimir los parlamentos burgueses y todo tipo de instituciones reaccionarias se debe actuar dentro de ellas porque es allí donde se encuentran todavía obreros embaucados” (El Izquierdismo, enfermedad infantil, Obras selectas, pág. 465).
Lenin establece una mecánica precisa entre el accionar parlamentario (que podemos hacer extensivo a la participación en las elecciones) y la conciencia de las masas obreras “fuera” de ese parlamento. La labor “educativa” de la política en el parlamento, debe ir en el sentido de demostrar a las masas atrasadas porqué semejantes parlamentos deben ser eliminados” (p.466). Es decir, el terreno de la lucha parlamentaria apunta a favorecer el desarrollo de la movilización extraparlamentaria.
Lenin escribía discutiendo contra los izquierdistas holandeses que consideraban “históricamente superado” el parlamentarismo. Pero lo esencial de sus enseñanzas conserva plena validez. La izquierda “electoralista” atacada por años por la izquierda independiente buscó dar una batalla en un terreno en el que las masas aún confían en los mecanismos existentes. Se puede no compartir esa confianza, pero no se puede ignorar su existencia. La izquierda independiente optó por ignorar la pelea en el terreno electoral, siendo de esta forma funcional al fortalecimiento político de otras variantes, en particular el kirchnerismo. Hoy, cuando deciden lanzarse a la pelea en este terreno, lo hacen abandonando cualquier tipo de lógica anticapitalista, intentando ocupar los espacios que el régimen y la crisis del gobierno dejan vacante. Intentan capitalizar electoralmente un espacio policlasista de oposición sin romper ni chocar con el gobierno nacional. De esta forma, siguen siendo funcionales al kirchnerismo. 

La campaña del FIT y las perspectivas de la clase obrera

Contrario a esto, desde el PTS en el FIT hemos venido desarrollando una campaña que apunta a acelerar el desarrollo político de sectores del movimiento obrero y la vanguardia juvenil, al calor del declive del kirchnerismo y de las primeras expresiones de descontento marcado del movimiento obrero con el gobierno. El FIT, y el PTS centralmente, han levantado una fuerte denuncia contra la casta política que dirige el país y que viene siendo cuestionada crecientemente. La consigna programática de que los diputados y funcionarios ganen como una maestra o como cualquier trabajador implica una denuncia clara al conjunto de la casta política, mostrando el único medio de realista de hacer posible hoy la liquidación de los privilegios que les otorga administrar el estado capitalista.
Por otra parte, el FIT fue la única fuerza que realizó spots televisivos donde se denunciaba claramente el principal obstáculo que tienen los trabajadores en la situación actual para defender sus demandas y enfrentar los ataques de las patronales: la burocracia sindical de los Daer, Moyano, Caló, Martínez, Dragún y muchos otros. La demanda de “echar a la burocracia sindical” y la tarea de conquistar diputados de izquierda “para fortalecer esta pelea” muestran la dialéctica entre la lucha parlamentaria y la movilización y organización extraparlamentaria. Conquistar nuevas comisiones internas, cuerpos de delegados y, potencialmente, sindicatos, sacándose de encima a la burocracia, es un aspecto central de la posibilidad de que la clase trabajadora pueda emerger en la realidad política nacional. De allí el peso esencial de esa idea en esta campaña electoral.
La unidad estratégica de una política revolucionaria para organizar a la clase obrera y la juventud “por abajo” y una intervención revolucionaria en el terreno electoral, pude permitir abonar el camino para la emergencia de un fuerte partido de vanguardia cuando las condiciones políticas y sociales de la Argentina tiendan a hacerse más críticas como ya ocurre en otros países del continente. En esas circunstancias la clase obrera podrá jugar un rol central si ha logrado educarse en la independencia política en el período previo. Esa es una apuesta de nuestra política.


sábado, 3 de agosto de 2013

Cabecita negra. Germán Rozenmacher

Germán Rozenmacher vivió muy pocos años. Apenas 35. En 1961, a la edad de 26 años escribió Cabecita Negra, considerado uno de los cuentos excepcionales de la literatura argentina. Guillermo Saccomanno, hace algunos años, escribió acá que Cabecita negra “debe leerse en la misma línea que unos pocos textos ejemplares de nuestra historia literaria. “El matadero”, para empezar. “Casa tomada”, también. Y contemporáneo a su escritura, “Esa mujer”. Brecht escribió que un fascista es un pequeño burgués asustado. Y eso es el señor Lanari, un ferretero próspero que una noche se topa con la chusma, una piba y un cana que violarán su respetable intimidad de clase media”. La personalidad de Lanari (si se nos permite el uso de ese concepto a partir de las pocas páginas de un cuento) está marcada profundamente por los rasgos de una época definida en términos de la antinomia política y social que implicó el peronismo. Rozenmacher escribe, claramente, desde los oprimidos y humillados (como se evidencia en otros cuentos de mismo libro como Ataúd o Los pájaros salvajes). 
Si Cabecita negra es una especie de “respuesta” a Casa Tomada de Cortázar, si es una “vuelta de tuerca” sobre ese cuento o si sólo reflejan ambos el mismo trasfondo histórico social o la “estructura de sentimiento” diría Raymond Williams (algo se puede leer en este post de Laura Vilches) quedará para otro post. Por ahora, pueden disfrutar el cuento. 

EC 



Cabecita negra

A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

—Quiero ir a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

—¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

—A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

—Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

—Viejo baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

—Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.

—Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

—Andá, viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? —dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

—Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

—Señor agente — le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

—Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto —y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró—. Vivo ahí al lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

—Dame café — dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

—Qué le hiciste — dijo al fin el negro.

—Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de ... —el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

—Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

—Este no es, José. — Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

jueves, 25 de julio de 2013

La civilización occidental y cristiana. León Ferrari


En 1965, León Ferrari presentó en el Premio Di Tella un monumental montaje de objetos que, por los campos de los que provenían y por la energía que liberaban en su yuxtaposición, se volvieron insostenibles. Pese al clima de libertad absoluta que el Instituto defendía en forma incuestionable, la obra de Ferrari no pudo ser resistida. Ese conjunto consistía en un montaje de objetos y de palabras: resultaba de la simple superposición de un Cristo de santería, lacerado y sangrante, sobre la réplica de un avión norteamericano FH 107 que se utilizaba en ese momento en la guerra de Vietnam, reunido todo bajo el título de  La civilización occidental y cristiana, el lema que actuaba como justificativo de la fuerza invasora en el teritorio asiático. (Andrea Giunta, Las batallas de la vanguardia entre el peronismo y el desarrollismo)

EC

miércoles, 17 de julio de 2013

El naufragio del relato K. Apuntes sobre Chevron y la designación de Milani




Eduardo Castilla

La última semana fue testigo de dos pasos más en el giro a la derecha que viene describiendo el kirchnerismo en el gobierno, pasos que expresan profundamente los límites del autodenominando  “modelo nacional y popular”. Por todos lados tiende a emerger la crisis de un discurso que se construyó en base a la comparación con “los 90” como década “perdida” a manos del neoliberalismo. Si en todo caso, muchas de las crisis que emergen en este fin de ciclo, hacen retornar ese fantasma, es el resultado de la continuidad con aquella década, tanto en el terreno de los problemas estructurales como en la persistencia de una casta política que, si bien recicló su discurso, no “se fue”.
Eso y no otra cosa es lo que expresa el acuerdo con Chevron firmado ayer por el gobierno nacional que vienen a implicar un salto en la entrega del patrimonio nacional. A su vez, la designación de Milani como jefe del Ejército, abre una nueva brecha en las murallas del gobierno de los “derechos humanos” que se suma a la crisis del Espionaje de Proyecto X. 

Chevron y la “soberanía energética”

El acuerdo firmado ayer, por el cual la multinacional estadounidense se compromete a una inversión de 1240 millones de dólares en el yacimiento de Vaca Muerta, es una verdadera entrega del patrimonio nacional. Se vuelve a evidenciar que no hay (ni hubo) pelea alguna por la “soberanía energética” sino golpes de timón pragmáticos para descomprimir tal o cual crisis estructural, “heredadas” pero no resueltas al cabo de la “década ganada”.
Repasemos algunos de los puntos centrales de este acuerdo que “garantiza la soberanía energética”. Según se informa aquí:
-“A partir del quinto año, las firmas gozarán “del derecho a comercializar libremente en el mercado externo el 20% de la producción de hidrocarburos líquidos y gaseosos producidos en dichos Proyectos, con una alícuota del 0% de derechos de exportación. Es, decir, prácticamente se le entrega el 20% del conjunto de la producción nacional a una multinacional imperialista sin ningún tipo de contraparte. 
-Además, el decreto establece que las empresas que adhieran a este régimen "tendrán la libre disponibilidad del 100 por ciento de las divisas provenientes de la exportación de tales hidrocarburos, en cuyo caso no estarán obligados a ingresar las divisas correspondientes a la exportación del 20 por ciento de hidrocarburos". Este mecanismo es la contraparte directa del brutal cepo cambiario que imponen a millones de personas. Mientras ningún “ciudadano de a pie” puede comprar dólares con alguna libertad, este nuevo régimen les permite a las empresas gozar el beneficio de hacer lo que quieran con los mismos: reinvertirlos o enviarlos a sus casas matrices. Es decir se garantiza la continuidad de la “fuga de capitales” tantas veces negada.
-Además, y ya rayando lo bizarro, el estado está obligado, por medio del nuevo decreto, a “resarcir a las firmas” si, para sostener el auto-abastecimiento local, éstas no logran  exportar ese 20% sobre el que tienen el conjunto de los beneficios antes señalados. Así, el auto-abastecimiento se sigue “garantizando” a costa de fenomenales gastos del tesoro nacional. Si hasta ahora fue el resultado de las importaciones de combustible, a partir del 5º año de vigencia de este acuerdo, será el resultado de pagarles a las multinacionales que producen (y ganan) en terreno nacional
Pero lo que implica un salto en este intento de atraer al capital imperialista lo constituye el hecho de que no se trata de un acuerdo puntual sino de una modificación del régimen de inversiones en hidrocarburos. Es decir, el Decreto 929 garantiza una base para las futuras inversiones extranjeras a multinacionales imperialistas que puedan llevar adelante una inversión superior a los U$1000 millones, garantizando todos estos beneficios y la posibilidad de concesiones en áreas específicas por 35 años. Ante tanta capacidad de entregar del patrimonio nacional y haciendo caso omiso de la vergüenza, Raúl Dellatorre, en Página12, escribe que “Lo que importa es el contrapeso y la capacidad del Estado y la petrolera bajo gestión estatal para imponer el interés nacional y social. Sólo así se logra preservar la soberanía nacional energética”. Es evidente que el estado, con este acuerdo, está demostrando su absoluta debilidad siquiera para imponer una reglamentación mínimamente exigente.
Cuando se anunció la nacionalización de YPF (que no era más que la nacionalización del 17% del total de la producción) escribíamos que “lo que puede ser un éxito de coyuntura, reforzando el gobierno y dándole aire, presenta contradicciones a futuro no menores (…) el gobierno sufre un problema fiscal estructural. De esa contradicción nacieron a la vida la Resolución 125, la nacionalización de los fondos de las AFJP’s y las modificaciones de la Carta Orgánica del Central (…) Esa base estructural limita las posibilidades de inversión en exploración y extracción”. Precisamente ese es ahora el argumento de los analistas, tanto del gobierno como de la oposición para justificar la alianza con Chevron.
Víctor Bronstein, Ingeniero del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad, escribe que este acuerdo con Chevron es necesario por dos motivos: “El primero es que aportan los dólares en un proyecto que requiere de un enorme esfuerzo inversor. El segundo es que traen conocimiento y tecnología para poner en marcha los pozos”. Es innegable que las inversiones que no se hicieron en tecnología ni durante los 90’ ni durante la “década ganada” no se pueden realizar en un año y con importantes franjas de la producción en manos de empresas privadas. Pero “los dólares” que aporta Chevron podrían ser obtenidos tanto de las mismas empresas que se hallan en la rama del petróleo y el gas, como de retenciones más altas a las mineras o a los sectores de los grandes capitalistas del agro que, como dijimos acá, salieron de la esfera de la lucha por la “distribución de la renta”, hace rato.
Como se explica en el Dossier de este primer número de la revista Ideas de Izquierda, los terratenientes  y grandes empresarios capitalistas se llevaron en estos diez años una renta agraria cercana a 7500 millones de dólares. Si esa renta hubiese sido efectivamente apropiada por el estado, se trataría de una cifra 6 veces superior a la inversión que ahora compromete Chevron. Es decir, “los dólares” están y estuvieron todos estos años, pero en manos de las grandes corporaciones a las que el gobierno no quiso tocar.

Milani y nuevo golpe al relato de los “derechos humanos” 

El gobierno viene claramente haciendo agua en uno de los que fue sus terrenos privilegiados. Parte importante de su legitimidad política en estos años derivó de haber tomado un tema central en la historia nacional como es la cuestión del Genocidio, reapropiándose de un discurso reivindicativo de la generación de los 70’ como una generación militante que luchaba por sus ideales. Esa reapropiación (completamente parcial) sirvió para galvanizar a parte de su base social y en particular a sus corrientes militantes. Pero las denuncias del Proyecto X y el surgimiento del espionaje de la Gendarmería, así como el ninguneo brutal del gobierno nacional a la comunidad QOM, junto a la represión y asesinato de integrantes de esa comunidad por parte de gobiernos como del Formosa y Chaco, fueron golpes a ese discurso en los últimos meses.
La asunción de Milani parece estar siendo un salto en este tipo de crisis, poniendo en una situación de defensividad al gobierno. Las acusaciones que lo vinculan con el Operativo Independencia y el Batallón 601 muestran que tuvo un rol dentro de la represión estatal en la dictadura. La acusación que la está haciendo Ramón Olivera, ex preso político en La Rioja, sobre su participación en su secuestro y el de su padre, junto a la existencia de simulacros de fusilamiento, ponen en claro su rol en el accionar represivo. Ante esta catarata de ataques, Milani ha decidido presentarse a la justicia de La Rioja “espontáneamente”, negando las acusaciones de que es objeto. Más allá de cómo se desarrolle esta crisis política, de fondo lo que se evidencia son los límites del discurso de reconciliación nacional que el gobierno venia ensayando en las últimas semanas, a tono con su giro a la derecha que tenia expresión, por ejemplo, en el acuerdo con el Papa y la Iglesia.  
Ese discurso de reconciliación no puede ser impuesto esencialmente como resultado de las disputas políticas que existen por arriba. Que Clarín y La Nación hagan una campaña furibunda contra Milani por su rol en la dictadura no resiste el menos análisis. Su rol claro en la dictadura del 76’ (y en el caso de La Nación en todas las anteriores) está ampliamente reconocido. Pero en este caso también hay una responsabilidad política del gobierno nacional. Tan limitada fue su política de encarcelar a los responsables del Golpe, dejando casi sin tocar a los responsables civiles, que los grandes medios y los empresarios a su cargo, siguen completamente impunes. No es otro sino el caso de Magnetto.
El intento de cerrar las brechas entre el movimiento de masas y las fuerzas represivas fue una política de estado de la clase capitalista desde el retorno a la democracia, pasando por la Obediencia Debida y el Punto Final, los Indultos y demás decretos menemistas. Si el kirchnerismo se vio obligado a “jugar con fuego” en este terreno, hizo todo lo posible por reducir la “caza de genocidas” a los viejos gerontes inofensivos que estaban en retirada y no cumplían un rol activo. La aparición de las acusaciones contra Milani está mostrando la continuidad real de ese aparato represivo y poniendo al descubierto lo limitado de esas reformas kirchneristas. Estas brechas por arriba, donde las fracciones políticas burguesas se atacan con munición gruesa, permiten, en este caso, que la política de reconciliación con las fuerzas represivas encuentre nuevos límites. 

Crisis por arriba y emergencia de la izquierda revolucionaria

Las crisis por arriba y las peleas entre las fracciones políticas de la clase capitalista son hándicaps para la clase trabajadora, la juventud y la izquierda clasista y revolucionaria. En un mundo que empieza a tener como protagonista a la “política en las calles”, con las enormes movilizaciones en Brasil, Bolivia o Chile para nombrar sólo nuestro continente, las peleas centrales de la izquierda tienen que estar puestas en el camino de prepararse para la emergencia de crisis generalizadas que permitan avanzar en el camino de la fusión entre ella y la clase obrera, es decir en la construcción de un partido revolucionario de vanguardia.
En función de esa apasionante y más que necesaria tarea, las condiciones subjetivas de la clase trabajadora y la juventud presentan múltiples contradicciones. Pero la existencia de una potencial “nueva generación obrera”, no atada de manera directa al peronismo, abre enormes posibilidades para la izquierda (al respecto se puede consultar la muy buena nota de Paula Varela en la Revista Ideas de Izquierda de este mes) a condición de que decida dejar de “mirar de afuera” luchas centrales de la clase trabajadora como, por ejemplo, la que están dando los trabajadores despedidos de VW por su reincorporación en estos momentos o la gran pelea de las trabajadora de Kromberg


En esa tarea apostamos activamente.  

lunes, 1 de julio de 2013

Violencia y política en los 70'. El retorno tardío de la Teoría de los dos demonios


Eduardo Castilla

En estos días hemos visto el retorno, un tanto degradado, de la Teoría de los dos demonios. Si el libro de Ricardo Leis ya había logrado algunas primeras discusiones (Horacio González aquí y respuesta de Leis) ahora se viene a agregar un nuevo “arrepentido” y la salida del libro Eran Humanos, no héroes de Graciela Fernández Meijide que tiene por objetivo “criticar la violencia política de los 70”. En su edición de este domingo, La Voz del Interior, entrevista a Leis y Fernández Meijide sobre sus respectivos libros. ¿De dónde emerge este retorno del debate que se dio hace un par de años con el No Matarás? ¿Se expresa alguna novedad desde el punto de vista de los argumentos? Intentemos delinear algunas respuestas a partir de las entrevistas.

De kirchnerismo, oposición y batallas ideológicas

Estas discusiones emergen necesariamente al calor del declive del kirchnerismo. Mientras sostuvo su hegemonía política al interior del peronismo, el gobierno nacional impuso su relato de la militancia juvenil setentista como fundamento ideológico propio, en la actualidad, cuando empieza a debilitarse, surge un discurso alternativo desde el peronismo opositor. Quién mejor expuso, en estos meses, ese discurso ideológico fue De la Sota con su defensa de la figura de Rucci y su reivindicación del Perón del tercer gobierno, el de las Tres A. Junto al pedido de reducción de penas hacia los genocidas a cambio de información, estos puntos constituyen ejes vertebradores de un peronismo de derecha en el plano ideológico y de un discurso “anti-confrontación” en el terreno más estrictamente político, ataque lanzado contra el kirchnerismo. Es en este clima político donde renace la discusión sobre la violencia política en los 70’. Como parte de ese intento de “reconciliación nacional”, los libros de Leis y Meijide se inscriben en el panorama ideológico-cultural del momento.

Reconciliación y falsificación histórica

Héctor Leis viene defendiendo la idea de realizar un monumento en el que conste el nombre de todas las víctimas, hayan sido asesinadas por el terrorismo de estado o por las organizaciones guerrilleras. En el reportaje que le realiza La Voz, después de recurrir a la metafísica ahistórica más absurda (hay “una admiración argentina por la violencia que viene de la época de unitarios y federales”) pide la reconciliación para terminar con la “cultura política de la violencia” y afirma que “La memoria se empobrece y falsifica cuando no se pone al servicio de la verdad y la reconciliación”. Salvando la obviedad de que algo “se falsifica” cuando “no se pone al servicio de la verdad” tanto el relato de Reis como el Fernández Meijide se proponen construir una corriente de opinión contra la idea de que se debió haber tomado las armas contra la democracia.
Hace pocas semanas, en su respuesta a Horacio González, Leis escribía “Creer que debíamos refundar la Nación fue el error más grave de nuestra generación. A ese error le llamamos “revolución” (…) No es errado levantarse en armas cuando los medios usados no son terroristas y la revolución está dirigida a recuperar la democracia y las libertades perdidas (…) Te recuerdo que me levanté en armas contra la dictadura de Onganía, fui preso al inicio del gobierno de Lanusse y amnistiado por Cámpora. Mi error fue no haber parado ahí, y haber ingresado en una organización terrorista para construir la utopía socialista (…) lamento no haber puesto todos mis anhelos revolucionarios en favor de la democracia y la Constitución, en vez de hacer una opción por el totalitarismo socialista”.
Por su parte, Fernández Meijide dice, este domingo, que “Se dice que fueron héroes sin reconocer que eran militantes que habían idealizado su capacidad de modificación de la realidad, y que no reconocían ni la idea de democracia ni la de derechos humanos”.
Si definimos ideología como “falsa conciencia” estamos ante una clara operación ideológica: poner a salvo a la democracia (burguesa) de la lucha de clases simplificando y recortando la historia. A pesar de que Leis se atribuya a sí mismo la “verdad”, en ambas entrevistas faltan cuestiones históricas centrales, sin las cuáles es imposible entender el origen del golpe militar de marzo del 76.

Los 70’, el gobierno “democrático” y las Tres A

Como ya se ha señalado, la Teoría de los dos demonios presupone un extremismo de derecha, expresado en las Fuerzas Armadas, y uno de izquierda, en las organizaciones guerrilleras. Frente a ellos, la “democracia” intenta ser presentada como el mecanismo que debió ser respetado a rajatabla y no erosionado. Lo que todos los “arrepentidos” dejan de lado es que esa democracia, contra la que “atentaron”, actuaba abiertamente contra los luchadores obreros y populares, a través de la brutal represión que empezó bajo el gobierno de Perón, tanto en el terreno legal como en el ilegal, y que se agudizó con Isabel y López Rega. No está demás recordar (un poquito de “verdad” no viene mal) que la “erosión” a la democracia vino de la derecha peronista que llegó al poder de la mano del voto popular. ¿Paradoja? No. Peronismo.
Como escribimos hace unos días, la Masacre de Ezeiza fue el inicio de la acción contrarrevolucionaria abierta del peronismo de derecha, al frente del cuál se pondría Perón a su llegada al país. La formación de las Tres A se hizo bajo la supervisión de López Rega en el Ministerio de Bienestar Social. Las mismas empezaron a actuar “oficialmente” en Noviembre de 1973, a poco más de un mes de las elecciones que habían consagrado la fórmula Perón-Perón. La reforma del Código Penal se hizo a inicios del 74’, no sólo fortaleciendo las penas contras las organizaciones guerrilleras, sino también contra las formas de lucha que la clase obrera llevaba adelante, como las tomas de fábricas. La reforma de la Ley de Asociaciones Sindicales se hizo a favor de una podrida burocracia que estaba abiertamente cuestionada y, precisamente por eso, fue parte operativa de la Triple A. La “democracia” se erosionó bajo el impulso del gobierno más votado de la historia nacional.
Como afirmaba León Trotsky en La Lucha contra el fascismo en Alemania, libro de próxima aparición, reeditado por el CEIP y el Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx “en el desarrollo de la lucha de clases, llega un momento en que es necesario decidir la cuestión de quién es el amo del país: el capital financiero o el proletariado. Las disertaciones sobre la nación y sobre la democracia en general constituyen, en tales condiciones, el embuste más descarado. Delante de nuestros propios ojos, una pequeña minoría está organizando y armando, por así decirlo, a la mitad de la nación para aplastar y estrangular a la otra mitad. No es cuestión ahora de reformas secundarias, sino de la vida o la muerte de la sociedad burguesa. Tales cuestiones nunca se decidieron mediante el voto. Quien recurra en la actualidad al Parlamento o al Tribunal Supremo de Leipzig, está engañando a los obreros y, en la práctica, está ayudando al fascismo”.
Si bien Trotsky analiza el surgimiento del fascismo, la analogía es utilizable hasta cierto punto. Mientras el Ministerio de Bienestar Social armaba las Tres A junto a la burocracia sindical de la CGT de Rucci y Lorenzo Miguel más tarde, la “disertación” sobre la democracia carecía de sentido. Es por eso que el “atentado” contra la democracia que acusa Reis no era tal y la “cultura de la violencia política” que critican ambos entrevistados fue el resultado del accionar del propio estado capitalista que se amparaba en la “elección democrática” de Perón.
El límite de Montoneros radicaba en su concepción estratégica que negaba el papel activo de las masas en la lucha revolucionaria, sustituyendo su accionar por una guerra de aparatos contra las fuerzas represivas. Precisamente eso le imposibilitaba ver que era necesario ganar a las masas para la lucha revolucionaria y esto requería un proceso que permitiera la experiencia con el gobierno peronista, no con la “democracia en general”. Lo verdaderamente revolucionario del período abierto a partir de mayo del 73’ no radicaba en la transformación “desde arriba” por parte del gobierno peronista, sino en el choque que se preparaba entre las masas obreras y el peronismo en el poder que había retornado al país a imponer orden. Es decir, la “democracia” estaba destinada a saltar por los aires en la medida en que el gobierno fuera incapaz de frenar el ascenso revolucionario en curso. Esta es la razón final del Golpe militar de marzo del 76'. 

La democracia en cuestión

De conjunto estas entrevistas van dirigidas a enfrentar políticamente al kirchnerismo, pero además a intentar imponer un clima de reconciliación “entre argentinos”, lavando la cara de las reaccionarias instituciones represivas del estado y de esta democracia que, en estos 30 años, causó brutales estragos en la vida de millones de pobres y trabajadores. De la hiperinflación a la híper-desocupación, para luego sufrir el brutal golpe de la devaluación. De los muertos en los saqueos del 89’ a los muertos en los Crímenes Sociales de Once y Castelar, pasando por los asesinados en Plaza de Mayo en Diciembre de 2001, por Mariano Ferreyra y por los miles de jóvenes ultimados o desaparecidos por la policía como Luciano Arruga. Bajo el kirchnerismo, la “democracia” fue ampliamente generosa con los grandes empresarios nacionales y extranjeros, pero no lo fue con los asesinados por pedir tierra y vivienda en el Parque Indoamericano y Ledesma.  Fue generosa con los empresarios asesinos como Cirigliano pero no con los pasajeros de los trenes.
Hoy, al igual que bajo el peronismo de los 70’, la democracia sigue siendo un régimen político al servicio de los explotadores, un régimen de opresión, control y dominación sobre los trabajadores y el pueblo pobre, donde las verdaderas decisiones se toman en los pasillos de las grandes empresas o en los ministerios donde se aloja la casta política que se enriquece mientras les sirve.

Si hace treinta años la Teoría de los dos demonios pudo ganar adhesión social, hoy tiene sus días contados. Como lo demuestran las movilizaciones en Brasil, la democracia abstracta, carente de contenido social, empieza a verse cuestionada por medio del ataque a la casta política que dirige el estado. Sobre esas tendencias que recorren el mundo y abren la posibilidad de una nueva y extendida militancia juvenil, hay que apoyarse para avanzar en la lucha revolucionaria por imponer una democracia verdaderamente generosa que permita decidir a las masas trabajadoras sobre todas y cada una de las grandes cuestiones de la vida nacional.