sábado, 2 de marzo de 2013

La Iº Internacional y su lugar en la historia (1º parte)


 Eduardo Castilla y Paula Schaller

 Publicado en La Verdad Obrera 512


Desde el inicio del capitalismo, la lucha de los trabajadores tomó, muchas veces, carácter internacional. Esto no es extraño porque el sistema capitalista es el primero que se extendió por todo el mundo. Como dijo Karl Marx hace más de 150 años, la burguesía crea un mundo a su imagen y semejanza, derribando la barrera de las fronteras nacionales. Ya en el Siglo XIX los trabajadores tuvieron que discutir cómo organizarse para evitar que los capitalistas usaran las divisiones nacionales para imponerles una mayor explotación. Por eso Marx y Engels terminan el Manifiesto Comunista con la consigna de “Proletarios del mundo entero, uníos”. El siglo XX mostró la necesidad del internacionalismo obrero en 1917, cuando la clase obrera conquistó el poder por primera vez y fue atacada por 14 ejércitos imperialistas. Era necesario que la revolución triunfara en otros países para que Rusia no quedara aislada. Hoy sigue siendo necesario el internacionalismo obrero, cuando el capitalismo abarca al conjunto del mundo, bajo la dominación de algunas pocas potencias imperialistas y el control de grandes monopolios económicos que se reparten el planeta mientras lo destruyen. Para dar un simple ejemplo, los trabajadores brasileños serían grandes aliados de los trabajadores argentinos si se desatara una lucha contra los monopolios de la industria automotriz con plantas en ambos países. La clase obrera construyó a lo largo de su historia organizaciones internacionales de lucha que sirvieron de punto de apoyo para la organización obrera y que luego sufrieron derrotas. Aprender las lecciones de esas grandes organizaciones que reunieron a los obreros más conscientes de todo el mundo en la lucha contra el capitalismo es el objetivo de la serie de notas que presentamos a continuación. Para los trabajadores, los jóvenes y los estudiantes que hoy empiezan a luchar y organizarse, es preciso aprender de estas enseñanzas para que sea la clase obrera la que triunfe.

La Iº Internacional o Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) nació el 28 de setiembre de 1864, en una reunión celebrada en Londres con delegaciones de trabajadores de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. La fundación de la AIT se dio después de un largo período de retrocesos, resultado de la derrota de las revoluciones de 1848-49, también llamada la “Primavera de los Pueblos”1. Eso había dado lugar a un período negro para los trabajadores en donde las organizaciones obreras eran perseguidas y sus dirigentes terminaban en la cárcel o en el exilio.
Desde fines de los años ‘50, la situación empezó a a cambiar por una combinación de factores. Por un lado las crisis económicas de 1857-58 y de 1863 golperaron con fuerza en todo el continente europeo. Estas dos crisis llevaron al inicio de protestas, movilizaciones y al surgimiento de un nuevo sindicalismo más combativo en Inglaterra. Además se desarrollaron acciones de solidaridad internacional, donde los sindicatos ingleses organizaron la ayuda a quienes pasaban hambre en Francia. Junto a la crisis, la Guerra Civil en EE.UU. conmovería a todo el continente. La simpatía de la clase trabajadora estaba del lado del Norte contra el Sur esclavista. A principios de 1863 el pueblo polaco se levantó contra la opresión que ejercía Rusia, donde reinaba el zar Alejandro II. Esta rebelión también despertó la simpatía de los pueblos y los trabajadores de Europa. En uno de los actos de apoyo a esa insurrección surgió la iniciativa de organizar a la clase obrera internacionalmente.

Las dos corrientes que se unen en la Iº Internacional

En este marco se fundó la Iº Internacional, que expresó la unidad de dos corrientes. Por un lado, las organizaciones sindicales inglesas, las más desarrolladas de todo el continente, lo que no es extraño porque Inglaterra era el país de mayor desarrollo capitalista. Junto a la organización sindical, existía una fuerte tradición de lucha por los derechos políticos de la clase trabajadora. Allí se había desarrollado el movimiento Cartista que en 1837 daría a conocer la Carta del Pueblo que incluía una serie de reivindicaciones políticas básicas2. No fue la bondad de los capitalistas sino las luchas que dieron esos trabajadores lo que permitió conquistar muchos derechos políticos que hoy siguen existiendo. Los ataques de los capitalistas empujaron a este sector a avanzar en la organización internacional. En un documento de 1863, los dirigentes ingleses decían: “Cada vez que intentamos mejorar nuestra situación por medio de la reducción de la jornada de trabajo o el aumento de los salarios, los capitalistas nos amenazan con contratar obreros franceses, belgas y alemanes, que realizarían nuestro trabajo por un salario menos elevado. Por desgracia, esta amenaza se cumple muchas veces”3. La solidaridad y la organización internacional eran necesarias para pelear por mejorar sus condiciones de vida frente a la división que imponían los capitalistas. Aún hoy, como hace 150 años, los empresarios dividen a la clase obrera para aumentar sus ganancias, empleando trabajadores inmigrantes por un menor salario.
La otra corriente estaba integrada por delegaciones de trabajadores de Francia y obreros de origen alemán, que se hallaban exiliados en Inglaterra luego de la revolución de 1848. Estos sectores, aunque eran más avanzados en sus ideas porque se proponían luchar por terminar con el sistema capitalista, eran más débiles en su organización. En sus países, el movimiento obrero estaba menos desarrollado y la revolución de 1848 había sido derrotada, algo que no ocurrió en Inglaterra. Marx se hallaba cercano a los obreros alemanes exiliados y, gracias a eso, participará en la Conferencia de fundación de la AIT y pasará a ser parte de la Comisión encargada de redactar los Estatutos y el Mensaje inaugural de la Internacional.

El papel fundamental de Marx

Marx logró que tanto en el Mensaje inaugural como en los Estatutos se mantuvieran las ideas más importantes formuladas en el Manifiesto Comunista de 1848: la necesidad de una organización independiente de la clase trabajadora, la pelea por la liberación completa en el terreno económico a la que sólo se puede llegar por medio de la lucha política, la necesidad de la unidad de los trabajadores de las distintas ramas económicas y de los distintos países para enfrentar al capitalismo4. Marx pudo hacer esto de forma tal que fuera aceptable para el movimiento obrero de ese momento, que estaba más extendido y desarrollado en todos los países, pero era menos consciente en cuanto a las ideas revolucionarias, luego de años de retroceso. Para Marx éste era el punto de partida para el posterior avance de la conciencia de los trabajadores. Precisamente esto permitió que la AIT expresara al movimiento obrero real que se venía desarrollando. Contra todos los intentos de imponer ideas que no fueran el resultado del proceso de luchas de los trabajadores, Marx y Engels dieron peleas para que la AIT englobara a todas las organizaciones reales del movimiento obrero.
De conjunto, la AIT cumplió dos funciones fundamentales: en primer lugar, permitió agrupar a todas las organizaciones obreras reales que existían en ese momento. Al mismo tiempo, ayudó a que las mismas avanzaran en una conciencia clara de sus objetivos. Esto último, como veremos en la segunda parte de esta nota, se hizo por medio de importantes luchas dentro de la Internacional.
1 Ver: “Revoluciones y procesos revolucionarios en los siglos XIX y XX” en La Verdad Obrera Nro. 142, 1/07/2004. Disponible en www.pts.org.ar.
2 Entre ellas se contaban el sufragio universal masculino, el voto secreto, el sueldo anual para un diputado y la abolición del requisito de tener una propiedad territorial para ser candidato. Estas últimas dos condiciones daban la posibilidad a los obreros de ser candidatos, sino les era imposible.
3 Marx y Engels, David Raizanov, séptima conferencia.
4 Ver los “Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores” en www.marxists.org.

lunes, 25 de febrero de 2013

Apuntes sobre estrategia, teoría y política revolucionaria en Trotsky. Debate con Agustín Santella


Por Paula Schaller



En su respuesta a nuestra crítica, Santella sintetiza desde el título el centro nuclear de su posición: en el Trotsky cuartointernacionalista se habría producido una discontinuidad del marxismo revolucionario. Por fundarse la IV como supuesto "agrupamiento aislado de militantes basados en el prestigio de la figura de Trotski ", plantea Santella que "(...) Se dice que Trotski fue un 'estratega del proletariado', pero en el sentido que realiza una 'reflexión' estratégica. Sin embargo, entiendo que el estratega se vincula con la estrategia como algo práctico. Se debe mostrar la relación entre la reflexión y una estrategia operante en el campo de batalla,  un campo en el que se enfrentan fuerzas reales en una guerra. El punto es precisamente que esta estrategia esta ausente. La producción 'estratégica' del Trotski cuartainternacionalista queda como reflexión. Queda entonces separado de la práctica."
Admitimos este eje como centro de la polémica, y comenzamos.

De campos de batalla, combates y estrategas, (o "el combate hace al estratega")

"El método es el combate" dice Clausewitz y, en esto, coincide con Lenin y Trotsky. A diferencia de la lógica general que aplica Santella, para nosotros es precisamente en los '30 que Trotsky consuma su plena estatura de estratega, desplegando combates políticos y teóricos que muestran su profunda inserción en la dinámica viva del proceso real de la lucha de clases y que contenían, de triunfar, la posibilidad de un curso alternativo al de profundas derrotas que minó al proletariado europeo y lo condujo hacia el fascismo y la guerra. La fundación de la IV en el '38 se inscribe no como aventura-desfasada sino como continuidad de este ciclo de combates previos, como resultado de sus lecciones estratégicas. La IV se fundó como apuesta preparatoria para empalmar cuando el nuevo ascenso de masas permitiera la reversión de las derrotas anteriores y el paso del proletariado a la ofensiva.
Santella quiere hacer de Trotsky un "pensador" situado "fuera de la práctica revolucionaria", pero el Trotsky de los '30 no sólo escribió nuevas páginas en el análisis marxista del Estado y del régimen burgués, sino que lo hizo internado en los combates centrales que definieron el destino del siglo. Por eso sus escritos sobre Alemania, Francia y España son verdaderos tratados de táctica y estrategia revolucionaria. A principios de los '30 en Alemania, ante el peligro inminente del fascismo, peleó por una política de frente único defensivo entre comunistas y socialdemócratas para dotar al proletariado de una orientación que le permitiera mantener posiciones, reagrupar fuerzas y estar en condiciones de pasar a la ofensiva cuando lo permitiera una nueva correlación de fuerzas. Su política combatió la criminal orientación del stalinismo que se negaba a la acción conjunta con la socialdemocracia (que dirigía millones de obreros) y desorientaba al proletariado al minimizar el peligro del fascismo igualándolo con la democracia; poniendo en primer lugar la necesidad de un frente único de masas defensivo, incluyendo la autodefensa militar contra las bandas fascistas y todo un programa de reivindicaciones transicionales (control obrero de la producción, abolición del secreto comercial, etc) para fortalecer al proletariado en la lucha por el poder (ver Trotsky, El frente único defensivo)
El propio Santella, que al final de su post hace una reivindicación de Gramsci (aunque, vale decir, sin precisar exactamente cual), debería reconocer que no hubo revolucionario que diera más peso que Trotsky a la defensa de las "trincheras" conquistadas por el proletariado en la sociedad civil como cuestión central en el combate contra el fascismo, una defensa "posicional" como pre-condición para preparar la futura "guerra de maniobra", como planteó en el año 32: “durante muchas décadas, dentro de la democracia burguesa, sirviéndose de ella y luchando contra ella, los obreros edificaron sus fortalezas, sus bases, sus reductos de democracia proletaria: sindicatos, partidos, clubes culturales, organizaciones deportivas, cooperativas, etc. El proletariado no puede llegar al poder en los marcos formales de la democracia burguesa. Sólo es posible por la vía revolucionaria, hecho demostrado por la teoría y por la experiencia. Pero, para saltar a la etapa revolucionaria, el proletariado necesita apoyarse imprescindiblemente en la democracia obrera dentro del Estado burgués. (…) El fascismo tiene por función esencial y única extirpar de raíz todas las instituciones de la democracia proletaria. ¿Tiene o no este hecho una ‘importancia de clase’ para el proletariado? (...) El punto de partida de la lucha contra el fascismo no es la abstracción del Estado democrático, sino las organizaciones vivientes del proletariado en las que está concentrada toda su experiencia (…)" (Trotsky, ¿Y ahora?)
Precisamente porque Trotsky no analiza "sociológicamente" sino como estratega revolucionario, en Alemania planteó la forma defensiva de lucha no como un fin en sí mismo sino como una premisa para preparar las condiciones de la lucha ofensiva por el poder proletario, "La lucha defensiva consistía en el mantenimiento de las posiciones ventajosas en el teatro de operaciones como forma de preparación para las batallas decisivas, donde necesariamente el proletariado debería pasar al ataque. De la habilidad estratégica para lograr este objetivo dependía la fortaleza táctica a la hora de los grandes combates."  (Ver Emilio Albamonte , Matías Maiello: "Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en 'occidente'") Como todos sabemos, esta perspectiva fue obturada por la nefasta política del stalinismo que abrió camino al ascenso del fascismo, pero ¿qué opina Santella sobre estos combates políticos de Trotsky? ¿Estaba o no a la orden del día la pelea por el frente único en Alemania? ¿Acaso podría sostenerse la imagen de un Trotsky teórico, aislado de la realidad, cuando encabezó la lucha por una política alternativa a la del stalinismo y peleó a brazo partido por la construcción de las corrientes que, aunque en minoría, dieron carnadura a esta lucha como la Oposición de Izquierda alemana? Si esta política triunfaba, era otro el destino de Europa y el mundo en su conjunto, porque la extensión de la revolución proletaria era la única perspectiva de evitar la guerra imperialista, lo que muestra que la estrategia de Trotsky tenía un profundo clivaje en las tendencias reales.
Más adelante, con el frente popular en Francia y España, al que vio como "la cuestión principal de la estrategia de clase proletaria de nuestra época" (Trotsky, A donde va Francia),  Trotsky volvería a manifestar su altura de estratega, planteando una política para combatir la colaboración de clases que impulsaba la burguesía como intento de contener la revolución proletaria. En el caso de Francia, donde en el '35-'36 había concentrado su atención por considerar que allí podía producirse un cambio de la correlación de fuerzas en Europa, Trotsky desenmascaró que el Frente Popular era, desde el punto de vista de la estrategia marxista, lo contrario a la táctica de frente único entendida en sentido revolucionario: “La regla del bolchevismo en lo que hace a los bloques era la siguiente: ¡Marchar separados, golpear juntos! La regla de los jefes actuales de la Internacional Comunista es: Marchar juntos para ser golpeados por separado”. (Trotsky, A donde va Francia), ya que conducía a “frenar el movimiento de masas orientándolo hacia la colaboración de clases… hoy que las masas están impacien­tes y listas a explotar, se ha hecho necesario un freno más sólido, con la participación de los ‘comunistas’… [es] una válvula de seguridad del régimen contra el movimiento de masas”. (Trotsky, A donde va Francia)



Pero no sólo se ubicó desde las coordenadas de la estrategia revolucionaria condenando al Frente Popular como una política de colaboración de clases, que desarmaba al proletariado en el marco del ascenso de las tendencias fascistas,  sino que lo hizo buscando permanentemente el dialogo con las masas y las vías para la emergencia de su actividad revolucionaria, planteando como programa el impulso a los comités de acción que se desarrollaban producto del ascenso huelguístico. Los comités de acción podrían para Trotsky operar el pasaje de la lucha defensiva de las masas a su lucha ofensiva por el poder, superando la política de sus direcciones embarcadas en el Frente Popular: "Tareas tales como la creación de la milicia obrera, el armamento de los obreros, la preparación de la huelga general, quedarán en el papel, Si la propia masa no se empeña en la lucha, por medio de sus órganos responsables. Solo esos comités de acción surgidos de la lucha pueden asegurar la verdadera milicia, contando no ya con miles, sino con decenas de miles de combatientes. Nadie sino los comités de acción, abarcando los centros principales del país, podrá elegir el momento de pasar a métodos más decididos de lucha, cuya dirección les pertenecerá de pleno derecho". (Trotsky, Frente popular y comitésde acción)
Tanto en Francia como en España, donde la política del stalinismo bloqueó la última oportunidad de conquistar un triunfo revolucionario capaz de revertir el camino hacia la guerra, Trotsky combinó una política de denuncia del carácter conciliador del Frente Popular con la búsqueda de las vías para la acción independiente de las masas, jugando las reivindicaciones democráticas un rol central en la movilización de éstas. Así, buscó fortalecer la lucha políticamente independiente de las masas contra el fascismo, única forma de combatirlo, intentando aprovechar audazmente cada coyuntura que posibilitara su fortalecimiento y planteara la perspectiva del paso a la ofensiva estratégica del proletariado en la lucha por el poder.
En España, por ejemplo, detectó esa “coyuntura estratégica” en mayo del ‘37: “Si el proletariado de Cataluña se hubiera apoderado del poder en mayo de 1937, hubiera encontrado el apoyo de toda España. La reacción burguesa estalinista no hubiera encontrado ni siquiera dos regimientos para aplastar a los obreros catalanes. En el territorio ocupado por Franco, no sólo los obreros, sino incluso, los campesinos, se hubieran colocado del lado de los obreros de la Cataluña proletaria, hubieran aislado al ejército fascista, introduciendo en él una irresistible disgregación. En tales condiciones, es dudoso que algún gobierno extranjero se hubiera arriesgado a lanzar sus regimientos sobre el ardiente suelo de España. La intervención hubiera sido materialmente imposible, o por lo menos peligrosa. (…) en toda insurrección existe un elemento imprevisto y arriesgado, pero todo el curso ulterior de los acontecimientos ha demostrado que, incluso en caso de derrota, la situación del proletariado español hubiera sido incomparablemente más favorable que la actual, sin tener en cuenta que el partido revolucionario habría asegurado su porvenir para siempre” (Trotsky, León, la verificaciónde las ideas y de los individuos a través de la experiencia de la revoluciónespañola)
Acá se ha analizado, alrededor de la revolución alemana de 1923 que, a diferencia de la difundida vulgarización de Trotsky como teórico de la “ofensiva permanente”, lo que distingue su pensamiento estratégico es situarse desde el combate, la lucha de clases, para combinar de manera dinámica las formas ofensivas y defensivas de lucha, incluso poniendo tácticamente a la defensiva a las fuerzas revolucionarias en momentos del paso a la ofensiva estratégica como la insurrección. Desde esta lógica propuso al POUM impulsar, junto con la izquierda de la CNT, la constitución de un gobierno obrero en Cataluña “como 'bastión revolucionario' para a partir de su defensa desarrollar la revolución a escala nacional, para alzar desde allí el programa de nacionalización de la tierra y su entrega a los campesinos en todo el territorio español, de la liberación de Marruecos, cuya opresión permitía que Franco lo utilizase como base operaciones, etc. En síntesis, levantar las demandas que el programa del Frente Popular había negado explícitamente para desatar las fuerzas revolucionarias que éste se proponía contener. Sin embargo, el POUM reafirmó su política de 'traición al proletariado en provecho de la alianza con la burguesía' que venía criticando Trotsky desde el año anterior" (Ver Emilio Albamonte , Matías Maiello: "Trotsky yGramsci: debates de estrategia sobre la revolución en 'occidente'")
¿Qué opina Santella de estas grandes lecciones de táctica y estrategia revolucionaria? ¿Había que entrar al Frente Popular en España y Francia? ¿Estaba a la orden del día la insurrección en Cataluña en el '37 como bastión desde el cual extender la revolución a escala nacional?
No podemos discutir con el "Trotsky de los 30" recuperando sólo sus brillantes análisis de los distintos regímenes del Estado capitalista, precisamente porque éstos estuvieron puestos al servicio de precisar en cada coyuntura la táctica a desarrollar en función de la estrategia de la conquista del poder por el proletariado.  Ni el triunfo del fascismo en Alemania, ni el freno del ascenso revolucionario francés ni el triunfo de la contrarrevolución fascista en España eran inevitables de antemano. Trotsky alzó en cada caso un programa para el desarrollo de la revolución proletaria, partiendo de las condiciones específicas de lucha en cada coyuntura.

Una vez más sobre la fundación de la IV, el optimismo estratégico de Trotsky y el fatalismo político de Santella

Dice Santella "Mi proposición acerca de un marxismo aislado en Trotski específicamente se sitúa en la tesis sobre el error de la fundación de la Cuarta internacional". Ahora bien, como en política no existe "el vacío", obligadamente tenemos que preguntarnos ¿opina entonces Santella que Trotsky, en lugar de impulsar la fundación de la IV internacional en base a estas grandes lecciones estratégicas de la álgida lucha de clases, debía permanecer en la III Internacional de los "mariscales de la derrota"? ¿Debía Trotsky permanecer en la III Internacional responsable del ascenso del fascismo, de la derrota de la revolución española, embarcada en la política de los Frentes Populares que preparó el camino a la guerra prefigurando la "unión sagrada" con la burguesía? Si la apuesta por la IV es históricamente invalida por que no se hizo de masas, entonces para Santella no existía otra posibilidad más que permanecer adentro de la IC que siguió siendo dirección de las masas pese a su política contrarrevolucionaria.
Es que en su análisis, Santella directamente liquida la posibilidad de "pelear a la defensiva", haciendo del resultado una fatalidad histórica que lo confirma como situación sin salida. El correlato político de esta lógica, que lleva a hacer fetiche de las direcciones de las masas en tanto tales, es la adaptación política y estratégica a estas. Contrario al método de los fatalistas políticos, Trotsky con la IV hizo una apuesta estratégica para desarrollar una de las posibilidades/potencialidades inscriptas en la situación. Si se impuso la estrategia del stalinismo que obturó estas posibilidades, bloqueando el triunfo de la revolución en Italia, Grecia y Francia a la salida de la guerra y negociando con el imperialismo el orden de posguerra, esto de ninguna manera daba por liquidadas las posibilidades de luchar por una estrategia y un curso alternativo de antemano.
La IV fue de alguna manera una "defensa activa" para prepararse para pasar a la ofensiva cuando la situación general lo permitiese, y efectivamente el pronóstico demostró su anclaje en las tendencias reales una vez que, tal como planteó Trotsky, la guerra motorizó el ascenso revolucionario. Si no se pudo derrotar el verdugo stalinista que bloqueó la extensión de la IV, esto no nirgs ni las posibilidades contenidas por la situación ni la necesidad estratégica de la IV, ya que "la estrategia no puede suspender su trabajo", ni aún en los momentos más adversos como la medianoche del siglo del fascismo y el stalinismo.
Para terminar, nos preguntamos ¿puede reformularse una izquierda del Siglo XXI sin un balance del fenómeno más aberrante del Siglo XX en el movimiento obrero como fue el stalinismo y de las vías para combatirlo? Esperamos que continúe el debate.

viernes, 1 de febrero de 2013

Trotsky y "el marxismo occidental". Un debate con Agustín Santella



                                           

  " Kote Tsintsadze, antiguo bolchevique, preso en los campos de concentración de José Stalin, envía, a León Davidovich Trotsky, en el papel que utilizaban los detenidos para armar cigarrillos, la siguiente misiva: 'Muchos, muchísimos de nuestros amigos y de la gente cercana a nosotros, tendrán que terminar sus vidas en la cárcel o la deportación. Con todo, en última instancia, esto será un enriquecimiento de la historia revolucionaria: una nueva generación aprenderá la lección" (en Andrés Rivera, "La revolución es un sueño eterno")

Paula Schaller



En un post reciente, Agustín Santella, haciendo una particular relectura de "Consideraciones sobre el marxismo occidental" de Perry Anderson, plantea que "el" Trotsky  "fundador de la IV internacional" debe ser considerado como parte de los marxistas occidentales. Nos dice "Los rasgos del marxismo clásico evolucionaron hasta el último Trotski en cierta consonancia, o por lo menos en cierto campo de la práctica política de la clase obrera. En cambio la cristalización en la IV internacional viene a romper el criterio central de la unidad entre teoría y práctica. Es un hecho sobresaliente que, a diferencia de la historia de las internacionales anteriores, la IV se funde en 1938 en el aislamiento completo respecto de la práctica organizada de la clase obrera. Este contexto social objetivo informa las tesis de sus documentos fundacionales. La relación entre la teoría (programa) y la práctica (organización, acción) de la clase obrera se rompe en la IV internacional. En su autorepresentación, la IV se erige en la síntesis de la tradición histórica del movimiento obrero desde 1850. Esto da a lugar a la afirmación de que el partido revolucionario se funda sobre la base de una experiencia sintetizada en el programa transicional (...) Arribamos a la conclusión de que el último Trotski se asemeja a los marxistas occidentales en cuanto trabaja en el aislamiento político. Pero también con esto contradecimos a Anderson, quien ve en los trotskistas a los últimos marxistas clásicos, quienes intentaron 'mantener la unidad marxista entre la teoría y la práctica'". 

Recordemos que Anderson define las coordenadas del marxismo occidental como un marxismo surgido de la derrota y de la posterior ausencia de revolución, que quiebra la relación orgánica estructural entre teoría y práctica política para refugiarse en el ámbito académico o de los distintos aparatos culturales animados por los partidos stalinistas que se hicieron de masas en la segunda posguerra. Es un marxismo centrado en la reflexión sobre las superestructuras culturales, la estética, etc., pero abandonando la unidad orgánica con la lucha de clases y la reflexión sobre los problemas relativos a la toma del poder por el proletariado. No es el "aislamiento político" (en el caso de Trotsky, impuesto por la represión de la burocracia stalinista, vale decir) lo que caracteriza al "marxismo occidental" para Anderson sino el abandono de la reflexión estratégica, de los grandes problemas relativos a las condiciones de la lucha por el poder. La operación de identificar el marxismo de Trotsky con este "marxismo de la derrota", por el hecho de que la IV permaneció en el estadio de grupos de propaganda y no se hizo una internacional de masas, resulta insostenible. Así como en nuestro país se terminó imponiendo entre la intelectualidad una apropiación socialdemocratizada del pensamiento gramsciano, haciendo una lectura reformista de éste donde la guerra de posición se presenta en términos de una estrategia gradualista de conquista del poder, Santella intenta negar la validez del pensamiento de Trotsky y el programa de la IV internacional como herramientas para la acción política presente. Para esto, recurre a una caricaturización de Trotsky donde éste, estando confinado, habría perdido su talla de estratega y se habría dedicado a empresas políticas marginales que no hicieron más que divorciar su pensamiento de la acción política. 

Pero si la aquella es una operación que requiere forzar la lectura de la obra de Gramsci, ésta última se plantea como prácticamente imposible si tenemos en cuenta que, aun considerando exclusivamente el período de fines de los años '30 en el que Trotsky para Santella habría trasmutado de "marxista clásico" a "occidental", éste representaba para la burguesía imperialista el espectro de la revolución. Es conocida aquella conversación del año ‘39 entre Hitler y el embajador francés Coulondre, donde éste le plantea el temor a que, como consecuencia de la guerra, "Trotsky sea el ganador", refiriéndose con esto a una perspectiva revolucionaria por parte de las masas. Lo mismo veía en el pensamiento y la acción política de Trotsky la burocracia stalinista, que lo mandó a asesinar en el ‘40 no precisamente por hacer el inofensivo marxismo "escindido de la práctica" que se figura Santella. 


El "marxismo estratégico" de Trotsky


Trotsky intervino en uno de los momentos más convulsivos del s XX, que si de conjunto fue para Hobsbawm el "siglo de los extremos", concentró en las décadas del 30-40 la dialéctica de crisis, guerras y revoluciones connatural a la época imperialista, donde estaba en el centro de la reflexión teórico-política la perspectiva de grandes batallas de clases. Trotsky fue, en pleno choque entre las tendencias a la revolución y la contrarrevolución, un estratega del proletariado, y su marxismo fue un marxismo estratégico, en el sentido de que el centro de su reflexión teórico-política estaba enfocado en las vías para la toma del poder por el proletariado. A diferencia de la primera generación de marxistas clásicos como Marx y Engels, o la segunda generación de Kautsky, Mehring, Plejanov, Labriola, etc., el marxismo de Trotsky, Lenin y Luxemburgo se caracterizó precisamente por asimilar la dialéctica de una nueva época que generalizaba las premisas para la revolución proletaria. Es decir que no sólo su marxismo está "unido a la práctica", como también lo estaba el de Marx y Engels y el de los teóricos de la II Internacional, sino que elevó a un nuevo nivel esa fusión, expresada en la unión entre la ciencia del marxismo con el "arte" de la estrategia: “Todavía hay una cuestión más importante. Aprender el arte de luchar. No puede aprenderse el arte de la táctica y la estrategia, el arte de la lucha revolucionaria, más que por la experiencia, por la crítica y la autocrítica” (“Una escuela de estrategia revolucionaria”). Así lo plantea Brossat: “El horizonte político de Lenin y Trotsky se encuentra pues, inmediatamente determinado por la perspectiva de la actualidad de la revolución proletaria (...) Mientras ellos tenían que responder a todos los problemas estratégicos y tácticos, teóricos y prácticos, políticos y organizativos que plantea la perspectiva inmediata de la revolución, Marx y Engels sólo se enfrentaban a sus premisas, jalonadas por la sucesión de ofensivas y derrotas del proletariado europeo”. ("En los orígenes de la revolución permanente").   

Esto explica que Trotsky haya podido formular la más lúcida teoría de la revolución para la época imperialista, aplicando a las relaciones económicas y políticas la ley del desarrollo desigual y combinado para establecer la posibilidad de que la revolución proletaria se dé en un país de desarrollo capitalista atrasado antes de triunfar en el centro capitalista. Pero como la Teoría de la Revolución Permanente no es una mera sociología sino, como bien dice Brossat, "una teoría del sujeto", y por ende inescindible del factor consciente organizado en partido revolucionario, el marxismo de Trotsky es inescindible de su actividad práctica por la construcción de una dirección revolucionaria del proletariado. Si algo distinguió su marxismo fue que supo "hablar en el lenguaje de la época", distinción que el mismo explica al analizar el tránsito de la II a la III internacional: "Entendemos por táctica en política, por analogía con la ciencia bélica, el arte de conducir las operaciones aisladas, y por estrategia el arte de vencer, es decir, de apoderarse del mando. Antes de la guerra, en la época de la segunda internacional, no hacíamos estas distinciones, nos limitábamos al concepto de la táctica socialdemócrata; y no obedece al azar nuestra actitud, la socialdemocracia tenía una táctica parlamentaria, una táctica sindical, una municipal, una cooperativa, etc. En la época de la segunda internacional no se planteaba la cuestión de la combinación con todas las fuerzas y recursos de todas las armas para obtener la victoria sobre el enemigo, porque aquella no se asignaba prácticamente la misión de luchar por el poder”. Trotsky fue uno de los más brillantes exponentes de esa Tercera Internacional que, en sus palabras, "restableció los plenos derechos a la estrategia revolucionaria del comunismo". ("Stalin. El gran organizador de derrotas"


La dialéctica de la relación objetivo-subjetivo.  


El análisis de Santella abreva en la tesis sostenida entre otros por IsaacDeutscher o el menos conocido I. Craipeau de que la fundación de la IV Internacional en el '38 habría sido una empresa voluntarista por estar los oposicionistas aislados del movimiento de masas y darse en un marco en el que primaban las derrotas que allanaron el camino a la Segunda Guerra Mundial. Más específicamente, Santella parece moverse en las coordenadas de la crítica teórica formulada por Deutscher, que señalaba que el marxismo de Trotsky sufrió un quiebre con el exilio que lo llevó a la ruptura de relaciones intelectuales con sus pares, aislando su pensamiento. 

Otros, como Jean Baechler, realizaron análisis más sofisticados, haciendo eje en la "tensión intrínseca" del marxismo entre el "determinismo fatalista" y el "subjetivismo voluntarista", señalando que en el pensamiento de Trotsky este equilibrio se mantuvo durante los períodos de ascenso de la revolución, pero fue mucho más inestable en los últimos años veinte, rompiéndose de forma definitiva en los treinta. Así, "aunque Trotsky habría conservado su extraordinaria capacidad como analista crítico de la realidad objetiva, perdió definitivamente su talla como político y fue víctima de un voluntarismo utópico: de la esperanza absurda de que un par de cientos de personas, inspiradas en sus ideas, conseguirían llegar a cambiar el curso de la historia". (Ver  "El pensamiento de León Trotsky"

Pero, como bien destaca Mandel, "lo que inicialmente aparecía como dos polos opuestos que desgarran al marxismo (“el determinismo fatalista”, “el subjetivismo voluntarista”) se integra crecientemente en una unidad superior (unidad-y-lucha, unidad-y-contradicción, si se quiere) entre el análisis teórico objetivo y la praxis revolucionaria. Sin teoría científica, la praxis revolucionaria está condenada a la inefectividad de la utopía: la realidad no puede ser transformada de forma consciente a menos que sea comprendida en toda su profundidad. Pero sin praxis revolucionaria, la teoría científica se hace más y más estéril en un doble sentido: tiende a la observación pasiva, y al hacerlo así escapa al criterio último de la verdad, la verificación práctica". (Mandel, "El pensamiento de León Trotsky") 

Ahora bien, precisamente la época imperialista, donde el capitalismo ha pasado a ser un sistema "reaccionario en toda la línea", permite una nueva relación entre lo objetivo y lo subjetivo, donde objetivamente están maduras las premisas para la revolución proletaria y el factor subjetivo pasa a ser la clave del proceso histórico, lo cual, desde ya, no quiere decir que haya una inminencia absoluta de la revolución:  “El carácter de la época no consiste en que permite realizar la revolución, es decir, apoderarse del poder a cada momento, sino en sus profundas y bruscas oscilaciones en sus transiciones frecuentes y brutales (...)  “si no se comprende de una manera amplia, generalizada, dialéctica, que la actual es una época de cambios bruscos, no es posible educar verdaderamente a los jóvenes partidos, dirigir juiciosamente desde el punto de vista estratégico la lucha de clases, combinar exactamente sus procedimientos tácticos ni, sobre todo, cambiar de armas brusca, resuelta, audazmente ante cada nueva situación.” (Trotsky, “Stalin, el gran organizador de derrotas”). 


Ni subjetivismo voluntarista ni fatalismo político.


Y esto nos conduce al problema de fondo: ¿Fue un acto de mero voluntarismo político-organizativo, carente de fundamentos objetivos, la fundación de la IV Internacional?

En un sentido general, todas las internacionales surgieron al calor de procesos de recomposición subjetivos del movimiento obrero y expresaron sus distintos niveles de desarrollo a lo largo de su experiencia histórica; cuestión que a su manera toma Novack cuando, recogiendo las definiciones de Trotsky y Lenin, define a la Iª Internacional como la "Internacional de la anticipación", a la IIª como la "Internacional de la organización" y a la IIIª como la "Internacional de la acción". ("La Primera y Segunda Internacionales") La Iª surgió al calor de la crisis capitalista de 1857, en el marco de un despertar político de la clase obrera francesa e inglesa en la lucha por la conquista de sus derechos políticos y sindicales, y de hecho "murió", aunque formalmente lo haría más tarde, tras la derrota de la Comuna de París; la IIª surgió, en un marco general de ascenso capitalista, al calor del vigoroso desarrollo del movimiento sindical y la socialdemocracia en Alemania en particular y en Europa en general; la IIIª surgió al calor del ascenso revolucionario de la primera posguerra, apoyada sobre la fortaleza del naciente estado proletario ruso, y aunque sería liquidada por Stalin en el ‘43, políticamente se había convertido en un factor de retraso y derrota de la revolución mundial ya desde la década anterior. En síntesis, cada internacional nació ligada a fenómenos de masas en el movimiento obrero.

La IVª se fundó en el marco de un retroceso subjetivo de la vanguardia revolucionaria (brutalmente golpeada por la persecución stalinista que ya había ejecutado los Juicios de Moscú) y de duras derrotas del proletariado mundial (ascenso del fascismo en Alemania, derrota de la revolución española, etc.) que habían revelado por la negativa la importancia crítica de la dirección en momentos de aguda lucha de clases. Trotsky era perfectamente consciente del peso político de estas derrotas, y basta ver sus elaboraciones sobre Alemania, Francia o España a lo largo de los '30 para comprobar que él más que nadie insistió en que allanaban el camino a la burguesía imperialista para arrastrar a las masas a la carnicería de la Segunda Guerra Mundial. El fundamento para la creación de la IV en una coyuntura tan desfavorable estaba en las perspectivas revolucionarias que Trotsky preveía (y que la historia posterior confirmó) que desataría la guerra, lo cual hacía necesario forjar un armazón teórico-político-programático, expresado en partidos y en cuadros sólidos que pudiesen empalmar con lo más avanzado que dieran estos ascensos para conducirlos al triunfo de la revolución proletaria. El punto es que, a diferencia de los fatalistas, Trotsky no vio en estas derrotas una regresión definitiva, sino que, basado en el análisis de las condiciones objetivas que empujarían nuevamente a las masas a la acción, planteó la posibilidad de su reversión. 

Dice Trotsky "los escépticos se preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear 'artificialmente' una internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc... La IV Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las grandes derrotas que el proletariado registra en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La III Internacional, después de la II, ha muerto para la revolución. Viva la IV Internacional!" ("El Programa de Transición") 

Y es que, tal como dice Mandel, "para facilitar el surgimiento de esta nueva vanguardia y de esta nueva dirección, era necesario defender la continuidad programática del comunismo, que el estalinismo amenazaba con destruir completamente. Una continuidad que no podía asegurarse solamente con libros, panfletos o artículos, que tenía que encarnarse en una nueva generación de cuadros y militantes". ("El pensamiento de León Trotsky") 

Y éste es un aspecto central que la lógica de Santella directamente niega como problema, que es la cuestión de cómo sostener la continuidad histórica de un programa y una tradición en momentos de reacción. Desde su óptica, esta posibilidad está excluida porque en momentos de retroceso político e ideológico, donde la actividad de los revolucionarios no empalma con el movimiento de masas, el "aislamiento" es sinónimo de alejamiento de los principales problemas políticos de la hora.  

Pero entonces, nos preguntamos si acaso estuvieron alejados de las necesidades políticas los "aislados" participantes de las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal que, ante la traición de la Segunda Internacional apoyando la guerra imperialista, formaron un reducido grupo de revolucionarios internacionalistas que, al decir de Lenin, "cabían en un sillón". Estas conferencias forjaron contra la corriente la continuidad del programa del marxismo revolucionario, sobre cuyos hombros se alzó la Tercera Internacional.  

Pese a que el pronóstico de Trotsky para la posguerra se demostró acertado sólo parcialmente, en lo relativo al ascenso revolucionario que desató la guerra, pero equivocado en cuanto a que la IVª se haría de masas ante la debacle de la burocracia soviética, estratégicamente, la tarea de la IV Internacional fue de una enorme envergadura histórica que se correspondió con las tareas de la hora y que aún hoy condensa la continuidad del programa del marxismo revolucionario.

jueves, 31 de enero de 2013

La izquierda independiente y ese obscuro objeto del estado




Eduardo Castilla

Recientemente se conocieron las declaraciones públicas que anuncian divisiones en el seno de la izquierda independiente en función de la participación en las elecciones. Sobre esta cuestión salió a la luz, hace pocos días, este artículo de Aldo Casas. Además se puede leer algo sobre el mismo tema en este otro artículo, publicado por Claudio Katz, y del cual el amigo Fernando Rosso, hace una buena crítica en este post.
Aquí vamos a debatir con aspectos del artículo de Casas publicado en la revista Herramienta. Lo “novedoso” del artículo radica en el intento de teorizar sobre el estado, redefiniendo además, de manera radical lo político. Si durante la década que pasó, el estado fue una palabra maldita para gran parte de la izquierda independiente ahora, ante lo que parece ser una estancamiento político, el giro hacia la participación electoral se hace modificando los argumentos teóricos del ayer. A pesar de que se aclara al pasar que “construir poder popular no tiene nada que ver con dar la espalda al Estado”, en la nueva formulación, el estado se convierte en “terreno en disputa” por parte de las clases populares. 

El estado “en disputa”

Tratando de sembrar una nueva idea, dice Aldo Casas “El orden del capital es indisociable del Estado como estructura política de mando, que asegura su reproducción y evita que las contradicciones y antagonismos lo hagan estallar. Pero el Estado no es una cosa ni se reduce a un aparato de Gobierno. No es un artefacto externo a la sociedad. El Estado es una forma de relación social o, mejor dicho, un proceso relacional, dinámico, que se teje en interacciones recíprocas de los seres humanos, que se realiza en el conflicto y en cuya configuración participan también las clases subalternas” (resaltado del autor)
Esta definición deja más preguntas abiertas que certezas. ¿Qué quiere decir exactamente que las clases subalternas “participan” de la configuración del estado? La definición en sí misma es abstracta. Suponemos que no se está reivindicando aquí el mecanismo del sufragio que, a lo sumo, puede permitir un “recuento globular de fuerzas” (Engels) o la conquista de posiciones parlamentarias que sirvan para “llamar a la movilización extraparlamentaria” (Lenin) ¿o sí?
Que la burguesía puede cambiar su régimen de dominación, alterando las formas políticas, por ejemplo, pasando de un régimen democrático-burgués a una dictadura policial o militar y viceversa, para frenar un ascenso de masas, es un dato ineludible de la historia. De hecho, es lo ocurrido en Argentina entre 1973 y 1976 cuando la dictadura de la llamada Revolución Argentina es suplantada por el tercer gobierno peronista y luego éste, a su vez, por la dictadura genocida de Videla. Esa sucesión de regímenes obedece a la imposibilidad de frenar el ascenso revolucionario abierto a partir del Cordobazo. El mismo kirchnerismo como expresión particular del régimen democrático burgués tiene su origen en una acción del movimiento de masas como fueron las Jornadas de Diciembre del 2001. No como su expresión directa, sino como su negación en función de la reconstitución del régimen burgués como se explicó acá.
Como lo señaló Trotsky, en términos históricos “La burguesía creó y destruyó toda suerte de regímenes. Se desenvolvía en la época del más puro absolutismo, de la monarquía constitucional, de la monarquía parlamentaria, de la república democrática, de la dictadura bonapartista, del estado ligado a la iglesia católica, del estado ligado a la Reforma, del estado separado de la iglesia, del estado persecutor de la iglesia, etc. Toda esta experiencia, de lo más rica y variada, que penetró en la sangre y en la médula de los medios dirigentes de la burguesía, le sirve hoy para conservar a todo precio su poder. Y se mueve con tanta mayor inteligencia, finura y crueldad cuanto mayores peligros reconocen sus dirigentes”.
Pero en la forma que lo plantea Aldo Casas, parece referirse a la actividad cotidiana de las clases subalternas, no a grandes procesos revolucionarios o acciones históricamente independientes de las masas. De hecho, el artículo continúa en ese sentido, diciendo “la política está relacionada con esa cualidad humana que es la capacidad de actuar para construir las normas que regulan la convivencia”. Pero precisamente, en la construcción de las “normas de convivencia” el estado cumple un papel abiertamente coercitivo hacia las masas populares. La clase dominante tiene en sus manos la potestad de dictar las leyes, reformar los códigos (Penal, Civil, etc.) y utilizar el aparato represivo en función de regular su aplicación y continuidad.
Bajo el régimen de la democracia burguesa, el conjunto de las decisiones que hacen a la vida estatal en su conjunto, las toma una minoría y se concentran en las manos del poder ejecutivo del estado. Incluso el parlamento mismo es, como decía Lenin, un lugar donde se juntan a charlar para engañar al pueblo mientras las verdaderas decisiones se toman en el poder ejecutivo. Los intentos de “participación popular” en el estado terminaron en estrepitosos fracasos porque su única posibilidad era administrar y decidir sobre las migajas que el estado capitalista dejaba, una vez deducidas las partidas principales. Así, en lo cotidiano, no hay una construcción común de las “normas de convivencia”, sino imposición desde el vértice superior del aparato del estado.
Pero volvamos al argumento de Casas. ¿Qué significa que el estado se teje en interacciones recíprocas de los seres humanos? ¿De qué clase de reciprocidad estamos hablando? ¿Y de qué clase de interacciones? Las interacciones más comunes existentes entre las clases dominantes y el conjunto del pueblo trabajador están ligadas a la explotación y la opresión en sus múltiples y disímiles formas. Sobre esas bases, que tiene un punto nodal en la búsqueda del lucro capitalista, se constituyen las relaciones entre las clases. El conjunto del aparato estatal está destinado a perpetuar esa “estructura de interacciones”.
La historia demuestra que la “influencia” de las clases subalternas sobre el estado sólo puede ser el resultado de verdaderos procesos de masas que obliguen a la burguesía a cambiar el régimen de conjunto o modificar aspectos sustanciales en función de una amenaza severa a su dominio. Esto no implica que el estado y los gobiernos no puedan dar concesiones progresivas parciales, pero las mismas tienen la función de desactivar la actividad independiente de las masas o adquirir algún tipo de prestigio, aprovechando las demandas de sectores explotados y oprimidos. Leyes como la del Matrimonio Igualitario son importantes conquistas, pero presentarlas como un “aporte” de las masas a la configuración del estado, implica embellecer un conjunto de instituciones que, mientras otorgan estas conquistas parciales, siguen legislando en lo esencial al servicio de la clase dominante.

Política y economía (y la relación entre ambas)

Dice Casas “Habiendo bajado del pedestal “metafísico” en que suele colocarse al Estado, podemos intentar una redefinición radical de lo político (…) La política está relacionada con esa cualidad humana que es la capacidad de actuar para construir las normas que regulan la convivencia. Así como hay actividades orientadas a la reproducción material de la vida y la satisfacción de necesidades, la política es el ámbito de la confrontación activa en el que se decide cómo organizamos –y no sólo “ellos”, la clase dominante, sino también nosotros- la vida colectiva”
Esta parece ser una “redefinición radical” pero en relación al marxismo, ya que se insinúa una discontinuidad entre política y economía, propia de una definición liberal. Los términos “confrontación activa” sólo cumplen el papel de atenuar esa discontinuidad. Esa “confrontación” debe ser concretada histórica y socialmente, porque las “actividades orientadas a la satisfacción de las necesidades” se hacen en un modo de producción determinado, bajo ciertas formas de propiedad, lo que define el carácter concreto de la confrontación. Bajo el capitalismo, los intereses que emergen en la “esfera de las necesidades” tienen un carácter antagónico y desembocan en la lucha de clases. Cuando esta pelea asume un carácter generalizado, entra en el “terreno de la política”. León Trotsky señalaba que “cuando las tareas, intereses y procesos económicos adquieren un carácter consciente y generalizado (es decir, "concentrado"), entran, en virtud de este mismo hecho, en la esfera de la política, y constituyen su esencia. En este sentido, la política como economía concentrada, surge de la actividad económica diaria, atomizada, inconsciente y no generalizada”. Es decir, desde un punto de vista marxista (materialista) la política como tal “sintetiza” contradicciones que se expresan en el plano económico y no pueden resolverse en el mismo.
Si estos intereses tienen carácter antagónico, las políticas que se deriven de los mismos, deberán tener el mismo carácter aunque éste no se manifieste de manera inmediata y directa. Precisamente porque la esfera política tiene una autonomía relativa en relación a la económica, ésta no se refleja de manera mecánica en aquella. Pero la definición abstracta que hace Casas, termina permitiendo una “libre movilidad” de la política, más allá de sus determinaciones materiales.  

La “transición socialista” dentro de la democracia capitalista

Precisamente esa indeterminación de la relación entre lo económico y político, le permite plantearse una serie de “tareas” de la construcción de una nueva sociedad, sin expropiar a los grandes capitalistas. Dice Casas que “la construcción del poder popular incluye prever y prepararse para el momento en que deba afrontarse un momento de ruptura radical con el Estado capitalista y asumir la incierta conformación de un Estado radicalmente diverso (…) Pero digo también que ninguna “ley” histórica o “principio” teórico impone creer que todo cambio revolucionario queda supeditado a ese momento (…) la Historia y la vida misma muestran que es posible y necesario desafiar desde ahora el orden del capital y poner en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social. El “Socialismo del siglo XXI” debe asumir que la revolución no consiste sólo en la expropiación del gran capital”
La “Historia” demuestra muchas cosas. En primer lugar que allí donde subsiste el gran capital, no hay ni rudimentos de socialismo. Los ejemplos de los estados de Venezuela y Bolivia, reivindicados abiertamente por la izquierda independiente son paradigmáticos. En Venezuela, la continuidad del llamado Socialismo del Siglo XXI, depende del ciclo vital de Hugo Chávez. En estos momentos de incertidumbre, todas las decisiones sobre la continuidad o no del régimen, se toman entre bastidores, por parte de dirigentes como Maduro y Diosdado Cabello sin que las masas ni las organizaciones populares tengan parte. En Bolivia, la discusión sobre la fundación de un Partido de Trabajadores impulsado por la COB, como se señala acá, expresa una oposición creciente del movimiento obrero al gobierno de Evo Morales que, por otra parte, también enfrentó la oposición de sectores campesinos en estos años. Así, donde aún subsiste el gran capital, a pesar del desarrollo de tipos de estado “modelos” para la izquierda independiente, “las clases subalternas” no tienen ningún papel en la “construcción” del mismo.  Sobre esta cuestión hemos escrito más ampliamente acá.
La “Historia” también demuestra que estas reivindicaciones de la “transición socialista” dentro de los marcos de la democracia capitalista, reaparecen cada tanto, con diversos ropajes políticos, pero con la misma lógica al fin. A fines de los 70’, en el exilio, José Aricó escribía que “transformar una sociedad capitalista en socialista no significa planificar la producción, quitarle los medios de producción a los burgueses para entregárselos al estado (…) el socialismo puede lograrse con el consenso, con la democracia, con el autogobierno de las masas” (pág. 277). Es decir, se trata de argumentos que tienen poco de novedosos.
En esta redefinición radical del estado y su papel, Casas y este sector de la izquierda independiente terminan coincidiendo con la llamada “izquierda” kirchnerista. Diego Tatián, en el último número del Ojo Mocho, escribe a propósito del estado que “más bien (hay que) lograr que su institución ininterrumpida sea contigua a la potencia instituyente de los movimientos civiles, sociales intelectuales, sexuales-siempre en plural-a los que reconoce como su causa inmanente; es decir lograr que sea mínima la distancia con esos movimientos” (pág. 38). Así, franjas de la izquierda independiente así como la “izquierda” kirchnerista terminan en una lógica de “disputar el estado” mientras se “amplían derechos” sin que esto obligue a luchar por liquidar el dominio del gran capital.
Lo que podría ser sólo una discusión teórica, tiene ya expresiones políticas concretas. Los limitados objetivos de la política electoral de Marea Popular están a la vista. Como se dice acá, se trata de un “discurso vacío con adornos bonitos” y nada más. Lo que pone en evidencia esta presentación es que los “argumentos” no van precisamente para la izquierda. La búsqueda de ocupar un lugar en ese obscuro objeto llamado estado, parece estar “confundiendo” a esta fracción de la izquierda independiente.