Se estrelló contra sus propias palabras. Sintió un filo cortante en la frente. Algo húmedo, espeso, deslizándose hacia los pómulos. La tristeza la invadió. No invadía sus recuerdos o sus sentimientos. Era un frío denso recorriendo su cuerpo. Tocando cada articulación. Caminándole la espalda y arañándole la planta de los pies.
- Hace tiempo no nos vemos.
Aquel rostro imperturbable le devolvió una gélida mirada. El maltrato adquirió forma monosilábica.
- Sí.
El tiempo había demacrado su rostro. Agrietado su frente, que ahora se extendía hacia arriba, abarcando porciones de lo que alguna vez, décadas atrás, oficio de frondosa cabellera.
Uno intentó lo imposible: el diálogo.
- ¿Cómo estás?
El rostro demacrado devolvió silencio. Ofreció, casi de inmediato, un “bien” que tenía el aire de una despedida. Aquel hombre, recuerdo olvidado de un vínculo, no deseaba hablar.
En gran medida no tenía porque hacerlo. La voz que lo interpelaba era un recuerdo. Uno más de tantos que había apilado por décadas en ese cuerpo que se iba empequeñeciendo al ritmo de la muerte.
Hijo no deseado. Hijo, también, que no fue. No se debían palabras ni conversaciones. Los unía un hilo de sangre. Un lazo impuesto por la tiránica biología. El resto era un inmenso vacío. Un espacio sin nada, construido por la ausencia durante décadas.
El rostro demacrado intentó, sin embargo, una explicación.
- Me tengo que ir.
El hijo que no fue ni podía ser respondió la despedida. Un gesto apenas perceptible de asentimiento. Un sí que no era un sí.
Espalda contra espalda, caminaron en direcciones opuestas. El hombre que moría hacia la nada. El otro, más joven, marchó con la frente ensangrentada por sus propias palabras. Nada los unía. Como siempre.

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