Se encerró en su cuarto a reverberar sonidos. Los masculló, sintiendo cada sílaba en los dientes, apenas adelante de la lengua. Atornilló cada idea a una palabra. Cada palabra a un recuerdo. Cada recuerdo a una etapa de la vida. Sentía, en el latido de la sien -en cada latido- que algo volvía desde el pasado para recordarle que no era nadie a la vez que era él. No supo nunca qué era. Sintió muchas veces que los conceptos no definían sino equívocos. Que solo venían al mundo a calibrar aquello imposible de ser medido. Añoró los besos maternos y los silencios serranos. Eligió un recuerdo entre otros y lo caminó en todas las direcciones. En sus pies frotaba el pasto seco de un parque infantil. Vio la tierra, también seca, que arañaba los juegos descascarados y descoloridos. Herrumbrados, necesariamente, en esa intemperie bucólica.
Cada camino recorrido es un manojo infinito de negaciones. Un rastro imborrable de ausencias, silencios y palabras erróneas. Un destino que fue no siendo.
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