jueves, 6 de septiembre de 2012

Reseña crítica del libro De la Revolución Libertadora al Cordobazo (1º parte. La violencia política)




Eduardo Castilla
 
El libro De la Revolución Libertadora al Cordobazo, de reciente aparición y escrito por el intelectual cordobés César Tcach, aporta una serie de datos muy relevantes que permiten recorrer la historia de la provincia en años de importantes transiciones y cambios no sólo en Córdoba sino en todo el país.
A grandes rasgos, el libro se centra en dos aspectos. Por un lado mostrar los elementos anticipatorios de los hechos de Córdoba en relación a lo que vendría a nivel nacional. De allí el subtítulo del libro “el rostro anticipado del país”. En segundo lugar, dar un marco contextual de lo que denomina la “constitución de un proceso de normalidad violenta” en la cultura política de la provincia.
Más allá de estos objetivos del autor, el libro, por momentos, cae en una descripción demasiado exhaustiva de los acontecimientos y en una abundancia de información sobre dichos y hechos parciales que lleva a desdibujar las principales discusiones planteadas, no llegando más que parcialmente, a las raíces sociales y políticas que explican las contradicciones que afloran en la superficie.
Creemos que esto se halla relacionado con el marco teórico-conceptual que utiliza al autor. Allí la idea de luchas de clases (y el concepto mismo) se hallan ausentes. Este rechazo del autor a la utilización de categorías de origen marxista (a pesar de situarse a sí mismo dentro de una tradición cercana) es un hecho recurrente en la intelectualidad cordobesa que prefiere apelar a todo tipo de herramientas teóricas antes de volver a las ideas Marx, Engels, Lenin, Trotsky o el mismo Gramsci para intentar explicar la realidad.  
Creemos que en el caso de la obra, esto le quita profundidad al análisis, lo que termina convirtiendo al período en una situación excepcional de la cual no se pueden extraer lecciones así como tampoco se hace posible algún tipo de analogía más o menos profunda con la actualidad. Alrededor de ello, hace pocas semanas el autor señaló en una entrevista que Los actores sociales que relata este libro ya no existen”. En ese sentido Del Cordobazo…sólo tendría un valor histórico.
Creemos que eso no es así y que muchos de los elementos delineados por el autor siguen presentes en la realidad provincial. Sobre esto, hemos escrito algo anteriormente en este blog. Pero además, Tcach sí esboza conclusiones que pueden extenderse más allá de ese período histórico. Conclusiones que conducen a una aceptación de las reglas de juego de la democracia burguesa actual, reglas que no debieron “ser violentadas” en el período que el autor describe. En este primer post vamos a centrarnos en este aspecto de lo señalado en el libro.

Córdoba, cuna de la Libertadora

El autor apela a algunos conceptos tradicionales que ubican a Córdoba como un cruce de caminos entre las tendencias cosmopolitas y las conservadoras. Recurre aquí a la definición de “ciudad de frontera” que acuñara Aricó partiendo de la combinación entre tradición y modernidad, lo laico y lo clerical, lo conservador y lo revolucionario. Lo hace para expresar la “idea de dos Córdobas que no se excluyen, sino que conviven y se superponen en un juego de tensiones irresueltas”. (pág. 14)
Una de ellas es la que se expresa en el 55’. El libro empieza poniendo de manifiesto el carácter verdaderamente masivo que revistió el apoyo al golpe de la Libertadora por parte de amplias franjas de la población cordobesa, incluidos sectores del movimiento obrero[1], que se expresó en el plano político en la gran participación en los comandos civiles de sectores de las clases medias y de la enorme mayoría de los partidos políticos provinciales (en especial de la UCR). Si la iniciativa partió de las FFAA, la misma contó con una importante reserva política y moral en la población, sobre todo de las clases medias cordobesas. Frente al nuevo gobierno, el peronismo cordobés expresó su deseo de que “no fueran molestados los peronistas decentes” (pág. 24) mostrando un intento de acoplarse al cambio de régimen.
Es sobre ese consenso de masas en relación al golpe antiperonista, que puede explicarse el protagonismo de Córdoba en la escena nacional en estos años. Protagonismo que se expresará en la cantidad de funcionarios que integran los gabinetes y planteles políticos de los gobiernos elegidos por el voto (con la obvia proscripción del peronismo) como de los gobiernos directamente militares.
Protagonismo que encontrará expresión además en el peso de las FFAA que, mediante sus pronunciamientos imponen y deponen a distintos jefes del ejército elegidos por Frondizi, como ocurrió a lo largo del año 60. Pero no sólo a jefes militares sino a los mismos gobernantes, como ocurre en relación al gobierno de Zanichelli que sufrió la intervención federal, luego de las presiones de la Guarnición militar provincial. El libro logra poner de relieve el peso de las fuerzas represivas en la política nacional. Lo que pasó a la historia con el nombre del “Partido militar” es, por esos años, excluyente actor de los destinos del país, capaz de derrocar a gobiernos, imponer ministros y definir líneas de gestión.
Pero en este aspecto, las conclusiones del libro son débiles al no tomar en cuenta precisamente, la lucha de clases como categoría explicativa en los procesos históricos. Desde allí es posible comprender el peso del partido militar y la política destinada a derrotar al peronismo como expresión política de una clase obrera que, aunque dirigida por una corriente burguesa, implicaba un desafío a los intentos de avanzar en un mayor nivel de explotación por parte de la burguesía.

El peronismo y la clase obrera

Precisamente la recurrencia a la violencia política (lo que Tcach llama “normalidad violenta” o militarización de la política) no se puede explicar más que por la necesidad de imponer una derrota de carácter profundo al movimiento obrero. La proscripción del peronismo en tanto representación política mayoritaria de la clase trabajadora era parte fundamental de ese objetivo.
La ausencia de una alternativa política que pudiera canalizar la confianza de las masas obreras y el fracaso de los distintos proyectos que lo intentaron, dan cuenta de la necesidad de utilizar métodos de guerra civil (más abierta o más larvada) para imponer esa derrota. Pero el libro, que revela las disputas al interior de los partidos y gobiernos, no termina de definir que las mismas se hallan estrechamente ligadas a esta cuestión.
De la descripción que realiza Tcach se pueden visualizar a grandes rasgos dos líneas políticas en relación al movimiento obrero. En primer lugar, una política de integración al régimen político burgués, pero intentando imponer una ruptura entre la base obrera y la dirección de Perón en el exilio, aceptando la proscripción del partido derrocado. En esta línea se inscriben, con matices, distintos políticos y militares. Tal es el caso de Lonardi (por lo cual fue derrocado), o lo que expresaba el gobierno de Zanichelli (como parte de la UCRI originaria) que se referenciaba en la “doctrina obrera de Sabattini” (Pág. 51) así como los intentos de mediación llevados adelante por el gobierno del radical Justo Páez Molina, también derrocado junto a Illia.  Si bien se trata de momentos distintos a lo largo del período, es clara su tendencia a intentar la integración de la clase obrera al régimen.
Sin embargo, la línea opuesta es la que tuvo hegemonía a nivel social y político en Córdoba, encontrando expresión en la enorme mayoría de los partidos políticos patronales. Tendencia que se expresó claramente a través de los pronunciamientos militares de la Guarnición Córdoba (descriptos casi milimétricamente en la obra) y en la política de la vieja “aristocracia de la toga” (definición que pertenece a Juan Carlos Agulla) que fue violentamente antiperonista, censurando toda política que fuera en el camino de algún tipo de conciliación o diálogo con el peronismo y el movimiento obrero.
El libro se extiende en ejemplos de esta línea como cuando señala que “el derrocamiento de Lonardi fue recibido con beneplácito por el conjunto de la dirigencia política cordobesa” (pág.33) o ejemplifica los ataques de la cúpula militar contra Zanichelli, acusado de armar grupos paramilitares. De esta forma se impondrá la intervención de la provincia, avalada por el propio Frondizi en una especie de versión “de prueba” de lo que después pasaría a la historia como el Navarrazo. Zanichelli caerá por su política relativamente conciliadora con el movimiento obrero.

La utopía democrática

Para cerrar esta primera parte señalemos que el autor demuestra que el bloque social y político que dominaba Córdoba era refractario a cualquier modificación profunda de la situación. Pero interpreta ese rechazo casi como una elección puramente racional. Llegando ya al año del Cordobazo en su narración, el autor llega a preguntarse si “¿Cuánto de esta oleada de izquierdización política se hubiese alivianado si el bloque dominante hubiera sido menos propenso a revolver sus problemas por la violencia?”(Pág.229). Algunas páginas antes había señalado “la inconsecuencia de las clases dominantes argentinas con el ideario democrático” (pág. 207)
Precisamente lo que se ponía de manifiesto desde 1955 en adelante era la imposibilidad de resolver por medios democráticos la “cuestión obrera”, como se evidenciaba en los golpes militares contra los gobiernos que intentaban algún tipo de diálogo. Este es uno de los puntos centrales sobre los cuáles Tcach brinda explicaciones de poca profundidad. Si bien señala el carácter social del bloque dominante y la existencia de sus intereses económicos en el fondo de la política que se lleva adelante, al prescindir del carácter de lucha de clases que se expresa en todo el período, su análisis recae en lugares comunes como los que citamos más arriba que ven posible un “ideario democrático” por parte de la oligarquía que llevó adelante la Libertadora.
Una democracia “estable”, con instituciones que no fueran “violentadas” como ocurrió en este período, sólo era posible como resultado de una fuerte derrota de la clase obrera que impusiera mayores condiciones de explotación. Este fue el objetivo de una parte importante de la burguesía.
Al respecto, el libro de Tcach tiene el mérito de ilustrar de manera clarísima, el peso social y político de los sectores antiperonistas en Córdoba y sus sucesivas transformaciones. Bajo la intervención de Nores Martínez, representante de la alta oligarquía provincial, la “aristocracia de la toga” (que no tenía dinero pero sí vínculos con el estado) tiende a fusionarse con los nuevos capitales imperialistas y la burguesía en ascenso. Señala el autor “El entrelazamiento entre nuevos y viejos actores tenía una lógica: facilitaba a los primeros hacer pie en la sociedad cordobesa y permitía a los segundos transitar una vía de prosperidad económica que hiciese honor a sus apellidos patricios. Asimismo, sus coincidencia entroncaban en una preocupación común, cuál era el de armonizar las relaciones entre el capital y el trabajo en un contexto de expansión industrial, Por ese motivo tampoco era ajeno a las motivaciones de la ACDE[2] el combate contra la influencia izquierdista o comunista” (pág. 167)
Para estos sectores el control de lo movimiento obrero, su subordinación y la liquidación del peronismo como expresión política “herética” (como lo llamó Daniel James) tenía un carácter estratégico. Córdoba aparecía como la capital del antiperonismo al mismo tiempo que, de la mano de las inversiones imperialistas, se generaba un proceso de modernización intenso, lo que implicaba el desarrollo de un poderoso proletariado industrial. Sobre este punto, elemento constitutivo de la “Córdoba bicéfala” (al decir del autor) y sus consecuencias volveremos en un segundo post.



[1] Una anécdota, relatada en la Voz y citada por Tcach pinta esta situación “En la provincia mediterránea, la actitud flexible del oficialismo tuvo como correlato una represión selectiva-no masiva- sobre el movimiento obrero peronista. Esta represión “blanda” permite explicar las quejas de los obreros antiperonistas nucleados en la seccional Alta Córdoba de la Unión Ferroviaria, quienes denunciaban que “los agentes del grupo cegestista ferroviario andan sumamente activos, realizando reuniones en casas particulares y hasta solicitando audiencias del gobierno””. Pág. 26
[2] Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa

miércoles, 29 de agosto de 2012

Ya salió Estrategia Internacional nº28



Presentación
Economía y política internacional

Lucha de clases y nuevos fenómenos políticos en el quinto año de la crisis capitalista

:: Economía y geopolítica de la crisis capitalista
El fin de las "soluciones milagrosas" de 2008/9 y el aumento de las rivalidades en el sistema mundial
:: Polémica con Paul Krugman y su último libro ¡Acabad ya con esta crisis!
Economía, política y guerra: Ese oscuro objeto (neo)keynesiano

A un año y medio de la "primavera árabe"

Teoría marxista

Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en "occidente"

Argentina
:: Desaceleración económica, disputas por arriba y crisis de la burocracia sindical
Los límites del "bonapartismo" cristinista y los desafíos de la izquierda revolucionaria

Apuntes del PTS sobre la construcción de un partido revolucionario en Argentina

Emergencia de la juventud

Chile. Entre la irrupción abrupta de la lucha de clases y la crisis de régimen neopinochetista


Estado español. La agudización de la crisis económica y política, y la emergencia de la lucha de clases


México. Las elecciones y el surgimiento de un nuevo fenómeno juvenil

Reseñas

Sobre el último libro de Andrew Kliman y las raíces de la crisis capitalista


China de Henry Kissinger

:: Lanzamiento de las Obras Escogidas de León Trotsky
Un aporte a la revolución socialista del siglo XXI

viernes, 24 de agosto de 2012

Represión en Córdoba: política burocrática y relación de fuerzas



Por Eduardo Castilla

Las fotos de Córdoba volvieron a recorrer el país. La imagen de una provincia “que se incendia” cruzó por medios oficialistas y opositores. Los primeros interesados en mostrar al flamante candidato opositor al kirchnerismo desatando una feroz represión, los segundos mostrando una provincia en crisis por culpa de un gobierno nacional que no envía los fondos adeudados.
Como sea, una nueva expresión de la crisis fiscal que acompaña a la pelea nación-provincias, volvió a hacer emerger la lucha de los trabajadores, como ya había ocurrido en Santa Cruz, Capital y Buenos Aires entre otros lugares.
Pero las imágenes no dan cuenta de todo lo que ocurre tras las cámaras. La política transcurre por dos andariveles, por un lado en las disputas políticas entre las conducciones gremiales afines a los gobiernos, y por otro por las necesidades de un régimen que tiene que ponerle límites a las luchas sindicales en un marco de creciente desaceleración económica.

Entre la alineación y la tensión

El ajuste de De la Sota lanzó a los gremios estatales a la lucha, con paros y dos importantes movilizaciones, donde marcharon 5mil y 10mil trabajadores aproximadamente, mostrando disposición a pelear. Las conducciones sindicales estatales, como definimos acá, son parte del mecanismo de control del régimen sobre las masas y, al mismo tiempo, tienen sus propias alineaciones políticas ligadas al delasotismo y al kirchnerismo.
El gobierno provincial logró unificarlas con su ataque a la Caja de Jubilaciones, incluyendo al mismo Pihen, diputado del PJ provincial que tuvo que elegir entre no votar el ajuste que imponía su jefe político y su “deber” como dirigente sindical. Al mismo tiempo, la política del gobierno nacional de exigir la armonización del régimen de jubilaciones, en su lucha contra los “privilegios” también obligó a los dirigentes afines a cruzarse con el kirchnerismo. De conjunto, la pelea entre gobierno nacional y provincial, que comparten un programa de ataque hacia los trabajadores, obligó a los dirigentes sindicales a estar “a la izquierda” de donde hubieran querido, mostrando distancia de ambos bandos y llamando a las movilizaciones.
En este marco las distintas alineaciones políticas de los gremios jugaron un papel en los choques de hoy, centralmente de los que responden al kirchnerismo que aportaron a mostrar una provincia en crisis. Todo esto no hace más que demostrar una vez más la necesidad de pelear por independizar a los sindicatos de los gobiernos de turno y de todo partido patronal.

¿Y el ministro?

Pero detrás de la represión se esconden algunos problemas políticos centrales que el régimen debe enfrentar para cambiar una relación de fuerzas que no está basada en triunfos sobre las masas trabajadoras. Como señalamos hace un tiempo el derechismo gubernamental “a diferencia del delasotismo del primero gobierno, no se sostiene sobre derrotas de las masas, sino sobre el conservadurismo social que impusieron años de crecimiento económico que están llegando a su fin”. Desde ese punto de vista, la acción de hoy, la represión posterior y el paro de este viernes, son nuevos golpes a la política del ministro-sindicalista Dragún como garante de que las luchas sindicales no rompieran la “paz social”. Precisamente el gran ausente en todas estas discusiones es el ministro de trabajo.
Aún De la Sota no está en guerra con los sindicatos, pero va calibrando los cañones y empieza a golpear para cambiar la relación de fuerzas con el movimiento obrero, que como ya señalamos, no está basada en triunfos claros sobre las masas en la lucha de clases. Precisamente esto sólo se puede cambiar mediante una serie sucesiva de golpes sobre los trabajadores que vayan inclinando la relación de fuerzas en su contra. Si como señala Trotsky“no es posible esquivar las dificultades fundamentales por medio de una maniobra” (Pág. 174), la artimaña de hacer votar el ajuste a cualquier hora de la noche, luego de engaños, no puede evitar los choques en las calles contra una clase trabajadora no derrotada. De ahí que, con tiempos que habrá que precisar, el escenario es de mayor confrontación.
Así, la política real tiende a ser cada vez de menos “pacto social” y de mayor enfrentamiento. Esto responde por un lado a los problemas de la Caja (de Jubilaciones y del conjunto del estado), pero también a la necesidad de establecer una relación de fuerzas que ponga mayores límites a la clase obrera al luchar. Hace pocos días, paraba una línea entera de la UTA por 36 horas mostrando que, en Córdoba, los gremios "hacen lo que quieren" y no hay ministro de trabajo que lo impida ni diálogo con el gobierno que lo evite.

Una pelea por una política independiente

Como se señala acá la represión policial vino como anillo al dedo a la política de una burocracia que pretende desmontar esta lucha contra el ajuste, enfriando las medidas de fuerza y llamando a acciones por gremio. Si bien este viernes están convocadas acciones de repudio a la represión, sólo tres sindicatos paran y el resto hace asambleas de 3 horas. Una clara muestra de que se mantiene una división por arriba para impedir que los trabajadores puedan encontrarse en las calles y unir fuerzas. Al mismo tiempo, el llamado a un paro para condenar la represión se hace desligado de cualquier plan de lucha que implique enfrentar el ajuste hasta derrotarlo.
En este marco, el alineamiento político de las conducciones burocráticas es un enorme obstáculo para una pelea que derrote el ajuste. Precisamente por eso la urgencia de darle organización a las tendencias que surgen entre los mismos trabajadores hace necesaria una política como la que venimos señalando de Plenario de delegados de base de todos los gremios, mandatados en asambleas, para imponer una conducción distinta a esta lucha.
Sólo una política independiente de los sectores patronales y sus aliados entre la burocracia puede aportar a desarrollar una amplio fracción clasista entre los trabajadores estatales que prepare una alternativa real a los dirigentes actuales ante las luchas que la crisis internacional y los ataques del gobierno impondrán en el futuro.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Una vez más sobre la polarización social y política en Europa y sus posibles perspectivas.



Por Paula Schaller

En un post anterior analizamos las tendencias a la polarización social y política que ya empiezan a emerger en la Europa jaqueada por la crisis, marcadas por el fortalecimiento de partidos de extrema derecha con peso electoral y social que buscan una salida reaccionaria ante la crisis. Allí planteamos que, ante el todavía bajo nivel de lucha de clases, estas expresiones no son el signo generalizado de la situación -que aún no está atravesada por la dialéctica revolución/contrarrevolución- sino más bien tendencias anticipatorias de una dinámica que tenderá a profundizarse en la medida que avancen los efectos de la crisis y la radicalidad de las respuestas de los explotados. Los años de entreguerras del siglo pasado, abundantes en giros y oscilaciones bruscas de la situación, constituyen una muestra concentrada de este desarrollo, donde la burguesía recurrió a distintas formas excepcionales de gobierno para sostener su dominación ante el ascenso generalizado de la lucha de clases. Del análisis de estas formas transicionales de dominación política burguesa Trotsky extrajo múltiples conclusiones para orientar estratégicamente al proletariado en su lucha por el poder. Queremos retomar aquí algunos de sus aspectos centrales, para aportar a reflexionar sobre las posibles perspectivas de las tendencias que hoy se expresan incipientemente en la situación internacional y la política de los revolucionarios ante éstas. 

Sobre la crisis y las tendencias a la degradación de la democracia burguesa: el bonapartismo. 

En los años 30 del siglo pasado, la crisis capitalista desatada en Estados Unidos afectó particularmente a una Europa atravesada por múltiples antagonismos inter-estatales que la Primera Guerra Mundial, lejos de resolver, había profundizado. En Alemania la crisis resultó catastrófica en una economía ya muy debilitada y constreñida por las imposiciones que los imperialismos francés e inglés habían asentado con el Tratado de Versalles a la salida de la guerra. Los trabajadores se agitaban en huelgas y movilizaciones masivas ante el desempleo generalizado, la hiperinflación y la caída del marco. Salvo excepciones, esta fue la dinámica social que atravesó gran parte del continente, donde para defender sus condiciones de vida el proletariado protagonizó grandes combates que plantearon una carrera de velocidades con la burguesía por ver qué clase imponía su salida, como sucedió centralmente en Alemania, Francia, Austria, Polonia, Hungría, Holanda, España (aunque esta con una dinámica más propia, donde las aspiraciones democráticas de las masas actuaron como un gran motor revolucionario en el marco de una estructura social profundamente regresiva). En esos países, como repuesta reaccionaria ante la crisis social y el ascenso de la lucha proletaria se fortalecieron tanto partidos y facciones de extrema derecha como bandas para-militares fascistas -Acción Francesa, La Cruz de Fuego o el Partido Social de la Rocque en Francia, las SA en Alemania (bandas de asalto del nacionalsocialismo), el movimiento Sanacja que sostuvo el régimen bonapartista de Pilsudski en Polonia, etc.-; que intervenían en la lucha de clases promoviendo intentos de golpe, impulsando movilizaciones y mitines reaccionarios, chovinistas y pro-guerreristas; yendo a quebrar las movilizaciones dirigidas por comunistas y socialdemócratas, organizando atentados contra las organizaciones obreras y de izquierda; asesinando activistas, etc. En este marco, Trotsky analizó muy lúcidamente que, ante la catástrofe económica y la ascendiente lucha de clases, las democracias burguesas europeas tendían a degradar su carácter "parlamentario", recurriendo a diversas formas excepcionales de dominación con gobiernos fuertes apoyados sobre el aparato policial-militar que intentaban una suerte de "arbitraje" de las clases en pugna. Analizando por ejemplo el caso de Holanda en 1936 -donde el régimen político profundizó su carácter represivo ante el crecimiento de las bandas fascistas, por un lado, y el fortalecimiento de la organización obrera, por el otro, planteó que-: “Dado que la democracia burguesa se encuentra en bancarrota histórica, ya no puede defenderse en su propio terreno contra sus enemigos de derecha e izquierda. Es decir que para ‘mantenerse’ el régimen democrático debe autoliquidarse progresivamente mediante leyes de emergencia y arbitrariedad administrativa. Esta autoliquidación de la democracia en la lucha contra la derecha y la izquierda coloca en primer plano al bonapartismo de la degeneración, cuya exis­tencia incierta necesita el peligro de derecha e izquier­da para oponerlos entre sí y elevarse gradualmente por encima de la sociedad y de su parlamentarismo.” (Trotsky, La democracia burguesa y la lucha contra el fascismo)
Este análisis es interesante porque desnuda no sólo que la democracia no está ni puede estar por encima del sistema social que la engendró, tendiendo a “autolimitarse” –e incluso volverse su contrario, negando su forma con la dictadura abierta- cuando la clase dominante lo necesita para preservar su dominación social y política, sino que muestra que el fascismo no surge como reacción automática, como primera salida orquestada por la burguesía para contener la lucha de clases, sino que se impone como solución de fuerza final luego de un ciclo previo en el cual el régimen democrático-parlamentario avanza progresivamente en su bonapartización: “es inevitable que entre la demo­cracia parlamentaria y el régimen fascista se interpongan, una después de otra, ya sea "pacíficamente" o a través de la guerra civil, una serie de formas transicionales.” (Trotsky, bonapartismo y fascismo) Precisamente, contra el stalinismo que en su "tercer período" tendía a emparentar casi toda forma de gobierno burgués al fascismo mismo, Trotsky puso el acento en que el bonapartismo, a diferencia de aquel, era una forma política transitoria, profundamente inestable, en la cual la pulseada entre las clases todavía no había llegado a una cristalización política definitiva como expresión del asentamiento de una relación de fuerzas más o menos estable. 
En 1934, analizando el caso de Francia planteaba “... nos vemos obligados a repetir lo que ya una vez dijeron los bolcheviques leninistas respecto a Alemania: las posibilidades políticas del actual bonapartismo francés no son muchas; su estabilidad está determinada por el momentáneo y, en última instancia, inestable equilibrio entre el proletariado y el fascismo. La relación de fuerzas entre estos dos bandos tiene que cambiar rápidamente, en parte por influencia de la coyuntura económica, pero fundamentalmente según la política que se dé la vanguardia proletaria. La colisión entre ambos bandos es inevitable. El proceso se medirá en meses, no en años. Sólo después del choque, y de acuerdo a sus resultados, podrá implantarse un régimen estable.” (Bonapartismo y Fascismo) 
Allí, ante la creciente polarización de clase entre las demostraciones de fuerza de los fascistas y la ascendiente combatividad del movimiento obrero, planteó que “… precisamente en Francia el paso del parlamentarismo al bonapartismo -o más exactamente la primera etapa de este paso- se dio de manera particularmente notoria y ejemplar. Basta con recordar que el gobierno Doumergue apareció en escena entre el ensayo de guerra civil de los fascistas (6 de febrero) y la huelga general del proletariado (12 de febrero). Tan pronto como los bandos irreconciliables asumieron sus posiciones de lucha en los polos de la sociedad capitalista, quedó claro que el aparato conexo del parlamen­tarismo perdía toda importancia. Es cierto que el gabinete Doumergue, (…) parece, a primera vista, gobernar con consenso del Parlamento. Pero se trata de un Parlamento que abdicó, que sabe que en caso de resistencia el gobierno se desharía de él. Debido al relativo equilibrio entre el campo de la contrarrevolución que ataca y el de la revolución que se defiende, debido a su temporaria neutralización mutua, el eje del poder se elevó por encima de las clases y de su representación parlamentaria. Fue necesario buscar una cabeza de gobierno fuera del Parlamento y "fuera de los parti­dos”. Este jefe de gobierno llamó en su ayuda a dos generales. Esta trinidad se apoyó en huestes parla­mentarias simétricas tanto por la derecha como por la izquierda. El gobierno no aparece como un orga­nismo ejecutivo de la mayoría parlamentaria, sino como un juez-árbitro entre dos bandos en lucha. Sin embargo, un gobierno que se eleva por encima de la nación no está suspendido en el aire. El verdadero eje del gobierno actual pasa por la policía, la burocracia y la camarilla militar. Estamos enfrentados a una dicta­dura militar-policial apenas disimulada tras el decorado del parlamentarismo. Un gobierno del sable como juez-árbitro de la nación: precisamente eso se llama bonapartismo”. (Bonapartismo y fascismo, 1934)                                                                                                 
El caso francés, donde la continuidad de la lucha de clases signó la imposibilidad de consolidar un régimen de dominación estable –después de la caída de Doumergue se sucedieron cinco gabinetes ministeriales en menos de 2 años-; o el alemán, donde la crisis de la República de Weimar se expresó en el surgimiento de múltiples gobiernos bonapartistas (Brüning, Papen, Schleicher) que antecedieron al triunfo de Hitler, mostraron palmariamente hasta qué punto la estabilidad de la institucionalidad política burguesa depende en gran medida de la ausencia de irrupción política independiente de las masas explotadas : “la reciente experiencia histórica tanto como el análisis teórico testimonian que el nivel de desarrollo de una democracia y su estabilidad, están en proporción inversa a la tensión de las contradicciones de clase", plantea Trotsky en "El marxismo y nuestra época". 
Si en la dinámica de la situación internacional actual no son las tendencias al bonapartismo político las que priman, ya que de conjunto la burguesía sigue apoyándose, gracias a la todavía baja intensidad de la lucha de clases, en la legitimidad parlamentaria para promover su política de ajuste -ayudada por la complicidad de las direcciones sindicales-; ya empiezan a surgir tendencias anticipatorias de este fenómeno, que muestran una vez más la relación orgánica entre crisis capitalista, desarrollo de la lucha de clases y tendencias al surgimiento de formas excepcionales de dominación burguesa. Tal es el caso de Italia, donde a la caída de Berlusconi la gran patronal, el capital financiero, la UE y el FMI se convirtieron en el principal sostén del gobierno “técnico” de Monti, puesto a dedo por el presidente Napolitano, expresando la tendencia a gobernar bajo métodos crecientemente bonapartistas en el marco de la crisis. Un gobierno  que no fue elegido democráticamente por el pueblo italiano sino puesto por arriba por los sectores más concentrados del capital financiero y la gran industria para administrar los planes de ajuste y promover una política de ataque masivo contra los inmigrantes. El breve repaso anterior sobre las definiciones de Trotsky ante los regímenes políticos bonapartistas de los años ´30, en todo caso, muestra que ninguna pulseada entre las clases se consuma "en un acto", sino que la burguesía avanza progresivamente en la bonapartización de la democracia parlamentaria en la medida en que avanza la lucha de clases, por lo que hay que tomar nota de los primeros signos de éstos fenómenos para pensarlos en su posible dinámica.                                                              
Por su parte, el ascenso del movimiento nazi Amanecer Dorado en Grecia expresa una tendencia que tenderá a profundizarse y a generalizarse con el desarrollo de la lucha de clases en el país heleno, mostrando desde hoy las reacciones que tendrá que enfrentar la vanguardia del movimiento obrero en el camino de abrirse paso en la lucha por una salida propia ante la crisis capitalista.  

Sobre cómo luchar contra el ascenso de los fascistas. El caso de Amanecer Dorado en Grecia y la política de los revolucionarios.  

Grecia, el eslabón más débil del capitalismo europeo, es hoy uno de los epicentros de desarrollo de la polarización social y política. De hecho, los dos fenómenos políticos más dinámicos que cobraron impulso al calor de la crisis son el crecimiento de la coalición reformista de izquierda Syriza y el ascenso de la variante neo-nazi Amanecer Dorado. Muchos sectores de izquierda apoyan a Syriza no sólo como la supuesta expresión de una salida popular frente a la crisis capitalista, sino como un reaseguro de la democracia frente al ascenso de las variantes de extrema derecha. Si bien este es un debate que abordaremos de lleno en un próximo post, queremos empezar a formular aquí cuales son las vías y la política que debe darse la clase obrera para combatir este ascenso. 
En Grecia, la crisis tuvo efectos tan devastadores que hay analistas que ya hablan de Grecia como "la primer colonia de la eurozona", en referencia al salto en la subordinación helena al capital financiero alemán (ver acá). Sectores de las masas vienen tensando sus músculos con huelgas generales, movilizaciones masivas, enfrentamientos callejeros con la policía; y aunque todavía no dieron una respuesta a la altura del ataque histórico que el capitalismo está descargando sobre sus condiciones de vida, ya comienzan a crecer tendencias neonazis que pugnan por el paso a la acción directa para imponer una solución de fuerza contra los oprimidos. Amanecer Dorado sorprendió en las elecciones de mayo y junio, en las cuales mantuvo un 7 % de los votos y logró meter 18 diputados al parlamento (en las elecciones de 2009 había sacado 18 mil votos, mientras que este año obtuvo 430 mil, mostrando la simpatía que logra su discurso en franjas cada vez más amplias). Pero no sólo se ubica como una tendencia superestructural que ocupa un espacio electoral, sino como una tendencia militante que, aunque por ahora poco numerosa, actúa en las calles a la manera de bandas de asalto contra los inmigrantes: “Somos un movimiento nacionalista en el Parlamento y en la calle con la misión de proteger los derechos de los griegos (…), la inmigración ilegal es una plaga para Grecia”, declaró su líder Mihaloliakos luego de las pasadas elecciones, mientras que el diputado Illias Panagiotaros directamente prometió antes de las elecciones "Si Amanecer Dorado consigue entrar al Parlamento, llevará a cabo redadas en hospitales y guarderías y expulsará a los inmigrantes y a sus hijos a la calle para que los griegos puedan ocupar su lugar".
De hecho, los nazis de Amanecer Dorado ya recorren los barrios más humildes de Atenas reprimiendo salvajemente a los inmigrantes y hasta tomaron el control del barrio Agios Panteleimonas, que fue uno de los más populosos del centro de Atenas y hoy es un bastión nazi, libre de inmigrantes a los que  directamente expulsaron. En ese barrio Amanecer Dorado actúa como la fuerza represiva, en absoluta complicidad con la policía que deja actuar libremente al movimiento y le libera zonas  para desplegar la represión "ilegal" sobre los inmigrantes. Esto de ninguna manera es casual: hay encuestas que afirman que 4 de cada 10 policías votaron por este grupo neonazi en las elecciones, por lo que es de prever que cuando la situación se radicalice y se impongan tendencias a la desarticulación social los nazis pueden avanzar y nutrirse rápidamente de las fuerzas represivas actuales.
Al respecto, en el año 1939, Trotsky planteaba que "Cuando se dan crisis serias, la policía invariablemente adopta respecto a las bandas contrarrevolucionarias una amistosa neutralidad, cuando no colabora con ellas directamente." (Trotsky, Sobre la cuestión de la autodefensa obrera, 1939) De hecho, Amanecer Dorado empezó un "trabajo sucio" que después generalizaron las fuerzas de seguridad, cuando en agosto de este año lanzaron una brutal razia en los barrios populares atenienses con más de 4500 afectivos que detuvieron a miles de inmigrantes para luego deportarlos.                
Por lo tanto, aunque todavía no sea una variante de masas, Amanecer Dorado es una tendencia actuante en la realidad a la que hay que prepararse para combatir desde hoy, ya que su desarrollo implicará inevitablemente el fortalecimiento de las fuerzas contrarrevolucionarias a las que  mañana puede acudir generalizadamente la propia burguesía en su guerra contra el proletariado.  Analizando el fortalecimiento de organizaciones para-militares burguesas, Trotsky planteó en 1939: "es la reacción capitalista la que comienza primero a formar organizaciones de lucha especiales, que coexisten paralelamente con la policía y el ejército del estado burgués. Esto se explica por el hecho de que la burguesía es más previsora y despiadada que el proletariado. Bajo la presión de las contradicciones de clase ya no descansa totalmente en su propio estado, puesto que éste tiene todavía las manos atadas, en cierta medida, por normas “democráticas”. La aparición de organizaciones comba­tientes “voluntarias” cuyo objetivo es la supresión física del proletariado constituye un síntoma inequívoco de que comenzó la desintegración de la democracia, debido a que ya no es posible controlar las contradicciones de clase por los viejos métodos." (Trotsky, Sobre la cuestión de la autodefensa obrera, 1939)
Si por su escaso peso social como fuerza militante, Amanecer Dorado no se ubica todavía como la expresión de la tendencia que emerge en tiempos de crisis, a la ruptura del monopolio de la violencia del Estado burgués y la proliferación de milicias para-militares con peso de masas; nos interesa resaltar que aunque hoy es una tendencia minoritaria es significativa en la medida en que es un fenómeno orgánico, que expresa el estado de ánimo de capas sociales arruinadas o de la pequeño-burguesía que adopta una perspectiva ultra-nacionalista y xenofóbica, por lo que su desarrollo puede cobrar mucha dinámica en el marco de la crisis en curso.
Esto pone a la orden del día para las organizaciones del proletariado heleno la necesidad de articular un programa político y de acción que plantee la alianza obrero-popular contra la avanzada de las bandas fascistas que, si hoy se dirigen contra los inmigrantes, mañana lo harán contra el conjunto de las organizaciones del movimiento obrero. Este programa tiene que partir de la más incondicional defensa de la unidad de las filas de la clase obrera, nativa y extranjera, impulsando activas campañas frente al racismo y la xenofobia crecientes; pero en perspectiva tiene que dar una respuesta para frenar los ataques fascistas que ya sufren los inmigrantes. Por lo tanto, ante el avance de los neonazis está planteada la exigencia a los sindicatos de que impulsen y organicen la autodefensa obrera.  Es de fundamental importancia frenar el desarrollo de las bandas que ya pasaron a la acción contra los sectores más débiles de las masas explotadas como son los inmigrantes, por lo que es parte del programa que tiene que levantar la vanguardia del movimiento obrero en su lucha contra los capitalistas. Incluso, allí donde existieran sectores de vanguardia independientes de las direcciones sindicales reformistas ligadas al PASOK (Partido Socialdemócrata) y al KKE (Partido Comunista) que hayan conquistado trincheras significativas en el movimiento obrero, éstos deberían impulsar, -como parte de la lucha por el desarrollo de organismos de autoorganización que expresen el frente único de las masas en lucha y peleen por un programa común-, no sólo una línea de exigencia a los sindicatos de la autodefensa sino una política para organizarla, tratando de ligar los lugares de influencia conquistados en el movimiento obrero a la organización de los sectores más atrasados de la clase como son los inmigrantes para combatir los ataques de los fascistas que ya están en curso.                                                                                                            
Claro que la autodefensa como consigna  de agitación amplia sobre el movimiento obrero está directamente ligada al desarrollo de la lucha de clases y la envergadura de los propios ataques fascistas, como plantea Trotsky: "El proceso del cual surgen los destacamentos obreros de autodefensa está inseparablemente ligado al curso de la lucha de clases en cada país y refleja, por lo tanto, sus inevitables avances y retrocesos, sus flujos y reflujos. La revolución no estalla en una sociedad a través de un tranquilo proceso ininterrumpido sino a través de una serie de convulsiones separadas por intervalos bien definidos, a veces prolongados, durante los cuales se modifican tanto las relaciones políticas que la idea misma de revolución parece perder toda conexión con la realidad. Por eso la consigna de unidades de autodefensa encon­trará eco una vez, y en otra oportunidad sonará como una voz clamando en el desierto, y luego, después de un tiempo, se popularizará nuevamente". (Trotsky, Sobre la cuestión de la autodefensa obrera, 1939). Esto último es lo que sucedió, por ejemplo, en la Francia del año '34, donde  "como conse­cuencia de la crisis económica en aumento, (...) la reacción salió abiertamente a la ofensiva. Las organizaciones fascistas crecieron rápidamente. Por otra parte, se hizo popular en las filas de la clase obrera la idea de la autodefensa. Hasta el reformista Partido Socialista se vio obligado a formar en París algo similar a un aparato de autodefensa." (Trotsky, Sobre la cuestión de la autodefensa obrera, 1939)  
Como política, Trotsky planteaba, polemizando contra el stalinismo que se negaba a levantar la consigna de armamento obrero: "'Pero, el armamento de los obreros no es oportuno más que en una situación revolucionaria que aún no existe'. Este profundo argumento significa que los obreros deben dejarse golpear hasta que la situación se vuelva revolucionaria. Los que ayer predicaban el 'tercer periodo' no quieren ver lo que pasa ante sus ojos. La propia cuestión del armamento no ha surgido prácticamente, más que porque la situación 'pacifica', normal, democrática´ ha dejado el lugar a una situación agitada, crítica, inestable, que puede tan fácilmente transformarse en una situación revolucionaria como contrarrevolucionaria. Esa alternativa depende, ante todo, de esto: ¿Se dejarán golpear los obreros de vanguardia, impunemente, sector por sector o, a cada golpe responderán con dos golpes, elevando el coraje de los oprimidos y uniéndolos a su alrededor? Una situación revolucionaria no cae del cielo. Se forma con la participación activa de la clase revolucionaria y de su partido." (Trotsky, ¿A Dónde va Francia?, 1934)
Si, como señalamos en el apartado anterior, la situación griega no presenta la dinámica de derrumbe de la democracia burguesa que caracterizó a la Francia de los años '30, signada por el creciente enfrentamiento entre las bandas fascistas y las organizaciones del proletariado y la izquierda; la enorme crisis económica y social que recorre al continente en general y al país heleno en particular, donde las masas protagonizaron 17 huelgas generales desde el comienzo de los planes de ajuste, hace prever que es una dinámica que rápidamente puede cobrar la situación. Por otra parte, en coyunturas profundamente dinámicas como la actual, donde la histórica ofensiva capitalista puede desatar una perspectiva de ascenso revolucionario para las masas griegas, impedir el avance de las bandas fascistas es una tarea de importancia en el camino de fortalecer la relación de fuerzas de la vanguardia proletaria y la alianza obrero-popular.                                       
De profundizarse la lucha de clases, y conforme la tendencia que hoy expresa incipientemente Amanecer Dorado se generalice, estará planteado impulsar el mayor frente único obrero, pero no en el terreno de los acuerdos parlamentarios para defender la "democracia" sino el frente único obrero que prepare el combate abierto contra los fascistas y fortalezca las posiciones del los revolucionarios entre las masas. Así lo formulaba Trotsky en el año 1931 con relación a Alemania -en donde el stalinismo, entregado a su política ultraizquierdista de caracterizar a la socialdemocracia como fascista, se negaba a un frente único con ésta para enfrentar al fascismo-: "El destino quiere que haya en el comité central del partido comunista numerosos oportunistas aterrorizados. Han oído decir que el oportunismo es el amor a los bloques. Es por lo que están contra los bloques. No comprenden la diferencia que puede existir entre un arreglo a nivel parlamentario y un acuerdo de combate, incluso el más modesto, a propósito de una huelga o de la protección de los obreros tipógrafos contra las bandas fascistas. Los acuerdos electorales, los regateos parlamentarios concluidos entre el partido revolucionario y la socialdemocracia suelen servir, por regla general, a la segunda. Un acuerdo práctico de cara a acciones de masas, por objetivos de lucha, se hace siempre, en provecho del partido revolucionario." (Trotsky, "Por un frente único obrero contra el fascismo", 1931)