miércoles, 9 de abril de 2014

La Huega General (Jack London)




Me desperté por lo menos una hora antes que de costumbre. Esto, por sí solo, era algo extraordinario; y permanecí completamente despierto, reflexionando sobre ello. Algo pasaba, algo no iba bien, aunque no sabía qué. Me sentía agobiado por un presentimiento de que algo terrible había ocurrido o estaba a punto de ocurrir. Pero ¿de qué se trataba? Traté de orientarme. Recordé que después del Gran Terremoto de 1906 hubo mucha gente que aseguró que se habían despertado instantes antes de la primera sacudida, y que habían experimentado en aquellos momentos un extraño sentimiento de terror. ¿Acaso iba a sufrir San Francisco un nuevo terremoto? Permanecí un minuto largo paralizado y expectante; pero no se sentía temblar o tambalearse las paredes ni estruendo alguno de derrumbamiento de mampostería.
Todo estaba tranquilo. ¡Eso era! ¡El silencio! No era extraño mi desasosiego. El ruido del tráfago de la gran ciudad había desaparecido misteriosamente. El transporte de superficie por mi calle a esta hora del día era de un promedio de un tranvía cada tres minutos; sin embargo, en los diez minutos siguientes, no pasó ni uno solo. Quizá se trataba de una huelga de tranvías, fue lo primero que pensé; o tal vez había ocurrido un accidente y se había interrumpido el suministro de energía. Pero no, el silencio era demasiado absoluto. No se oía ningún chirrido o traqueteo de ruedas, ni el golpear de herraduras de caballerías al ascender la adoquinada cuesta.
Apretando el botón de al lado de mi cama, traté de oír el sonido del timbre, aun a sabiendas de que era imposible que éste ascendiese los tres pisos que nos separaban, incluso en el caso de que sonase. Funcionaba, efectivamente, ya que pocos minutos después entraba Brown con la bandeja y el periódico de la mañana. Aunque su rostro mostraba la impasibilidad de costumbre, observé un brillo de alarma e inquietud en sus ojos. Me di cuenta asimismo de que no había leche en la bandeja.
-El lechero no ha venido esta mañana -explicó-, ni el panadero tampoco.
Miré de nuevo la bandeja. Faltaban los panecillos redondos recientes. En su lugar, únicamente unas rebanadas de pan moreno del día anterior, el pan más detestable para mi gusto.
-No ha habido reparto de nada esta mañana, señor... -comenzó a explicar Brown en tono de disculpa; pero le interrumpí:
-¿Y el periódico?
-Sí, señor, lo trajeron; pero es lo único, y es la última vez también. Mañana no habrá periódicos. Lo dice el periódico. ¿Quiere que mande a por leche condensada?
Moví la cabeza negativamente, acepté el café solo y abrí el periódico. Los titulares lo explicaban todo..., demasiado incluso, porque los extremos de pesimismo a que llegaba el periódico resultaban ridículos. Una huelga general, decía, había sido convocada a lo largo y ancho de los Estados Unidos, manifestando a la vez los presagios más alarmistas en cuanto al aprovisionamiento de las grandes ciudades.
Leí rápidamente y por encima mientras recordaba muchos de los problemas laborales del pasado. Durante una generación, la huelga general había sido el sueño de las organizaciones laborales, un sueño que había surgido originariamente de la mente de Debs, uno de los grandes líderes sindicales de hacía treinta años. Recordé cómo en mis años jóvenes había escrito un artículo sobre el tema para una revista de la Universidad y que titulé «El sueño de Debs». Pero debo aclarar que traté la idea con precaución y de manera académica, como un sueño nada más. El tiempo y el mundo habían seguido su curso. Gompers y la American Federation of Labor habían desaparecido, y lo mismo había ocurrido con Debs y todas sus descabelladas ideas revolucionarias; sin embargo, el sueño había persistido, y aquí estaba al fin convertido en realidad. Pero, conforme leía, no pude menos de reírme de la visión pesimista del periódico. Mi opinión era otra. Había visto derrotadas a las organizaciones sindicales en demasiados conflictos. El asunto se solucionaría en pocos días. Esto era una huelga nacional, y el Gobierno no tardaría mucho en acabar con ella.
Arroje el periódico y comencé a vestirme. Sería ciertamente interesante pasear por las calles de San Francisco cuando toda la ciudad estaba de vacaciones forzosas y totalmente privada de actividad.
Completo acá

EC

lunes, 7 de abril de 2014

Linchamiento, crisis social y hegemonía obrera

Eduardo Castilla
La política argentina y los fenómenos sociales se mueven a una velocidad impactante. Emerge, a cada momento, la combinación de los tiempos de la política, la crisis económica y aquellos que corresponden a la crisis social. En esa combinación de tiempos y procesos irrumpen elementos brutalmente reaccionarios (como los linchamientos) y elementos progresivos (como el paro que habrá este jueves 10/4).
Pero esos procesos combinados responden, en gran parte,  a elementos determinados por el desarrollo de las diversas clases sociales en la última década. Las clases medias y la clase trabajadora se encuentran, hasta cierto punto y por el momento, en tendencias divergentes y esto es lo que, en parte, explica la combinación de procesos reaccionarios y progresivos. 

Dinámica(s) de clase(s)

Hace una semana escribimos que la fuerza social de la clase trabajadora -que daba lugar a una determinada relación de fuerzas- era una de las explicaciones de fondo al paro convocado para este jueves, así como lo había sido en relación al paro docente y su dinámica. El triunfo político que éste implicó contra el gobierno abrió la posibilidad de la imposición de un nuevo piso salarial, como se evidencia en los pedidos de diversos gremios, superando lo consensuado entre gobierno, patronales y burocracias como la de Caló y Gerardo Martínez.
El paro del 10/4, que muchos anuncian ya como una gran acción del movimiento obrero, seguirá expresando esa situación. Permitirá a la clase obrera tonificar sus músculos. Planteará, de manera aún parcial, la cuestión de quien es el dueño del poder en la Argentina, mostrando una vez más que el país burgués normal no existe sin la fuerza aportada por la clase trabajadora. Al mismo tiempo, fortalecerá la perspectiva de una mayor intervención obrera en el período siguiente, sea a través de luchas parciales o a través de fenómenos político-sindicales. Eso fue lo que vimos a lo largo del 2013 como producto del 20N. En ese avance parcial de la fuerza obrera, de la confianza en sus propias fuerzas, reside el peso del paro nacional.
Del otro lado de la moneda, el país de los “linchamientos” expresa también contradicciones sociales profundas que actúan como contra-tendencia a la dinámica descripta. La clase media -como muy bien señaló FR- expresa el “sujeto atemorizado” frente la perspectiva y las secuelas reales de la crisis. Ese “temor” es el resultado de una década de bonanza social y económica -que llega a su fin- pero que permitió configurar una subjetividad con fuertes elementos de individualismo en las clases medias. A años luz del “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, las clases medias actuales se hallan, mayoritariamente, en el extremo derecho del arco político gracias a los beneficios materiales de la “década ganada”. La construcción de esta subjetividad tuvo sus hitos de masas, como se pudo contemplar en los cacerolazos masivos, teñidos de color reaccionario (a la que cierta izquierda apoyó sin ruborizarse) y el pasado inmediato de aquellos hay que buscarlo en el apoyo abierto a las patronales agrarias durante el conflicto por la Resolución 125. La “defensa de la propiedad” se convirtió en un valor sustancialmente más importante que el derecho a la vida.
Los brotes fascistoides que  implican los linchamientos dan actualidad a aquella vieja definición de Trotsky de que el fascismo es una operación de dislocación del cerebro de la pequeña burguesía en función de los intereses de sus peores enemigos, los burgueses (véase acá).

Neoliberalismo y pobreza estructural

Que las clases medias puedan generalizar su ideología se debe al peso no menor que ocupan en la “construcción de la opinión pública”, muy bien reflejado en el post citado de FR. Pero además en la presencia de elementos estructurales que llevaron al hundimiento de franjas enormes de las masas en una profunda situación de pauperización.
El neoliberalismo significó un retroceso social y económico para sectores enormes de las masas en todo el mundo, a contrapelo del crecimiento exponencial de las ganancias y el poder de los grandes capitales imperialistas. Sobre esas bases es que emergen los procesos que los medios de comunicación y la burguesía definen como “delincuencia” o “inseguridad” sin más discusión de fondo.
Los avances constantes en la precarización del trabajo implicaron la consolidación de democracias capitalistas elitizadas, donde amplios sectores de las masas quedaron por fuerza de lo que podríamos llamar -siguiendo a Daniel James- “ciudadanía social”. El capitalismo, en las últimas décadas, recreó bolsones de miseria y pobreza donde el “sálvese quien pueda” se convirtió en sentido común extendido. Eso implicó una creciente fragmentación de los lazos de solidaridad de clase entre sectores de trabajadores en blanco y pobres urbanos que, en muchos casos, se convirtieron en base de maniobras del clientelismo estatal. De esa lucha de pobres contra pobres se nutre la política burguesa y toma sus fuerzas la construcción mediática de la opinión pública clasemediera. 

Crisis social, linchamientos y clase obrera

A inicios de los años 30', en una Alemania que parecía marchar indefectiblemente hacia el régimen nazi, Trotsky advertía la necesidad de que el PCA buscara ganar influencia, a través de la política del frente único, sobre la clase obrera dirigida por la socialdemocracia. Influencia que tenía, entre otros, el nada despreciable objetivo de impedir el desarrollo del fascismo entre las clases medias.
El revolucionario ruso escribía “La pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria” (p.242). Contra la visión burocrática del estalinismo, el fascismo era un “problema real” (p.32) que obligaba a la política del frente único. El ascenso de Hitler, casi sin batalla, evidenció lo correcto del pronóstico de Trotsky.
En Argentina, los linchamientos abren el camino para una política represiva por parte de la clase dominante. La militarización de la provincia de Buenos Aires, los controles callejeros masivos en Córdoba, la justificación del endurecimiento de todo tipo de medidas se descargará, primero, sobre los pobres urbanos -y en especial sobre la juventud-  para luego intentar convertirse en un elemento activo de la represión a las luchas de la clase trabajadora. En este aspecto, para la vanguardia obrera combativa y la izquierda revolucionaria, los linchamientos y sus consecuencias políticas, son un problema real.
Si la dirección burguesa de la Socialdemocracia -con la colaboración del estalinismo- abría el camino del avance del fascismo por medio de la negativa a una pelea seria, la dirección peronista burocrática de los sindicatos argentinos abre el camino del fortalecimiento de una política represiva por medio de la condena a los pobres. Las declaraciones de Barrionuevo, definiendo que los pobres son potenciales asesinos, amén de un cinismo descarado-muchos trabajadores gastronómicos son pobres por el nivel de precarización laboral que padecen- implican un aval abierto a la política represiva de la burguesía en su conjunto. Desde ese punto de vista socavan la alianza social que la clase trabajadora necesita con el pueblo pobre para vencer a los capitalistas en el marco del ajuste que está en curso.
Su función social -la contención a la clase obrera y sus luchas-se entrecruza con sus intereses materiales. Trotsky, en Adonde va Francia, ilustraba como los dirigentes burocráticos de los sindicatos estaban infinitamente más identificados con la burguesía y su personal político que con la clase obrera. Para burócratas  millonarios como Barrionuevo, Caló o Moyano, un pobre es un enemigo que pone en peligro su propiedad y la propiedad, como en el caso El avaro de Moliere, es la vida.

Sobre la cuestión de la hegemonía obrera

Sobre la base de este entrecruzamiento de tendencias vuelve a emerger el debate sobre la cuestión de la hegemonía obrera que, planteada en un sentido político, implica una tarea estratégica de la izquierda en el próximo período.
Si la clase trabajadora continúa avanzando en el camino de una mayor intervención en la lucha de clases, poniéndose en pie para la defensa de sus intereses, esto no necesariamente implica un avance en la superación de viejos prejuicios, entre los cuales cala la cuestión de la condena a los pobres urbanos por su estigmatización como “ladrones”.  La conciencia no sigue un camino lineal de desarrollo hacia “adelante” a partir de la lucha sindical.
La posibilidad real de esa superación depende, en parte no menor, de la acción de la izquierda que gana influencia en su seno. La superación de estos límites subjetivos implica la apertura del camino hacia la hegemonía obrera, es decir hacia la capacidad de presentarse ante el conjunto de las masas oprimidas  y explotadas como clase social capaz de dar una salida profunda a la crisis del país.
La lucha por el desarrollo de una nueva subjetividad, que se constituya sobre la base de unir a la clase obrera en blanco con los pobres urbanos como un objetivo central, debe ser parte del combate cotidiano de la izquierda que se proponga conquistar los futuros caudillos obreros de masas, al estilo de los Kajurovs que Trotsky reivindicó fenomenalmente en Historia de la Revolución Rusa.
Sobre esa base y sobre la base de un programa que implique poner en cuestión efectivamente a los verdaderos responsables del hundimiento de las clases medias, es decir los grandes capitalistas, se podrán dar pasos en la constitución de la clase trabajadora como sujeto revolucionario independiente y clase hegemónica. Esa debería ser la perspectiva estratégica del conjunto de la izquierda trotskista, más allá de los éxitos electorales de coyuntura.

viernes, 4 de abril de 2014

A siete años de su asesinato ¡Carlos Fuentealba presente!


Sobre los linchamientos (reposteamos lo escrito por diversos compañeros)

Reposteamos lo escrito por diversos compañeros sobre esta cuestión. Para ir a las notas, seguir los hipervínculos de los títulos. 

 

El linchamiento, la patria y el otro



Fernando Rosso
@RossoFer

La literatura argentina, afirma David Viñas, “emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación. El Matadero y Amalia, en lo fundamental, no son sino comentarios de una violencia ejercida desde afuera hacia adentro, de la ´carne´ sobre el espíritu”. Era la metáfora literaria del miedo a la “barbarie”, actuando con toda su tosca materialidad sobre los cuerpos de la “civilización”. 
Los discursos políticos y periodísticos del presente argentino emergen sobre un hecho bárbaro y que no tiene nada de metáfora: el linchamiento. La presunta “civilización” ejerciendo la violencia colectiva y cobarde sobre los cuerpos individuales de la supuesta “barbarie”.




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1.
Desde el caso del joven David Moreyra, asesinado en Rosario, los medios dan cuenta estos días de diversas persecuciones a delincuentes (y no-delincuentes), apaleamientos y linchamientos como el de Rosario. Uno de los últimos casos conocidos fue el de “¡No lo linchen, soy Romano!” (aunque ahora que quedó libre por falta de antecedentes… el actor se queja); y así siguiendo… ¿Qué ocurre? “Simplemente”, que la campaña (cuasi permanente) de los medios de “comunicación” acerca de “la inseguridad” caló hondo, y ahora surgen “vecinos”-“ciudadanos” que pretenden hacer “justicia por mano propia” contra “los delincuentes”. Ya el escritor Hans Magnus Enzensberger a comienzos de la década de 1960 señalaba –en su libro Política y delito– que “El criminal, en el sentido tradicional de la palabra, como sigue vigente en el ejercicio judicial, pertenece al archivo mitológico del presente. Hace tiempo que adoptó los rasgos de una figura retórica. Ocupa un lugar en nuestra fantasía que ya no es compatible con su significación real ni con la de sus actividades y que ya no es justificable por lo efectivo de su existencia.” Y agregaba “Por asombroso y enigmático que siga siendo, ¡cuán apasionadamente nos preocupa y con qué enorme aparato nos aprestamos a atacarle! Goza de una popularidad absurda. De los titulares de nuestros periódicos se deduce que un simple caso de asesinato nos afecta y conmueve más el ánimo que una guerra que tenga lugar a cierta distancia”.


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Los linchamientos a presuntos delincuentes se han extendido nacionalmente no solo en los barrios altos como Palermo sino también en zonas pobres como Laferrere. Expresa un elemento importante de descomposición social tanto por las causas que generan el crimen (la miseria y la marginalidad a que es sometida todo un sector del pueblo pobre) como de las respuestas de los “buenos ciudadanos” que se arrogan a si mismos el derecho al castigo. Hay que decirlo claramente, los linchamientos son un brote fascista, que apunta contra los más pobres y le reclama a sus amos (la burguesía y su Estado) que tengan mano dura. Los linchamientos solo pueden alentar el gatillo facíl, la represión a la juventud, el discurso derechista que pide endurecer las penas y por ende la impunidad de las mafias policiales que manejan la delincuencia organizada del narcotrafico, la trata de personas, el robo de automotores y cuanto delito rentable puedan explotar. Por lo dicho anteriormente es una manifestación de la descomposición del aparato de Estado no solo de sus fuerzas represivas sino también de su componente político burocratico completamente ganado por la corrupción.




Las imágenes de brutales linchamientos contra presuntos protagonistas de robos, conmocionaron al país, sobre todo por la muerte del joven trabajador David Moreyra, apaleado por más de 50 personas. Estas espantosas manifestaciones involucran a decenas de personas de Rosario, Santa Fe, Capital y GBA, que intentaron “ajusticiar” a supuestos ladrones, moliendo a golpes y asesinando en banda, luego de una mera evaluación sumaria del rostro y del color de piel


miércoles, 2 de abril de 2014

Apuntes hacia el paro del 10 de abril: unidad burguesa, frente único y política independiente



 
Eduardo Castilla 
La crisis política y los ajustes lanzados por el gobierno -con el aval de la oposición patronal- llevan, progresivamente, a la entrada en la escena política del movimiento obrero. La idea de una “transición ordenada” hacia 2015, como se lo propone el conjunto de la clase dominante, tiene su talón de Aquiles en esta creciente intervención de la clase trabajadora. Tanto la huelga docente, de carácter histórico, como el paro convocado por Moyano y cía. para el 10/4, evidencian una tendencia estructural a la huelga general, como señalan FR y JDM.
Dichas acciones, en tanto continuación del proceso expresado el 20N, marcan el fin de la ausencia de la clase obrera como sujeto actuante en la vida política nacional. De momento, esta “re-aparición” se hace centralmente a través de sus direcciones burocráticas. Pero el peso de la izquierda trotskista constituye un elemento fundamental del conjunto de la situación. Elemento no menor para el análisis que hacen la prensa burguesa y el empresariado.
El capitalismo, en la era K, creó a sus potenciales sepultureros, dando lugar a una fuerza social que no puede ser doblegada fácilmente ni, por el momento, enfrentada de manera frontal. En esta relación de fuerzas social radica parte del triunfo político de la huelga docente -a pesar de la traición de Baradel-, el fracaso de intento de CFK de imponer el presentismo en la negociación con los gremios docentes y el llamado al paro del 10/4. Allí mismo hay que buscar la causa de la derrota del intento de imponer un techo salarial del 25%.
La relación de fuerzas actúa como un dique de contención a los intentos más derechistas de la política burguesa pero, como afirmaba Trotsky, será la lucha la que defina la profundización o un cambio en la misma. 

Los límites de la “unidad por arriba”

El conjunto de la clase dominante selló un pacto para permitir que CFK llegue hasta el final de su mandato. Pacto que cuenta con la bendición papal y el aval de la burocracia sindical en todas sus alas. En este pacto reside la fuerza actual del régimen político para enfrentar a las masas e intentar profundizar el ajuste. Esto no implica que las peleas entre “los de arriba” hayan cesado. Por el contrario, cada elemento importante de la situación la hace reemerger, como lo muestran las acusaciones del gobierno contra el paro que “favorecería a Massa” aunque, como se señale acá, es probable que éste no lo avale.
Pero esta unidad por arriba está marcada por el sello gris de la decadencia política estructural de los partidos de la burguesía.  La plana mayor de la política burguesa nacional, con sus Scioli, Massa, Carrió o Binner carece de grande estadistas o figuras de un peso sustancial entre las masas como para imponer una nueva relación de subordinación sin grandes derrotas de por medio.
El verdadero “hándicap” de la burguesía reside en las debilidades de la fuerza obrera, resultante del “modelo neoliberal” que, en su patrones fundamentales, no fue transformado bajo el kirchnerismo. Sobre ese aspecto se basa el poder que mantiene la burocracia sindical. La “fuerza” de las variantes políticas burguesas radica, esencialmente, en el apoyo a la “transición pactada” que ejercen las direcciones sindicales. Esto permite, por ahora, la continuidad del ajuste sin grandes sobresaltos ni “histeria” para la clase capitalista en las paritarias.

Paro general y frente único

El paro del 10/4, hasta cierto punto, pone en cuestión ese pacto de “unidad por arriba”, abriendo la posibilidad de la expresión de amplias capas obreras que se oponen al gobierno y el ajuste en curso. Como acción constituirá un nuevo paso en la entrada del movimiento obrero en la escena política.
El principal límite de esta convocatoria reside precisamente en el carácter de su dirección. Hace unos meses afirmábamos que la situación era todo lo avanzada o prerrevolucionaria que las direcciones del movimiento obrero lo permitían.
El cambio de política implica un cambio de táctica pero no de estrategia en la burocracia. Durante los primeros meses del año, cuando se produjo la devaluación y un salto inflacionario importante, la burocracia jugó el rol de inmovilizar las fuerzas obreras. Ante el paro docente sólo atinó a fuertes definiciones verbales pero garantizando la soledad de esa lucha. Ahora, cuando el “momento catastrófico” de la crisis parece haber menguado, el paro cumple la función de intentar represtigiar a la burocracia y fortalecer la perspectiva del apoyo a las figuras patronales de la oposición, en primer lugar a Massa, aunque esto no se declame abiertamente.
La táctica de contención y freno da lugar a la de medidas parciales. Pero la estrategia sigue estando basada en fortalecer a las variantes opositoras mientras el ajuste avanza sin acciones verdaderamente contundentes de respuesta.
En esta situación, la intervención independiente de sectores de la izquierda y la vanguardia obrera resulta fundamental. El Encuentro de Atlanta, que expresó un importante polo a la izquierda del conjunto de la burocracia sindical, convoca -a través de su Mesa provisoria-  a intervenir en el paro del 10 de abril activamente.
La relevancia de este llamado reside en su capacidad de actuar como polo independiente en el paro. En cambio, aquellos sectores que se negaron a participar del Encuentro, priorizando alianzas duraderas con un sector de la burocracia como la CTA Micheli, son parcialmente rehenes del acuerdo que éste sostiene con Moyano y Barrionuevo de hacer un paro sin movilización.

Frente único e independencia política

La entrada en escena de la clase trabajadora no constituye un hecho revolucionario per se pero implica un avance enorme en relación a los intentos de la burguesía de descargar la crisis sobre sus espaldas. Al mismo tiempo, abre un terreno privilegiado para la intervención de las corrientes de izquierda trotskista con peso en la vanguardia combativa.
El “arte” del Frente único consiste, en gran parte, en golpear juntos y marchar separados. Es precisamente esa marcha “diferenciada” la que deberá expresarse en el golpe conjunto del paro del 10/4, mostrando nacionalmente a los sectores combativos y clasistas que, junto a proponerse enfrentar el ajuste, plantean la perspectiva de una salida independiente, ajena a las variantes políticas patronales como Massa, Scioli o el UNEN.
Esa diferenciación es fundamental para dar pasos en la construcción de fracciones clasistas y revolucionarias al interior de esas organizaciones sindicales, precisamente para derribar a la burocracia y avanzar en permitir la emergencia de la clase obrera como sujeto político independiente en la escena nacional. 
La relación entre el “factor espontaneo” (lo sindical) y el “factor consciente” (política independiente) no puede basarse sólo sobre la pura agitación política externa hacia el movimiento obrero. La independencia política de la clase trabajadora no puede ser sólo una expresión electoral sino que implica la construcción de una fuerza militante al interior de las organizaciones obreras que garantice la “renovación” de esa independencia mediante la constante lucha de clases. Como afirmaba Trotsky, “la independencia de la influencia de la burguesía no puede ser un estado pasivo”.
El mismo Trotsky, en los años 30’ y a propósito de la lucha en Alemania contra el fascismo escribía que “La lucha por el poder no se puede orientar apoyándose simplemente en los votos (…) se necesita tener apoyo en las fábricas, talleres, sindicatos y comités de fábrica” (pág.62).
La emergencia de la clase trabajadora y su entrada en escena en la vida nacional supone la posibilidad objetiva para la izquierda de desarrollar corrientes aún más amplias de militancia obrera y luchar por la conquista de los sindicatos. La debilidad histórica del peronismo es un elemento consustancial a esta posibilidad.