jueves, 18 de octubre de 2012

La continuación del pacifismo por otros medios (debate con Izquierda Socialista)

Posteamos esta nota del amigo Jonatan Ros publicada en La Verdad Obrera 497 donde seguimos el debate alrededor del reclamos de gendarmes y prefectos con Izquierda socialista


La continuación del pacifismo por otros medios 

La “lucha” de gendarmes y prefectos dejó un amontonamiento en la izquierda, que casi en su totalidad, se ubicó del lado “verde”. En el caso de Izquierda Socialista (IS), su fervor llega al punto, que en su web aparece una foto de los “uniformados”, como si se tratara de nuevos líderes proletarios. La misma foto tiene el MST y ambos debaten con el PTS con argumentos y citas idénticas, como si esta “lucha” hubiera suturado las heridas que los separaron, hace algunos años.
El dirigente de IS, Miguel Sorans (MS), se despacha con un artículo titulado “Sobre las huelgas policiales, la sindicalización, las FF.AA. y los socialistas revolucionarios” con más pretensiones que seriedad. Plantea apoyar las huelgas de los miembros de cualquier institución represiva del Estado burgués. Para justificarlo hace una comparación con la política bolchevique en la Revolución de 1905 y las “21 condiciones” de la III Internacional para el ingreso de los nuevos Partidos Comunistas luego de la Revolución Rusa, donde se les exige realizar agitación sobre las tropas. Nada tienen que ver esos ejemplos con la actual “lucha” de gendarmes y prefectos.
Sostenemos con claridad que, al igual que la policía, se trata de instituciones profesionalizadas cuyo objetivo es la represión interna. El fortalecimiento de su “tropa” no puede más que perjudicar la lucha de los trabajadores y el pueblo, que cada vez que pelean con seriedad tienen que enfrentarlas, como se vio durante su propio conflicto cuando reprimieron a trabajadores en Ezeiza. No se puede igualar a estas instituciones con un ejército de conscriptos donde los trabajadores y sectores populares son alistados de forma obligatoria. Se trata de una guardia pretoriana a la que no se puede ganar para el campo de la lucha obrera sólo con agitación y propaganda y mucho menos a partir del apoyo de sus demandas corporativas. Por otro lado, miles de gendarmes (más de 17.000) “conquistaron” ya, mediante cautelares, jugosos reajustes, que incluyeron no sólo a la oficialidad sino a gran parte de la suboficialidad, por lo que nada tienen de parecido a los campesinos y obreros despojados de todo y alistados para ir a la guerra.
La idea de que si ganaban los gendarmes se debilitaba Cristina y estaríamos mejor los trabajadores, es un razonamiento que no distingue izquierda de derecha. Se trataría de un fortalecimiento de los integrantes de uno de los pilares del Estado burgués, por lo cual la alegría podría ser de la oposición patronal, pero no de la izquierda. Pero además, es la institución elegida por el kirchnerismo para suplantar a las FF.AA., luego de que su derrumbe moral pos-dictadura limitara su papel y para tareas de “seguridad” ante la crisis de las policías. Es dudoso que un fortalecimiento de los gendarmes vaya contra el proyecto del gobierno que los ubicó como “fuerza estrella” de la “seguridad democrática”. El kirchnerismo invirtió millones de dólares en equipos de última generación para Gendarmería, incluyendo pertrechos de alta calidad, helicópteros y hasta tanquetas antimotines de tecnología israelí. Los efectivos aumentaron casi un 100%, y durante el gobierno de Néstor volvieron los “adicionales” y otros rubros en negro para superar “por izquierda” los aumentos salariales de los trabajadores estatales.
Que un problema fiscal lleve al gobierno a roces y choques con los gendarmes no convierte a esta “lucha” en un enfrentamiento de clase, ni de aliados de la clase obrera. El desalojo de la Panamericana contra los compañeros de la 60, encabezado por Berni -apenas terminado el primer round de esta “lucha”- y la denuncia penal que el Secretario de Seguridad hizo contra los choferes muestra que la unidad entre el gobierno y los gendarmes es más estrecha de lo que desean quienes buscan ver en los uniformados un aliado. Esto lo entienden los trabajadores combativos, como los de Kraft, que rechazan todo apoyo a los gendarmes, ya que cada vez que subieron a la Panamericana se encontraron con la visita del “aliado” de IS que los infiltró con el “Proyecto X”. Quizá en forma tragicómica lo entiendan los familiares de los gendarmes que al final del conflicto aún estaban en las escalinatas del Centinela y fueron desalojados por los propios gendarmes, haciendo real eso de que “por una pizza reprimís a tu mamá”.

Perdón Lenin…

MS cita la resolución de la III Internacional como muestra irrefutable de que es necesario apoyar a los gendarmes: “El deber de propagar las ideas comunistas implica la necesidad absoluta de desarrollar una propaganda y una agitación sistemática y perseverante entre las tropas”. En otras traducciones se encontrará que en vez de “tropa” dice “Ejército”. No por nada MS prefiere hablar de tropa en general a ver si pasa la idea de que son lo mismo ejércitos de millones de obreros y campesinos empujados a la 1° Guerra Mundial que los gendarmes argentinos, totalmente profesionalizados, dedicados a la represión (y a hacer juicios para obtener jugosos “adicionales”) en medio de una situación no revolucionaria.
Las “21 condiciones” para pertenecer a la III Internacional fueron adoptadas en 1920 luego de la Revolución Rusa y la 1° Guerra. Se refieren a la necesidad de tener política hacia las tropas formadas por millones que acababan de ser parte de una confrontación monstruosa. Trotsky en la Historia de la Revolución Rusa contará: “Fueron movilizados cerca de 15 millones de hombres que llenaban las zonas de combate, los cuarteles, los centros de etapa, se estrujaban y se pisoteaban unos a otros furiosos y con la maldición en los labios… Se calcula que el número de muertos, heridos y prisioneros rusos fue aproximadamente de 5 millones y medio”. Esto fue generalizado en Europa. Los levantamientos revolucionarios de soldados fueron moneda corriente en el final y en la post Guerra. Basta ver el levantamiento de los marineros alemanes en Kiel en octubre de 1918.
Esos soldados en Rusia constituyeron Soviets. Comparar esto con “el levantamiento del Edificio Centinela” parece un chiste si no fuese tan penoso ver gente que se dice de izquierda dar vueltas para apoyar a un puñado de gendarmes reaccionarios. Millones de obreros obligados a ser parte de los ejércitos burgueses debían conquistar derechos y organización y enfrentar a los altos mandos. Quien no tuviera una política para ganar a las tropas realmente cometería un “crimen,” pero quien “confunda” esta política con el apoyo a un grupo de gendarmes represores que quieren mejores ingresos comete otro “delito” similar. MS también da un ejemplo de “política bolchevique” citando a Lenin en 1905: “Los soldados de San Petersburgo quieren mejor rancho, mejor vestuario y mejor alojamiento, reclaman aumento de los haberes”. Se trataba de un momento revolucionario extremo que el artículo describe y que MS esconde (“La insurrección de Sebastopol se extiende cada vez más. El desenlace se aproxima. Los marinos y soldados que combaten por la libertad destituyen a sus jefes... Estamos, por consiguiente, en vísperas de un momento decisivo”) y se trataba de un Ejército que venía de combatir en la Guerra Ruso-Japonesa, donde por parte de Rusia participaron 2 millones de soldados con 125 mil bajas.
Para Trotsky comparar la política para ejércitos de obreros y campesinos conscriptos con la orientación hacia organismos de represión profesional está fuera de lugar. En el “Programa de acción para Francia” plantea: “Disolución de la policía, derechos políticos para los soldados (…) los obreros bajo las armas deberán conservar todos sus derechos políticos y estarán representados por comités de soldados, elegidos en asambleas especiales...Todas las policías, ejecutoras de la voluntad del capitalismo del estado burgués y de sus pandillas de políticos corruptos deben ser disueltas. Ejecución de las tareas policiales por las milicias obreras”. Y en la “Historia de la Revolución Rusa”, afirma: “Los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El Ejército ya es otra cosa. La multitud rehúye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo”
Lejos de esto, la idea reformista de conquistar la simpatía de las fuerzas de represión como Gendarmería, Prefectura y policía por medio de la agitación y el apoyo a sus demandas no es más que un pacifismo temeroso.

El oportunismo “por otros medios”

Clausewitz escribió la famosa frase “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Sin embargo, Sorans dice, intentando citarlo que “la guerra civil (sic) es la continuación de la política por otros medios”- Sin pretender que MS (o IS) estudie sistemáticamente a Clausewitz como hacemos en el PTS, sería bueno que leyeran al menos a Lenin y a Trotsky que citan innumerables veces la archiconocida “fórmula” del teórico militar prusiano, que como todo el mundo sabe no habla de “guerra “civil “. Más bien lo contrario, ya que Clausewitz concibe la guerra como una institución donde los sujetos son los Estados y no las clases (ya que es un teórico militar burgués y no un marxista) y consecuentemente con esto opina, con buen tino desde el punto de vista de las clases dominantes, que para ir a esas guerras es necesaria la “paz civil” en el propio bando, es decir, que no haya lucha de clases interna. Siguiendo ese consejo los burgueses cuando van a la guerra intentan comprar y cooptar a los jefes del proletariado, como hizo la burguesía de todos los países con la socialdemocracia en la 1º Guerra Mundial, (a los que no pudieron cooptar los metieron en prisión o los mandaron al exilio, como a Luxemburg, Lenin, Liebknecht o Trotsky sin ir más lejos).
Más allá de este error elemental, MS pretende basarse en Clausewitz para explicar que si en “la guerra civil” (la que para nosotros, marxistas, es junto a la insurrección la culminación de la lucha de clases) tendremos que ganar a los soldados (bue, a los gendarmes pero para el caso para IS es lo mismo), ahora en tiempos de paz hay que apoyarlos, porque la guerra es la continuación de la política. Como es cierto que la guerra es la continuación de la política por otros medios, la política revolucionaria actual de no apoyar a los gendarmes y prefectos tiene su “continuidad” en el impulso a toda forma de autodefensa obrera y popular que adopten las masas, en la perspectiva de la formación de milicias obreras para derrotar las fuerzas represivas, mientras que los apoyadores de hoy buscarán evadir con maniobras esos inevitables enfrentamientos, si es que nos preparamos para algo que merezca el nombre de revolución proletaria.

martes, 16 de octubre de 2012

Tatián, el "Libro Negro" y el mutismo "independiente"

Por Paula Schaller


En una charla-debate organizada recientemente en la Facultad de Filosofía y Humanidades, el decano ultra-kirchnerista Tatián,  visiblemente incómodo por las interpelaciones de Fernando Aiziczon, se despachó con un recurso más propio del arsenal ideológico de la derecha mestrista o macrista que de los pretendidos "nac & pop" (que, después de todo, para diferenciarse todavía tienen que cuidar las "formas progres"): la cita al nefasto Libro Negro del Comunismo. 
Este pasquín de propaganda contrarrevolucionaria vio la luz allá por el año 97, en plena restauración burguesa, como parte de una operación ideológica de demonización de la Revolución Rusa que por entonces cumplía su 80° aniversario. Lo alentaron los medios más reaccionarios de la Francia imperialista que, cuando se empezaban a expresar las primeras respuestas de las masas a la ofensiva burguesa (la huelga general de los trabajadores estatales franceses en el 95, las "guerras obreras" en Corea del Sur en el 96, el alzamiento obrero y campesino en Ecuador, las puebladas contra el menemismo en Argentina), pretendían borrar de su imaginación política el horizonte de la revolución recurriendo a una campaña de "terror sensacionalista" que, lejos de todo rigor analítico, consistió en igualar la lucha por el comunismo a una masacre sin precedentes en la historia de la humanidad. El "comunismo" fue identificado con el asesinato masivo de más de 100 millones de personas, más que la cantidad global de muertos ocasionados por las dos guerras mundiales imperialistas juntas, y transformado en una monstruosidad especular al nazismo, aunque a escala ampliada. Una especie de versión degradada de la teoría del derechista Ernest Nolte (con su conocida obra La guerra civil europea. 1914-1945. Bolchevismo y nacionalsocialismo), pero llevada al paroxismo: la concepción leninista de la revolución fue señalada como la responsable de los muertos a manos del imperialismo yanki en las guerras de Corea y Vietnam. (!!) 

Una vez más (y van...): contra las falsificaciones históricas 

Ya que Tatián trae a colación los peores argumentos de la reacción ideológica neoliberal, nos obliga una vez más a volver sobre tamañas falsificaciones históricas: el stalinismo no fue la continuación del bolchevismo sino su negación contrarrevolucionaria. Ni las matanzas stalinistas en la URSS (en las que, pareciera necesario aclarar, fueron físicamente exterminados gran parte de los bolcheviques de la vieja guardia y los oposicionistas -trotskystas-), ni los regímenes de partido único y ausencia de organismos democráticos de poder de las masas como los soviets (China, Cuba, Yugoslavia, Vietnam) fueron una continuidad de la perspectiva leninista/trotskysta sino su negación estratégica: aunque expropiaron a la burguesía, precisamente por no contar con organismos de tipo soviéticos ni estar encabezados por direcciones proletarias que impulsaran la revolución a escala internacional, estos regímenes nacieron burocratizados, por lo que muy lejos estuvieron de implicar la liberación de las masas del "reino de la necesidad" (y terminaron, salvo en el caso de Cuba, en el abierto paso de la burocracia al campo de la restauración capitalista). 
Hacer una igualación entre la lucha de los explotados del mundo y los regímenes de tipo "stalinista" que hablaron en nombre del comunismo, en el intento de desprestigiar toda perspectiva de lucha emancipatoria, es una operación más digna de los fukuyamas que allá por los 90 expresaban el triunfalismo burgués con la teoría del fin de la historia, que de aquellos que hoy se reivindican garantes del "retorno de la política" y se declaran enemigos fervorosos de la herencia noventista. 

De operaciones ideológicas ayer y hoy

Pero todo esto Tatián lo sabe, o al menos debería saberlo. Sucede que como intelectual oficialista intenta defenestrar la perspectiva de la izquierda porque tiene la complicada tarea ideológica y política de ensalzar la democracia burguesa como único horizonte posible y convencernos de que "a la izquierda del kirchnerismo está la pared". Algo por lo menos difícil en un país donde, como se analiza acá existe una creciente tendencia a la  emergencia política de la izquierda trotskysta, que desde hace años viene interviniendo como actor en la lucha de clases (Zanón y Brukman, el movimiento piquetero, la organización de sectores clasistas dentro del llamado sindicalismo de base) y que, en particular desde el año pasado, viene consolidándose como actor político en el escenario nacional alrededor de la existencia del Frente de Izquierda y los Trabajadores.
Una izquierda obrera y socialista que interpela (y combate) al kirchnerismo por izquierda, que lo deja incómodo ante sus imposturas, acostumbrado como está a elegir más convenientes "enemigos" (más retóricos que reales, hay que reconocer) para el "modelo" como "Clarín", los "ruralistas", los "monopolios", en un intento de darle algo de "mística" a un gobierno aliado de la burocracia sindical y lo más rancio del pejotismo que mantuvo lo esencial de la herencia noventista. Lo que sí, sorprende que hasta en el terreno de las "formas", (en general, el "arte" que más dominan), los intelectuales K se muestren tan poco cuidadosos, y se despachen sin más abrevando en las más grotescas fuentes del arsenal macartista neoliberal. En momentos de crisis capitalista, con un gobierno que se prepara para frenar toda expectativa de los trabajadores y las masas de obtener más conquistas mediante la lucha (y, si es necesario, a atacar directamente), la virulencia anti-izquierda pareciera ser un discurso más acorde a las necesidades políticas. 

Mutis por el foro

Poco se puede decir de aquellos que deciden no decir nada. O, más bien, que en su silencio lo dicen todo. Los compañeros de Gualicho (de la llamada izquierda independiente), en un charla organizada por ellos mismos, decidieron ser sujetos pasivos de todo debate político. Ni una sola palabra sobre el gobierno, ni sobre las tareas del movimiento estudiantil, sobre el movimiento obrero, sobre cómo organizarnos. Ni Ogando, (dirigente de La Mella), que integraba la mesa como panelista en representación de la izquierda independiente, ni los propios militantes de Gualicho, dijeron una sola palabra ante el debate planteado, ni aún cuando Tatián se despachaba con barbaridades macartistas como la que citamos arriba. Pero su silencio en un panel de debate no es casualidad, es la expresión de su silencio de todos los días ante los principales fenómenos políticos que atraviesan el país y la provincia, de su rotunda negativa a organizar al movimiento estudiantil alrededor de una perspectiva que, para ser verdaderamente de "independencia política", primero tiene que delimitarse claramente de las variantes patronales. 
Su silencio es su negativa a posicionarse claramente frente al kirchnerismo, del que nunca dicen nada. Resulta al menos extraño que organizaciones que nos hablan de la "construcción del poder popular desde abajo" no tengan nada que decir frente a un gobierno aliado de las mafias sindicales que asesinaron a Mariano Ferreyra, que mantiene al 40 % de los trabajadores precarizados y sin derechos, que gobierna con lo más rancio del PJ y sus señores feudales de las provincias (como Insfrán en Formosa, responsable del asesinato de los Quom que luchaban por sus tierras), que abarrotó de Gendarmes las barriadas pobres, y una larga lista de etc. 
Extraño "poder popular" que pareciera pretender construirse haciendo abstracción de los "poderes reales" que tenemos que prepararnos para enfrentar, mostrando que a la izquierda del kirchnerismo no hay ninguna "pared muda": somos miles, hombres y mujeres, los que todos los días nos organizamos en facultades, fábricas, escuelas, lugares de trabajo, barrios, con la perspectiva de construir la poderosa herramienta que nos permita vencer. 










lunes, 15 de octubre de 2012

lunes, 8 de octubre de 2012

El motín militar y la política de los revolucionarios




Por Paula Schaller y Eduardo Castilla

La crisis abierta por el motín de Prefectura y Gendarmería, al que se sumaron sectores de otras fuerzas represivas, lleva ya 6 días. Increíblemente, aunque parezca (y sea) un contrasentido, sectores de la izquierda salieron a apoyar el reclamo militar, rechazando el “ajuste” del gobierno. Pero, como dijo el amigo Dal Maso, la forma no debe opacar el contenido: esto no es un huelga, del mismo modo que un lock-out no es un paro.
Se trata de un motín dentro del aparato del Estado burgués, de una de sus instituciones centrales, la que reviste el monopolio de la violencia de una clase sobre el resto. No es una acción de la clase obrera aunque, formalmente, el gendarme o el prefecto cobren un salario por su labor. Precisamente, como señala Trotsky El hecho de que los policías hayan sido elegidos en una parte importante entre los obreros socialdemócratas no quiere decir absolutamente nada. Aquí, una vez más, es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero.
Esto, que debiera ser una cuestión de manual para quién se reivindica marxista, es dejado de lado por gran parte de la izquierda, que busca desesperadamente alguna aparición política alrededor de los fenómenos que imponen la agenda, haciendo fetichismo de los mismos sin importar que su contenido social y político sea reaccionario, como los cacerolazos de hace semanas y el motín militar por estas horas.
No toda acción de masas tiene carácter progresivo, sino que es preciso medirla desde el ángulo de su aporte a la independencia política de los trabajadores y al desarrollo de la lucha de clases en general, es decir, desde la perspectiva de la estrategia revolucionaria. Recordemos que el general prusiano Karl von Clausewitz planteaba que el primer acto del juicio, el más importante y decisivo que practica un estadista y general en jefe, es el conocer la guerra que emprende () el que no la confunda o la quiera hacer algo que sea imposible por la naturaleza de las circunstancias ()  Este es el primero y más general de todos los problemas estratégicos.
Este principio es el mismo que debemos aplicar para orientarnos en la lucha de clases: lo más importante es no confundir, ni por un instante, la naturaleza de la misma lo que implica, en términos políticos, no confundir nunca nuestras banderas con las de la burguesía y su Estado.

El fetichismo de la ruptura de la cadena de mando: lucha de clases y descomposición del Ejército burgués

Trotsky señala que el Ejército (y las fuerzas represivas en su conjunto, podríamos agregar) expresa de manera concentrada la estructura social de un país. Si históricamente los sectores bajos del Ejército en nuestro país se reclutaron entre sectores socialmente plebeyos, esta tendencia se ha profundizado en las últimas décadas, producto de los efectos de la dictadura y los gobiernos de la democracia burguesa que arrasaron parte importante de las conquistas de la clase trabajadora, sometiendo a las masas a las fluctuaciones brutales del ciclo económico (hiperinflación e hiperdesocupación) empobreciendo a millones estructuralmente. Resulta lógico así que la extracción social de una parte importante de las fuerzas represivas sea de sectores plebeyos de la población, que encuentran en las FFAA y las Fuerzas de Seguridad una salida laboral, como bien lo expresa el amigo Demian.
Pero sería un crimen de “leso mecanicismo” desprender, de esta composición social, el pasaje “automático” de esos sectores al campo de los trabajadores y el pueblo por el sólo hecho de protagonizar una protesta reivindicativa. Este proceso, muy al contrario, es sumamente complejo y se desarrolla mediante saltos cualitativos, dado que las fuerzas represivas están entre las instituciones más conservadoras de una nación.
En Historia de la Revolución Rusa, Trotsky señala que “el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina (…) los soldados, en su gran mayoría, se sienten tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo (…) los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre”. Trotsky describe aquí un ejército formado en base a la leva masiva y el reclutamiento obligatorio, de composición social centralmente campesina; no de fuerzas represivas profesionales como las que están amotinadas. Sin embargo, el método conserva su validez en tanto permite evaluar la dinámica y la relación entre la “rebelión” de los represores y los intereses del conjunto de las masas trabajadoras. La experiencia histórica evidencia que la lucha de clases aguda es precondición necesaria para que la descomposición de las fuerzas represivas no dé lugar a salidas reaccionarias.
Analizando la relación orgánica entre la ruptura de la disciplina al interior del ejército burgués y la marcha del ascenso revolucionario ruso, Trotsky plantea El nuevo régimen no fue implantado en el ejército por medio de medidas reflexivas aplicadas desde arriba, sino por movimientos impulsivos desde abajo. La autoridad disciplinaria de los oficiales no fue abolida, sino que se hundió sencillamente por sí misma en las primeras semanas de marzo. ´Era evidente -dice el jefe del Estado Mayor del mar Negro- que si un oficial hubiera intentado imponer una sanción disciplinaria al marinero, no habría tenido fuerzas para llevar a la práctica el castigo.´ En eso consiste uno de los signos de la revolución verdaderamente popular.
En resumen, la estabilidad de las fuerzas armadas se sacude al calor de la propia desarticulación que corroe al conjunto del tejido social en momentos revolucionarios. En este caso, como en muchos otros, no se puede pretender llegar al final de la película por el comienzo, ya que la primera condición para esta ruptura progresiva es la actividad revolucionaria del proletariado y las masas pobres, cuya preparación implica hoy, entre otras cuestiones, la mayor delimitación política de los trabajadores respecto al motín militar.
A raíz de ello, la ruptura de la cadena de mando no es, en sí misma y considerada aisladamente, un fenómeno progresivo, sino que dependiendo del estado general de la relación entre las clases, el nivel de actividad del movimiento obrero, etc., puede dar lugar al fortalecimiento de todo tipo de variantes reaccionarias al interior incluso de las mismas fuerzas de seguridad. Porque, tratándose de las fuerzas del Estado burgués encargadas de imponer el orden por la violencia, el primer aspecto de una ruptura progresiva tendría que ser el cuestionamiento de los sublevados a su propia función social, cuestión muy distinta a la que presenciamos hoy.

De motivos y argumentos para defender el reclamo de los represores (o hegemonía obrera vs. sindicalismo puro y duro)

El motín puso en aprietos al gobierno, obligándolo a un primer retroceso y a una negociación de la cual, como dice el amigo Rosso, saldrá mal parado. Pero esto le fue impuesto por su propia “debilidad estratégica”: así como señalamos hace un tiempo que el gobierno no podía prescindir de la burocracia sindical en tanto aparato de control sobre el movimiento obrero, tampoco puede hacerlo de las fuerzas represivas. De ahí la solución urgente al reclamo y la negociación abierta. Esa identificación de la debilidad del kirchnerismo es la que llevó a este intento de “diálogo” entre los movimientos de base K y la base represora en protesta.
Pero en ocasión de este conflicto, sectores de la izquierda vuelven a hacer gala de su pérdida de brújula y de una concepción profundamente sindicalista de la política, opuesta por el vértice a la estrategia revolucionaria. Izquierda Socialista plantea “los sublevados (…) exigen un aumento de salarios, que sus ingresos sean en blanco y ser parte de las negociaciones. Es necesario que tengan derecho a sindicalizarse para defender sus derechos sin represalias, con el compromiso de que no repriman las protestas populares.
Lo mismo sostiene el PCR -más coherente con su estrategia de abierta colaboración de clases- al plantear que el reclamo salarial es justo y demostrativo de la política del gobierno nacional de ajuste con salario en negro. Esta situación tiene que servir de enseñanzas a los integrantes de estas fuerzas cuando el gobierno las mande a reprimir organizaciones populares que se movilizan por reclamos similares a los que están planteados en este conflicto.                      
Suenan un tanto ingenuas estas definiciones, que siembran expectativas en que los represores se vuelvan su contrario por mera evolución de su conciencia reivindicativa, pasando por alto algo tan elemental como el hecho de que un fortalecimiento de éstos sectores en el marco de una situación general de pasividad del movimiento obrero y de una coyuntura más a la derecha no puede redundar a favor de los trabajadores y el pueblo.
El MST -también más coherente con su derrotero centroizquierdista- sostiene la misma posición que IS y el PCR, pero tiene quizás el mérito involuntario de hacer explícita la contradicción que encierra: Ante una rebaja salarial de tamaña magnitud estos sectores han salido a reclamar como lo haría cualquier trabajador. Más allá de las posturas reaccionarias que se han manifestado en medio de estos sectores movilizados y del rol institucional que juegan estas fuerzas, los reclamos en curso son absolutamente justos, los mismos por los que luchan miles de trabajadores que enfrentan similares medidas de ajuste salarial y laboral (negritas nuestras).
Sólo con escribir más allá se pretende estar, en la realidad concreta, más allá del rol institucional reaccionario que juegan estas fuerzas, volviendo justos los reclamos de los mismos. El común denominador de estas posiciones, que ven en gendarmes y prefectos a trabajadores como cualquier otro por recibir un salario, es un fuerte sindicalismo que desemboca en el claro oportunismo.
En primer lugar, porque borra el antagonismo de intereses que media entre la clase obrera y los agentes del Estado burgués. El planteo de la sindicalización de militares y policías es un desarrollo in-extremis de esta igualación formal, al punto de que se concibe la posibilidad de que, sindicalización mediante, las fuerzas se puedan democratizar por vías más o menos pacíficas y renegar de su función social coercitiva. ¿Acaso la sindicalización de la policía en Francia sirvió para que sus demandas confluyeran con las de otros trabajadores? Por el contrario, sirvió para equipar de mejor armamento e instruir con nuevas técnicas represivas a una policía entrenada en métodos de brutal represión y apremio a inmigrantes, cuestión que estuvo en la base de las revueltas de las periferias que sacudieron los barrios pobres de París hace unos años. 
Contrario a esto, el punto de vista de los socialistas revolucionarios es que por su propio carácter social, las instituciones represivas son irreformables. De ahí la pelea por el desmantelamiento del aparato represivo, sin alentar ilusión alguna entre los trabajadores y los sectores populares de que, en los marcos de éste régimen, las fuerzas de seguridad puedan desempeñar rol alguno progresivo.
En segundo lugar, estas posiciones parten del sentido común de que la mera lucha reivindicativa es condición suficiente para el desarrollo político de la clase obrera, (cuestión que iría acompañada del voto a la izquierda). Para que la situación evolucione a izquierda, sólo haría falta que la clase obrera sume sus reclamos reivindicativos a los del resto de los sectores en lucha, a saber: la clase media cacerolera que exige seguridad y los milicos represores que quieren aumento de salario.
Aunque implique un gran ejercicio en el que la clase obrera tensa sus músculos, el mero desarrollo de la lucha económica-reivindicativa, por sí mismo, no resuelve el problema de su maduración política, cuestión que tampoco resuelve el voto a la izquierda. Para avanzar en ese camino, al interior de la clase obrera necesariamente tienen que desarrollarse tendencias que combatan toda intromisión de la política y la ideología burguesa entre los trabajadores, que mantengan ante cada hecho de la realidad un punto de vista de clase y batallen por la independencia política y un programa propio que dé respuesta al conjunto de las demandas de la nación oprimida. Ahí entra el rol de la izquierda en el movimiento obrero. La política de quienes apoyan el reclamo de los represores es claramente opuesta a esta perspectiva. Al mismo tiempo, todo abstencionismo o ambigüedad ante este reclamo (como la que sostiene el Partido Obrero en esta nota) constituye un error cabal desde el punto de vista de la preparación consciente de la clase obrera para la lucha revolucionaria y la clara identificación de sus enemigos.
La concepción sindicalista (de mera sumatoria de todas las demandas, independientemente del contenido progresivo o reaccionario de éstas) aparece en “estado químicamente puro”  en la política de Izquierda Socialista que entiende que el reclamo de los gendarmes y prefectos es una razón más para llamar a marchar masivamente el próximo 10 de Octubre a Plaza de Mayo ante la convocatoria hecha por la CTA-Micheli junto al gremio de camioneros”. A riesgo de ser reiterativos: la clave de la estrategia revolucionaria pasa, en primer lugar, por no confundir las banderas ni perder el norte de la independencia política de los trabajadores. Todo lo contrario pasará en el acto de la movilización del 10/10, que tendrá como orador al patrón sojero Buzzi, entre otros (ver aquí).

La preparación estratégica de la “lucha por las tropas”

Lenin señalaba que “a menos que la revolución adquiera un carácter de masas e influya en las tropas, no puede hablarse de una lucha seria. Ni que decir tiene que tenemos que trabajar entre las tropas. Pero no debemos imaginar que se pasarán de golpe a nuestro lado como resultado de la persuasión o de sus propias convicciones (…) la vacilación de las tropas, que es inevitable en todo movimiento verdaderamente popular, conduce a una auténtica lucha por las tropas siempre que se agudiza la lucha revolucionaria” (citado en Las Antinomias de Antonio Gramsci, resaltado propio)
Pero esa lucha “por las tropas” puede preverse y prepararse, superando toda tentación “espontaneísta”, que deviene en pacifismo frente al Estado burgués. El desvivirse por el reclamo de los represores niega esta preparación consciente de la clase obrera para luchar por ganar para su causa a sectores de las fuerzas represivas. Contra esta visión facilista de la desintegración del Estado burgués, discutía Trotsky en 1932 respecto a Alemania, señalando que era utópico esperar que las fuerzas policiales impidieran el avance del fascismo simplemente por el origen social de las mismas y la pertenencia de muchos a la socialdemocracia.
En ¿Adónde va Francia? advertía lo mismo contra la visión pacifista del PC, indicando que “Una conquista pacífica, serena del ejército es aún menos posible que la conquista pacífica de una mayoría parlamentaria” (marzo de 1935). En 1938, en el Programa de Transición, señalará que “La burguesía advierte claramente que en la época actual la lucha de clases infaliblemente tiende a transformarse en guerra civil (…) Los reformistas inculcan sistemáticamente a los obreros la idea de que la sacrosanta democracia está más segura allí donde la burguesía se halla armada hasta los dientes y los obreros desarmados”
En momentos de decadencia capitalista y crisis social, las fuerzas represivas (estatales y paraestatales) tienden a convertirse en la herramienta central de dominación capitalista. El “consenso” cede paso a la “coerción”. De allí que el debilitamiento del Estado burgués y la preparación consciente de los sectores avanzados de trabajadores en esa perspectiva sea una tarea central de las organizaciones que se reivindican revolucionarias.
A esto apuntaba Trotsky cuando señalaba que “Los piquetes de huelgas son las células fundamentales del ejército del proletariado (…) Es preciso inscribir esta consigna en el programa del ala revolucionaria de los sindicatos (…) es preciso constituir prácticamente milicias de autodefensa, adiestrándolas en el manejo de las armas” (…) Sólo gracias a un trabajo sistemático, constante, incansable valiente en la agitación y en la propaganda, siempre en relación con la experiencia de la masa misma, pueden extirparse de su conciencia las tradiciones de docilidad y pasividad: educar destacamentos de heroicos combatientes, capaces de dar el ejemplo a todos los trabajadores, infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución, aumentar la confianza en sí mismos de los explotados”
La perspectiva de la conquista de las Fuerzas Armadas y de seguridad para la causa de la clase trabajadora no puede estar desligada de la lucha por preparar conscientemente a la clase obrera en el camino del enfrentamiento al Estado burgués y sus fuerzas. Preparación que es política en el sentido amplio, abarcando la necesaria delimitación de toda variante política burguesa, así como organizativa, avanzando en la organización de la autodefensa militar obrera.
Este conjunto de aspectos, nodales a la estrategia revolucionaria y que, lejos de ser una cuestión "libresca" estarán cada vez más planteados como cuestión de política actual conforme se profundice la lucha de clases, está completamente ausente en los análisis y la política de la izquierda frente al reclamo de gendarmes y prefectos, mostrando una vez más, como correctamente se ha señalado aquí, el “grado cero” de la estrategia trotskista.