lunes, 15 de febrero de 2016
domingo, 14 de febrero de 2016
Creatividad y resentimiento político (así habla un paredón en Caballito)
La pintada terminaba diciendo "devolvé la banca".
Cuando Kirchner "traicionó" a Duhalde en 2005 ¿éste tenía derecho a decirle "devolvé la presidencia"?
Dilemas del peronismo que tiene un sólo día de la lealtad y 364 para la traición (salvo los años bisiestos)
viernes, 12 de febrero de 2016
Horacio González y el relato después del Relato
Foto: Anfibia
Eduardo Castilla
“Entonces el peronismo para mediar toma la palabra revolución
y ésa es una de sus alas semánticas; y al mismo tiempo que la toma la quiere
como conjurar, contener, explicar que no es tan así a sus otros interlocutores
que son empresarios, personajes de la Bolsa. El discurso de la Bolsa es un
discurso que muchos intentamos ponerlo en el lugar de un discurso de ocasión
para contener lo que una revolución legítima provoca en el sector reaccionario,
llamado así por la reacción a la revolución. No tengo la tendencia a pensarlo,
aunque siempre me originó ciertas dudas, como una expresión de lo que era la
verdad del peronismo. Para mí la verdad del peronismo era como un vacío de los
que hoy habla la historia política, como núcleo de indeterminación o de
indecibilidad” (Horacio González, Historia y pasión)
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Por estos días Horacio González (HG) ensaya una suerte de
balance del período kirchnerista. Pero, al igual que lo afirma en la cita que
antecede, parece poco dispuesto a querer pensarlo a fondo.
Lejos de un intento de dilucidar algunas claves que permitan
explicar la derrota electoral del pasado 22 de noviembre y el declive político que
por estas horas exhibe el kirchnerismo más concentrado, HG se propone ser el
vocero de una repetición talmúdica. Repetición del relato o de aspectos
centrales del mismo.
El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los
referentes de la ya extinta Carta Abierta, sostiene los tópicos comunes que
fueron construidos desde el vértice del poder estatal, en aras de la “gobernabilidad”.
Muy lejos de
Clausewitz, muy cerca de Laclau
HG ha publicado hasta el momento 5 de las 10 entregas
prometidas para realizar un balance del kirchnerismo. Se trata de una suerte de
ensayo en cuotas, presentado bajo el título Derrota
y esperanza: un folletín argentino por entregas y se puede
leer en la página La Tecl@ Eñe.
En la primera de las entregas HG se centra en
la llamada “batalla cultural”. No se trata de una elección arbitraria o
infundada, sino que el conjunto de su esquema –por lo menos hasta la última
presentación- está orientado a pensar los límites del “proyecto” desde la
batalla contra Clarín y desde los discursos puestos en circulación.
Dice allí que “lo que se definió como “batalla
cultural” tenía varias piezas centrales (…) una de las cuales era una
formidable pieza legislativa, finalmente aprobada pero a la vez neutralizada
luego por distintos medios (esencialmente jurídicos), que se llamó ley de
servicios de comunicación audiovisual, nombre técnico de un conjunto de
disposiciones tendientes a desmonopolizar el control de audiencias (…) Esta ley
apuntaba especialmente al grupo Clarín (…) Esta batalla cultural, implicaba
necesariamente la posesión de “fierros propios”, en un modelo de lucha que no
era de cuño tradicional, extraña a los “manuales clausewitzianos” (…) dentro de
lo necesario del tratamiento de la monopolización mediática, se pasó por alto,
lo que de alguna manera era inevitable, la configuración de Clarín como un ente histórico o poseedor de
una evidente historicidad. No se tuvieron en cuenta, con la repentina
fustigación del “Clarín miente”, las
diferentes fases que atravesó la ideología y la metodología del grupo (…) Clarín es el testigo privilegiado de numerosos
fracasos políticos de la Argentina, no solo el del desarrollismo frondizista,
sino el de las diversas izquierdas y peronismos de izquierda”.
La popularmente llamada Ley de medios no dio
pasos sustanciales en aquello que se asignaba como su tarea central. La desmonopolización
se transfiguró en pelea de dos monopolios mediáticos. Clarín como co-director
de la ofensiva contra el gobierno por un lado y, frente a ellos, un
conglomerado de medios sostenidos desde el poder estatal. Una tropa que, por
estos días, se diluye con la consecuencia de una oleada de despidos contra los
trabajadores.
Pero la configuración histórica
de Clarín –es decir su rol central en el dominio capitalista nacional- no se
pasó por alto “de manera inevitable”. Por el contrario, como es ampliamente
conocido, en el final de su mandato Néstor Kirchner prorrogó todas las
licencias del grupo. Así, el mismo kirchnerismo que lanzó una ley para “desmonopolizar”,
creó y alentó monopolios mediáticos a diestra y siniestra por años.
Si la consigna “Clarín miente” se convirtió
en una de las claves de la edificación del relato en los años posteriores, fue
porque permitió simplificar los antagonismos casi hasta el absurdo. Por años,
la “Corpo” fue solo Clarín. Su demonización iba paralela a políticas que permitían
ganancias siderales al conjunto del gran capital, incluido el “agro-power”,
aquel enemigo “mortal” de 2008.
“Clarín miente” fue la clave de una batalla discursiva donde
el enemigo no era nunca alcanzado por los golpes. El relato se sostenía mientras
se abandonaba toda confrontación real.
Relato y la realidad
En la segunda de las entregas HG aborda “la
compleja noción de “relato” al
decir de los presentadores de la revista. Dice el ex Carta Abierta que “relato
era aquí sinónimo de impostura, de falsedad, de fingimiento, de “invención de
tradiciones”, en suma, una superchería de Estado para contarle a los crédulos
una historia apócrifa sobre los gobernantes, sus orígenes y propósitos”.
Pocos renglones después agrega que “su empeño anti-corporativo, que
desde luego se dirigía privilegiadamente contra el grupo Clarín, aunque
ciertamente mucho menos contra otras corporaciones “no mediáticas” (pero a las
que de una manera u otra Clarín articulaba: Monsanto, Barrick Gold, Chevron,
etc.) no lograba interesar a las izquierdas ni a una parte sustancial de la
vida popular, que en el “gran monopolio mediático”, no veía sino la posibilidad
de saber cómo se resolvían los misterios de amor y los prodigios de la ilusión
en una telenovela que recreaba “las mil y una noches””.
Precisamente el relato se cimentó sobre la base de presentar una
vocación de lucha contra las “Corporaciones” que no era tal. La pelea con Clarín se redujo a una “guerra de
medidas cautelares”, que fueron esencialmente favorables al “gran diario
argentino”.
Pero en relación a otras “corpos”, la política del gobierno fue
abiertamente favorable. Fue la misma CFK quien impulsó la radicación de plantas
de Monsanto y permitió el florecimiento de sus negocios, de la mano de una
creciente sojización que solo era combatida en las palabras. Lo mismo aconteció
con las grandes mineras, que siguieron gozando de beneficios siderales gracias
a un Código Minero heredado del menemismo y nunca puesto en cuestión. De
Chevron se puede recordar que fue la beneficiaria de la reprivatización del minoritario
porcentaje de YPF que había sido nacionalizado. Otra beneficiada fue la
española Repsol, primero catalogada como “saqueadora” y luego premiada con una indemnización
de miles de millones de dólares.
La raíz de que la izquierda no “se interesase” por estas peleas debe
buscarse precisamente en la ausencia de toda epicidad. La “batalla cultural”
seguía desarrollándose sobre todo en la superestructura y los discursos, sin
tocar nunca la estructura social –excepto y muy parcialmente- con la
nacionalización de las AFJP. La guerra se libraba según los conceptos de Ernesto
Laclau y Chantal Mouffé.
Por otra parte, la crítica a la “vida popular” no deja de sorprender viniendo
de un intelectual que revindica el peronismo. Precisamente el desinterés de las
masas populares en esas “batallas” contra las corporaciones radicó en la nula influencia
de las mismas en la vida cotidiana de aquellas. Si el primer peronismo podía
construir su propio “relato” a partir de las profundas transformaciones en la
vida de la clase trabajadora –logradas con luchas pero a costa de la integración
política al movimiento fundado por Juan Perón- el kirchnerismo careció de credenciales
sólidas en ese terreno.
La enorme continuidad del trabajo precario en un tercio de la clase
trabajadora, la ausencia de derechos sindicales en amplias capas, los más que insuficientes
recursos destinados a jubilaciones y AUH si se compara con los pagos de la
deuda externa o a los Fondos buitres; todos determinantes de los límites que el
kirchnerismo tenía entre capas profundas de las masas.
Sobre esos límites jugó el macrismo para imponerse. Concentró su fuego en
el “estilo” prometiendo sostener las medidas que contaban con aceptación social.
Precisamente el desplazamiento por medios electorales habla de la debilidad del
vínculo político entre kirchnerismo y amplios sectores de las masas. HG no se
propone realizar ese análisis. El resultado es terminar condenando una
telenovela.
Injurias, corrupción y denuncias
Los límites que se autoimpone HG para analizar el ciclo político que
terminó hace pocos meses lo llevan por laberínticos caminos. El motor de la
caída política del anterior gobierno debe buscarse en las calumnias que se
repitieron sin cesar.
Leemos que “con el matrimonio Kirchner (…) crecieron hasta proporciones
gigantescas los ataques donde el pasado de la pareja presidencial era examinado
por peritos en detectar supuestas falsedades y mascaradas”. Antes habíamos
leído que esa “campaña de una dimensión (…) de la que no se tenía acabada
noción en el país. Sin duda, superaba a lo que se había visto en la época de
Perón –aunque en especial luego de caído este gobierno en el 55- y a la larga
persistencia del diario Crítica para deteriorar durante los finales de los años
20 al gobierno de Yrigoyen”.
En el mismo sentido, y ya en la tercera entrega de su
folletín, HG afirma que “no hay concepto más escurridizo e inaprensible que
el de corrupción (…) La inevitable carga moral que subyace en él, su poder
agraviante y desestabilizador (…) tienen una fuerza capaz de resquebrajar
cualquier andamiaje gubernativo”.
Campaña
de injurias y acusaciones de corrupción se convierten así en los elementos que
definen el clivaje social que llevó a la caída por vía electoral del
kirchnerismo.
Que la casta judicial haya operado y opere en pos de golpear al kirchnerismo,
no objeta que muchos de esos casos son reales. Tan reales como lo fueron bajo
el menemismo, la Alianza y lo serán bajo el macrismo. Esa corrupción es
inherente a la estructura de una casta política que gestiona el Estado burgués al
servicio de una mayor rentabilidad para el capital. La contraparte son salarios
millonarios que permiten un nivel de vida cercano al de los mismos
capitalistas.
A pesar de sostener que “lo que hay que hacer no es situarse en una
hipótesis de rechazo indignado de estas incómodas situaciones (…) todos los que
estuvimos en esa situación, debamos explicarnos y su vez reclamar explicaciones”,
Horacio González emprende una defensa de uno de las más cuestionadas figuras del kirchnerismo.
En su quinta
entrega, a pesar de que desde el título propone “reflexionar sobre la
figura de Cristina”, HG nos habla de “la inclemencia de las peores
adjetivaciones, totalmente contaminadas con el afán de enviar cabezas
propiciatorias al cadalso. Una de ellas: la rubia testa de uno de los
ex-ministros de economía de Cristina, guitarrista ocasional del grupo la Mancha
de Rolando, acusado ahora de todas las manchas posibles que puedan tener el
tal Rolando o cualquier otro hombre, llámese como se quiera, pero al que
fundamentalmente no se le perdona la estatización de los fondos de pensión,
entre los que se hallaban papeles accionarios de empresas cruciales, entre
ellas, Clarín”.
Así, Amado Boudou, nacido en la liberal UCeDé y poseedor de un lujoso
departamento en Puerto Madero -entre otros bienes no menores-, es elevado al
rango de una suerte de jacobino moderno, enemigo del poder económico. La “guillotina”
que hoy cae sobre él no es más que la venganza de los poseedores por su espíritu
“expropiador”.
Horacio González cierra así el
círculo de su propio relato, que empieza en absolutizar el poder de Clarín -aunque
dejando sin explicación el origen del mismo- para terminar defendiendo a Amado
Boudou.
Relato y metafísica
Hegel escribía al inicio de su Lógica que “el dogmatismo de la metafísica del entendimiento
consiste en mantener las determinaciones exclusivas del pensamiento en su
aislamiento”. Podríamos recurrir a Marx o a cualquiera que nos presente un enfoque dialéctico de las cosas
pero el nudo de la cuestión seguiría siendo el mismo.
La crítica esencial radica en que HG abstrae una serie de elementos
y los convierte –hasta el momento- en la explicación única de la derrota
electoral. Clarín, las calumnias contra los Kirchner, las denuncias de
corrupción son los arietes de una reflexión que no se propone llegar hasta las
causas últimas del declive kirchnerista.
La “verdad” del kirchnerismo –término al que resulta difícil adherir
de manera incondicional- debe buscarse en una conjunción de factores
económicos, políticos y sociales. Cuando aún el kirchnerismo entraba y salía
por las puertas de la Casa Rosada, escribimos
esta suerte de balance parcial que buscaba analizar más en profundidad el
período. En un sentido similar -ya finalizada la “década ganada”- se escribió
aquí, dando cuenta de los múltiples momentos de giro a la derecha del
kirchnerismo que, como ya es sabido, terminaron encumbrando a Scioli como
candidato único del “modelo”.
Aunque los elementos de un balance más acabado del periodo
kirchnerista todavía se sigan escribiendo, ya es bastante lo dicho para
entender las razones de su fracaso. Su épica se estrelló contra los límites de
su propia esencia de movimiento político burgués restauracionista. Esa “verdad”
es la que HG prefiere no pensar.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Los Censores (Luisa Valenzuela)
¡Pobre Juan!
Aquel día lo agarraron con la guardia baja y no pudo darse cuenta de que lo que
él creyó ser un guiño de la suerte era en cambio un maldito llamado de la
fatalidad. Esas cosas pasan en cuanto uno descuida, y así como me oyen uno se
descuida tan pero tan a menudo. Juancito dejó que se le viera encima la alegría
--sentimiento por demás perturbador -- cuando por un conducto inconfesable le
llegó la nueva dirección de Mariana, ahora en París, y pudo creeer así que ella
no lo había olvidado. Entonces se sentó ante la mesa sin pensarlo dos veces y
escribió una carta. La carta. Esa misma que ahora le impide concentrarse en su
trabajo durante el día y no lo deja dormir cuando llega la noche (¿qué habrá
puesto en esa carta, qué habrá quedado adherido a esa hoja de papel que le
envió a Mariana?).
Juan sabe que
no va a haber problema con el texto, que el texto es irreprochable, inocuo.
Pero ¿y lo otro? Sabe también que a las cartas las auscultan, las huelen, las
palpan, las leen entre líneas y en sus menores signos de puntuación, hasta en
las manchitas involuntarias. Sabe que las cartas pasan de mano en mano por las
vastas oficinas de censura, que son sometidas a todo tipo de pruebas y pocas
son por fin las que pasan los exámenes y pueden continuar camino. Es por lo
general cuestión de meses, de años si la cosa se complica, largo tiempo durante
el cual está en suspenso la libertad y hasta quizá la vida no sólo del
remitente sino también del destinatario. Y eso es lo que lo tiene sumido a
nuestro Juan en la más profunda de las desolaciones: la idea de que a Mariana,
en París, llegue a sucederle algo por culpa de él. Nada menos que a Mariana que
debe de sentirse tan segura, tan tranquila allí donde siempre soñó vivir. Pero
él sabe que los Comandos Secretos de Censura actuan en todas partes del mundo y
gozan de un importante descuento en el transporte aéreo; por lo tanto nada les
impide llegarse hasta el oscuro barrio de País, secuestrar a Mariana y volver a
casita convencidos de a su noble misión en esta tierra.
Entonces hay
que ganarles de mano, entonces hay que hacer lo que hacen todos: tratar ese
sabotear el mecanismo, de ponerle en los engranajes unos granos de arena, es
decir ir a las fuentes del problema para tratar ele contenerlo.
Fue con ese
sano propósito con que Juan, como tantos, se postuló para censor. No por
vocación como unos pocos ni por carencia de trabajo como otros, no. Se postuló
simplemente para tratar de interceptar su propia carta, idea para nada novedosa
pero consoladora. Y lo incorporaron de inmediato porque cada día hacen falta
más censores y no es cuestión de andarse con melindres pidiendo antecedentes.
En los altos
mandos de la Censura no poían ignorar el motivo secreto que tendría más de uno
para querer ingresar a la repartición, pero tampoco estaban en condiciones de
ponerse demasiado estrictos y total ¿para qué? Sabían lo difícil que les iba a
resultar a esos pobres incautos detectar la carta que buscaban y, en el
supuesto caso de logrlo, ¿qué importancia podían tener una o dos cartas que
pasan la barrera frente a todas las otras que el nuevo censor frenaría en pleno
vuelo? Fue así como no sin ciertas esperanzas nuestro Juan pudo ingresar en el
Departamento de Censura del Ministerio de Comunicaciones.
El edificio,
visto desde fuera, tenía un aire festivo a causa de los vidrios ahumados que
reflejaban el cielo, aire en total discordancia con el ambiente austero que
imperaba dentro. Y poco a poco Juan fue habituándose al clima de concentración
que el nuevo trabajo requería, y el saber que estaba haciendo todo lo posible
por su carta--es decir por Mariana--le evitaba ansiedades. Ni siquiera se
preocupó cuando, el primer mes, lo destinaron a la sección K, donde con
infinitas precauciones se abren los sobres para comprobar que no encierran
explosivo alguno.
Cierto es que
a un compañero, al tercer día, una Carta le voló la mano derecha y le desfiguró
la cara, pero el jefe de sección alegó que había sido mera imprudencia por
parte del damnificado y Juan y los demás empleados pudieron seguir trabajando
como antes aunque bastante mis inquietos. Otro compañero intentó a la hora de
salida organizar una huelga para pedir aumento de sueldo por trabajo insalubre
pero Juan no se adhirió y después de pensar un rato fue a denunciarlo ante la
autoridad para intentar así ganarse un ascenso.
Una vez no
crea hábito, se dijo al salir del despacho del jefe, y cuando lo pasaron a la
sección J donde se despliegan las cartas con infinitas precauciones para
comprobar si encierran polvillos venenosos, sintió que había escalado un
peldaño y que por lo tanto podía volver a su sana costumbre de no inmiscuirse
en asuntos ajenos.
De la J,
gracias a sus méritos, escaló rápidamente posiciones hasta la sección E donde
ya el trabajo se hacía más interesante pues se iniciaba la lectura y el
análisis del contenido de las cartas. En dicha sección hasta podía abrigar
esperanzas de echarle mano a su propia misiva dirigida a Mariana que, a juzgar
por el tiempo transcurrido, debería de andar más o menos a esta altura después
de una larguísima procesión por otras dependencias.
Poco a poco
empezaron a llegar días cuando su trabajo se fue tornando de tal modo
absorbente que por momentos se le borraba la noble misión que lo había llevado
hasta las oficinas. Días de pasarle tinta roja a largos párrafos, de echr sin
piedad muchas cartas al canasto de las condenados. Días de horror ante las
formas sutiles y sibilinas que encontraba la gente para transmitirse mensajes
subversivos, días de una intuición tan aguzada que tras un simple "el
tiempo se han vuelto inestable" o "los precios siguen por las
nubes" detectaba la mano algo vacilante de aquel cuya intención secreta
era derrocar al Gobierno.
Tanto celo de
su parte le valío un rápido ascenso. No sabemos si lo hizo muy feliz. En la
sección B la cantidad de cartas que le llegaba a diario era mínima--muy
contadas franqueaban las anteriores barreras-- pero en compensación había que
leerlas tantas veces, pasarlas bajo la lupa, buscar micropuntos con el
microscopio electrónico y afinar tanto el olfato que al volver a su casa por
las noches se sentía agotado. Sólo atinaba a recalentarse una sopita, comer
alguna fruta y ya se echaba a dormir con la satisfacción del deber cumplido. La
que se inquietaba, eso sí, era su santa madre que trataba sin éxito de
reencauzarlo por el buen camino. Le decía, aunque no fuera necesariamente
cierto: Te llamó Lola, dice que está con las chicas en el bar, que te extrañan,
que te esperan. Pero juan no quería saber nada de excesos: todas las
distracciones podían hacerle perder la acuidad de sus sentidos y él los
necesitaba alertas, agudos, atentos, afinados, para ser perfecto censor y detectar
el engaño. La suya era una verdadera labor patria. Abnegada y sublime.
Su canasto de
cartas condenadas pronto pasó a ser el más nutrido pero también el más sutil de
todo el Departamento de Censura. Estaba a punto ya de sentirse orgulloso de sí
mismo, estaba a punto de saber que por fin había encontrado su verdadera senda,
cuando llegó a sus manos su propia carta dirigida a Mariana. Como es natural,
la condenó sin asco. Como también es natural, no pudo impedir que lo fusilaran
al alba, una víctima más de su devoción por el trabajo.
martes, 20 de octubre de 2015
Cinco años
Cinco años se pasan volando. Pero
es mucho tiempo igual. O poco. Depende.
Cinco años en los que nuestra
lucha permitió que parte, solo una parte, de los responsables del asesinato de
Mariano fueran presos.
Pero nuestra lucha fue
insuficiente para que cayera Tomada y todos los empresarios que habían sido cómplices
de la situación que llevó al asesinato
de Mariano. Y en ese sentido, aún es poco el tiempo.
Nuestra lucha tampoco alcanzó
para que a Pedraza le dieran perpetua. Sí sirvió para que vaya preso y que un
manto de condena social pese sobre él.
Mariano es hoy una bandera de
lucha para todos nosotros. Es también una demostración cabal de los métodos de
la burocracia sindical peronista que, desde aquellos tiempos en que armaba la Triple
A, hasta la actualidad, ha cambiado relativamente poco.
Cinco años es poco tiempo para
lograr que un movimiento obrero, que sufrió enormes derrotas en la dictadura y
el menemismo, se ponga de pie y se pueda sacar de encima a todos los Pedraza,
los Moyano y los demás que no entran en la letra de la canción que cantamos siempre.
Sin embargo, en ese camino estamos.
Cinco años es suficiente tiempo
para corroborar que el llamado progresismo kirchnerista era un relato de gran
escala. Pedraza está preso. Pero al lado de Cristina (y ahora de Scioli) están
los Gerardo Martínez, los Caló o los Pignanelli, parte de la misma escuela y de
la misma casta podrida que se hace millonaria a costa de entregar conquistas obreras
a la clase capitalista.
A su lado, también Aníbal
Fernández, que dirigía a las fuerzas policiales que liberaron las zona donde
fue asesinado Mariano. El mismo Aníbal de Puente Pueyrredón. Dos masacres
separadas por casi una década, con un protagonista en común, hoy “casualmente”
candidato a gobernador del “proyecto nacional y popular”.
Cinco años es tiempo suficiente para
ratificar que las batallas que Mariano libraba, junto y al mismo tiempo que
muchos de nosotros, siguen pendientes y son parte de nuestro motor cotidiano.
EC
domingo, 11 de octubre de 2015
Rozenmacher y La Casa Tomada (Ricardo Piglia)
Leyendo el muy buen libro de Carlos Gamerro nos encontramos con la cita de un artículo de Ricardo Piglia. Como (casi) no podía ser de otra manera, lo que está en el centro del análisis es el peronismo.
Aquí abajo el artículo completo, encabezando el cuento Cabecita negra de Germán Rozenmacher:
https://es.scribd.com/doc/190979270/Rozenmacher-y-La-Casa-Tomada-Piglia
lunes, 28 de septiembre de 2015
De Diego, Daer y el PCR (o breve comentario sobre la traición)
Eduardo Castilla
Hace pocos
días Julián de Diego, abogado que defiende abiertamente a las grandes
multinacionales, decía que la productividad había bajado en Argentina por
responsabilidad de los delegados de izquierda. El vocero de las patronales
decía a través del diario Cronista Comercial (otro vocero de las mismas) que:
“La pérdida
de productividad y el tiempo perdido por medidas de fuerza anómalas, asambleas
supuestamente espontáneas, e interrupciones en tareas y producción, son la
segunda causal de los últimos diez años después de las ausencias por
enfermedades o accidentes. A estas malas prácticas se le debe adicionar la
regulación del nivel o del ritmo de producción, utilizado como medio de presión
en momentos en donde la empresa debe responder a una mayor demanda de sus
bienes o servicios”.
Más claro,
échele agua. Resulta ser que enfermarse constituye una “mala práctica”, salvo
que quien se enferme sea el gerente.
De Diego
solo abre el camino a la burocracia sindical. El jueves pasado, en una
entrevista esclarecedora, Rodolfo Daer (STIA) afirmaba que en las elecciones
de Mondelez (ex Kraft) del día anterior, “ganó el equilibrio, la sensatez y las
convicciones profundas de defender de la mejor forma a los compañeros de la
fábrica”.
Curiosa forma de hablar de quien no pudo pisar durante años la
planta, precisamente por su historial de traiciones, a pesar de su “sensatez”.
Como ya se
sabe, lo que triunfó en esa planta fue un rejunte de sectores de la burocracia
verde (oficialista en el STIA), La Cámpora y el PCR. Las “convicciones
profundas” suenan a cuento chino. Se trata de gente cuyo único acuerdo es
atacar al PTS, la corriente trotskista que dirigía la Comisión Interna.
Hoy lunes,
el periodista especializado en cuestiones sindicales de Clarín, Ricardo Cárpena
lo confirma.
“La alegría
de Daer en estas horas es seguramente la misma que sienten el empresariado y el
Gobierno por el retroceso del PTS en una de las más importantes plantas del
país, dentro de un contexto en el que los poderes político y económico entraron
en pánico por la “marea roja” sindical”.
El papel de
comparsa de la patronal y la burocracia lo cumple, una vez más, el PCR. El
maoísmo local tiene en su haber una camionada de traiciones. Desde su apoyo al
gobierno que armaba la Triple A allá por los años 74 y 75, pasando por el apoyo
activo a Menem en el año 89’ hasta esta pequeña gran traición donde, de la mano
de uno de los dirigentes afines al oficialismo, aporta a la derrota de la lista
combativa y antiburocrática en Mondelez.
Pero, como
bien advierte el periodista de Clarín, “quizá no haya que descorchar champaña
antes de tiempo. Si hay ajuste, los platos rotos los pagarán los trabajadores,
pero también la dirigencia que avale al próximo Presidente. La “zurda loca”,
como llamaba al trotskismo el metalúrgico Juan Belén, hace ese cálculo de lo
más cuerdo”.
La realidad vuelve a evidenciar el carácter abiertamente traidor del PCR. Junto a la burocracia de Daer, ellos
también pagarán los platos rotos ante la vanguardia obrera y combativa.
martes, 22 de septiembre de 2015
La pornogauchesca que no fue
"Si nos guiamos por la gauchesca, lo gauchos no cogen: bailan un pericón, y ya la china quedó preñada. Este pudor, claro está, es el de los señores victorianos que escribían, no de los modelos "reales" de sus personajes".
"el poema de Hernández es sin duda más pudoroso que una novela victoriana"
Carlos Gamerro, Facundo o Martín Fierro. Los libros que inventaron la Argentina.
EC
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Hegel contra los posmodernos
“…este abandono de la indagación de la verdad, que en todo
tiempo ha sido mirado como señal de un espíritu vulgar y estrecho, es hoy
considerado como el triunfo del talento. Antes la impotencia de la razón iba
acompañada de dolor y tristeza (…)
“En estos días, la filosofía crítica ha venido a prestar su
apoyo a esta doctrina en cuanto pretende haber demostrado que nada podemos
saber de lo eterno y absoluto. Este pretendido conocimiento se ha atribuido, no
obstante, el nombre de filosofía y nada ha alcanzado mayor éxito cerca de los
talentos y caracteres superficiales, nada que acojan con más entusiasmo que
esta doctrina de la impotencia de la razón, por la cual su propia ignorancia y
nulidad adquieren importancia y vienen a ser como el fin de todo esfuerzo y de
toda aspiración intelectual”.
(Discurso pronunciado el 22 de octubre de 1818, en la
apertura de un curso académico. Universidad de Berlín, citado en Lógica)
EC
sábado, 29 de agosto de 2015
El dedo de Ramiro
Ramiro no paraba de mirarse el
dedo. Le dolía. Por más que intentara usarlo de otra manera, que cambiara la mano
de lugar, no había caso. Dolía.
No sabía cómo se había cortado.
Posiblemente fuera la sequedad de la piel. A lo mejor fue cuando estaba
lijando. A lo mejor solo se cortó y no sabía cómo. La cuestión es que Ramiro
miraba el dedo mientras se bañaba. El jabón le hacía arder. Era una cosa
incómoda. No podía no bañarse ese día. Tenía que ir a esa reunión y hacía dos
días que no pasaba bajo el agua.
-Ojalá pudiera sacarme el dedo-
pensó. Así no ardería. Sus pensamientos le parecieron absurdos, pero lógicos.
Si se podía sacar el dedo mientras se bañaba, el dolor desaparecía.
“Sacarse el dedo”. Como se le
podía ocurrir semejante pavada. Sin embargo no pudo reprimirse. Aunque le
parecía profundamente ilógico se tomó del dedo. Uso casi toda la otra mano.
Agarró el dedo pulgar rodeándolo con la mano derecha e hizo fuerza en sentido
horario. O por lo menos él creía que era horario. Siempre había tenido
problemas con eso. ¿Qué era horario y qué anti horario? Era algo que le
molestaba mucho pensarlo. Cuando tenía que decidir, se imaginaba un reloj de
pared. Miraba una pared imaginaria y pensaba en las agujas del reloj girando lentamente.
Siempre giraban más lento de lo que él necesitaba para saber cuál era el
sentido por el que se interrogaba. Se impacientaba. Puteaba al reloj. Puteaba
algo que no existía. Pero puteaba.
Cuando por fin logró que en su
cerebro se procesara como era cada sentido (horario o el otro más difícil de
decir) había olvidado porqué lo estaba pensando.
Recordó el pulgar. Le volvía a
doler. Debía haber vuelto a entrar jabón. Lo siguió girando. Extrañamente el
dedo giraba. Se movía.
Cuando dio la primera vuelta
entera se asustó. ¿No tendrían que haber crujido los huesos? ¿No debería haber
llegado un insondable dolor? Pero el dedo seguía girando. Dio dos vueltas. De
golpe parecía como si el dedo fuera más largo. En realidad había empezado a
separarse de la base de la mano.
Entre el dedo y la mano había
como una especie de rosca. Cuanto más giraba el dedo más se agigantaba el
espacio entre las dos cosas. Volvió a girarlo y ya casi había un centímetro de
rosca. De golpe, el dedo cedió. Se quedó, literalmente, con su pulgar izquierdo
en la mano.
Lo examinó. Era su propio dedo. Era
piel y carne. No sangraba. En la mano la había quedado el resto de los dedos y
una rosca. Lo dejó cuidadosamente en un costado de la bañera. Atrás del frasco
de shampoo. Tomó otro dedo. Eligió el meñique para no afectar a los más
importantes. Lo giró. Y el dedo empezó a moverse. No hizo fuerza. Solo giraba y
giraba y el dedo iba saliendo. A diferencia del primer dedo, en este caso no
interrumpió el proceso. Se quedó con su meñique izquierdo en su mano derecha en
menos de un minuto.
Una sensación de pavor le
recorrió el cuerpo. ¿Cómo podía ocurrir? ¿Acaso todos los seres humanos eran
iguales? Sentía la necesidad de decírselo a alguien. Pero en su casa no había
nadie. Todos estaban trabajando. Faltaban dos horas como mínimo para que llegara
alguien.
¿Y si llamaba a un amigo? “Vení,
te muestro que me puedo desenroscar los dedos”. “Dejá de romper las pelotas”
sería la contestación del otro lado. Esa sería la más amable. Seguramente se
desataría una andanada de críticas. “Otra
vez estás del orto a la diez de la mañana”. “No fumé nada, lo juro” sería la
respuesta.
Tomó su brazo izquierdo con la
mano derecha. Empezó a hacer fuerza en una dirección. Primero le dolió. Estuvo a
punto de dejar de hacerlo pero el brazo empezó a ceder. Primero lentamente,
luego con más velocidad. A los pocos minutos tenía su brazo izquierdo en la
mano derecha.
Lo miraba y se miraba el hombro. No
había sangre. Solo una rosca. “No soy humano” pensó. “No estoy sangrando”. Recordó
que de chico sangraba cuando se lastimaba. Hace minutos nomás se había quejado
del dedo lastimado. Y ahora tenía un brazo en la mano.
Debería haber cerrado la ducha.
Se sentó en el borde de la
bañera. Agarró la pierna izquierda con el único brazo que le quedaba. La pierna
también giraba. Fue difícil el movimiento en este caso. La pierna describía un
amplio círculo cuando giraba. A lo mejor debería haber doblado la rodilla. Ya
era tarde. La pierna quedó estirada y cuando la giraba daba una vuelta enorme. Era
más difícil que con el brazo. Pero se la sacó. Ahora en el piso de la bañera
estaban su brazo y su pierna izquierda. Además del dedo.
“Paro con esto” pensó. “Me fui a
la mierda” se dijo a sí mismo en una suerte de consejo. Pero la curiosidad lo
mataba. Empezó a sacarse la otra pierna. El mismo problema. Un enorme círculo tras
otro en el aire hasta que salió.
Ahora solo tenía un torso y un
brazo. Sin puntos de apoyo fue a parar al fondo de la bañera. Puteó. No se
lastimó pero puteó.
En el movimiento, su mano
izquierda había ido a parar en el agujero por donde desagotaba la bañera. Se
dio cuenta que no sabía cómo se llamaba eso. A veces había escuchado decir que “se
había tapado la rejilla” pero no estaba seguro de que fuera ese el nombre
correcto. En ese momento, lo único que le preocupaba es que su mano se había
atorado en el agujero ese de mierda y el agua empezaba a subir. Intentó correrla
con su único brazo pero estaba casi inmovilizado en el fondo de la bañera.
No tenía brazos ni piernas para
hacer fuerza y girar. Tenía que ponerse el otro brazo pero no llegaba a
agarrarlo porque había quedado justo debajo de su torso. No había forma de
girar ni de agarrar el brazo. Intentaba agarrarse del borde de la bañera con el
brazo derecho pero estaba mojado así que resbalaba.
Volvió a putear. “Dedo de mierda”.
El dedo no estaba por ningún lado. “¿Se habrá ido por el desagote?”
El agua subía. El brazo derecho no tenía ya
mucha utilidad. Faltaban casi dos horas para que llegara alguien. Todos estaban
trabajando.
EC
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