lunes, 2 de junio de 2025

Motores

 


El giro milimétrico en la conciencia. El salto al silencio. El ruido del vacío, en una noche de recuerdos que trae todo y no trae casi nada. Al mismo tiempo.

¿Cómo escapar al recuerdo de ese brazos delgados? ¿de esos huesos quebradizos?

¿Cómo esquivar una mirada que transita entre el desprecio y la lástima?


A veces tengo flashes. Recuerdos incompletos de un tiempo de infelicidad salpicada. De esas largas lonjas de tristeza invadiendo el día a día, entrecortados por alguna risa cómplice. Por algún beso real. No como aquel último beso. Fingido al infinito. Caricia obligada. Impuesta por un despedirse que era nada. A hora de un cataclismo mundial.


Nunca hablamos. De esa frialdad. Tal vez no tenga sentido. El cuerpo dada señales de agotamiento. Exudaba hastío. Marcas de fin de época. ¿Es acaso posible prever ese final? Anticiparse en los hechos. Recitarlo en palabras pretéritas, capaces de prefigurar el tiempo futuro de un modo distinto. Palabras destinadas a ser conjugadas en un tiempo verbal imposible. Un tiempo verbal de deseo.


Yo deseo, tú no deseas, él o ella desearían (si pudieran)

Vosotros desearéis o habréis deseado

Nosotros, ¿qué sabemos nosotros del deseo?

Ellos…

Ellos esperan un tiempo mejor para el deseo. Un tiempo en que no estén obligados a hacerlo. A desear y ser deseados.


Habitamos ese estigma. Esa imposición.


No logro recordar sus manos. Sus brazos. No tengo el recuerdo de acariciar su rostro.

Sí recuerdo sus besos. Y ese apotegma: nuestras bocas fueron diseñadas para encontrarse.

Un tiempo breve pareció confirmarlo. No tan breve.


No hay motores para la escritura. ¿para qué hay motores?

No hay comentarios:

Publicar un comentario