miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tomada miente (una jornada cargada en los cortaderos de ladrillos)


Leonardo Nesta
Obrero industrial
 


"Esto sigue siendo un trabajo de esclavos, lo fue y lo sigue siendo"

Eso que parece una aseveración de tono histórico no es más que el sentir de un hornero, como se los conocen por estos lares a los ladrilleros. Efectivamente hoy fuimos juntos a recorrer algunos lugares donde él trabajó, lo había hecho otras veces, no voluntariamente como hoy, con cierta impotencia, pero hoy fui yo a pedirle que me acompañe, y fuimos juntos, ahí donde la greda te llega a los tobillos, y la sequedad de las manos trabajadoras es tan profunda como la desolación que vive esa zona. En el camino le explique que, como respuesta al paro del pasado jueves, el gobierno había salido con "un plan" para "mejorar" las condiciones de los trabajadores ladrilleros, una reconversión productiva lo llaman ellos, un verso más detrás de una palabra de difícil interpretación concreta. “Son todas mentiras" me dijo, "ahora vas a ver, seguimos igual que 20 años atrás. Si digo eso digo mucho, la verdad que estamos peor"
Llegamos al primer cortadero y nos encontramos con Ramoncito. "Moncho!" Me dice "no engordás más vos". A simple vista Ramoncito tiene el mismo aspecto que cuando lo vi por última vez, hará unos 15 años atrás. Sus zapatillas cubiertas de barro seco, que dejan una huella continua en la greda, unas pilchas harapientas para no arruinar nada de valor en este terrible trabajo, pero luce cansado, menos veloz que otras veces.
Hay dos laburantes cortando (primera fase de la producción de ladrillos) "yo no quiero estar acá" me dice uno, "he buscado otras cosas pero no se consigue nada, esto te mata lentamente". El otro no pronuncia palabra, pero sonríe cuando le saco una foto. "Saque, saque, muestre todo mijo que acá solo vienen cuando hay una tragedia". Es verdad, hace unos años un niño murió ahogado en el tanque de agua que utilizan para laburar, una noticia que recorrió los diarios y abrió la discusión sobre el trabajo infantil en los cortaderos, algo común a la actividad.
Junto con el trabajo en negro y el empleo semi esclavo de inmigrantes bolivianos, son partes de la tragedia diaria que viven cientos de miles de trabajadores, las condiciones de extrema precariedad, la dura y agobiante vida bajo el sol, el frío, las heladas, todas esas enfermedades adquiridas por el insufrible desgaste del tiempo.
Ojos enrojecidos de cataratas, pieles astilladas, columnas retorcidas, encorvados, lastimados, todo recientemente “descubierto” por Tomada. Canallas insensibles, cobardes por sobre todas las cosas, el personal político de la burguesía, el gobierno K, tiene un número creciente de cínicos capaces de cualquier cosa.
Con los trabajadores conversamos un poco sobre mis ideas, lo que ando haciendo hoy por hoy, y les agrada. “Esas cosas estarían buenas, ojala alguien las pudiera llevar adelante”. Todavía la vida, cruenta vida, necesita abrirse paso. Experiencias, y procesos generalizados de luchas que ayuden a las ideas que llevamos adelante los marxistas. Pero sin duda coincidimos en algo, el gobierno es una mierda me dicen. Yo les prometo, en cuanto pueda, volver.
La visita continua, al principio tenía una cuota de nostalgia. Hacía mucho que no andaba por acá, pero a medida que caminamos me crece la ira, ciertamente no puedo hablar de estrategia, compartimos la bronca que irradian las charlas. Aunque hablamos de política, hay un justo deseo de venganza que nos recorre enteros. El camino es empedrado, difícil de andar, casas de adobe, precarias. No, eso es poco, mucho más que eso, un baño sin puertas, una letrina que nadie usa. "Es mejor cagar en los yuyos" me dice el rengo. Así lo llaman acá, trabaja con mi tío que no está.  "Anda en el carro, buscando zanahorias para el caballo", en estos días terminó de quemar así que ahora anda haciendo las cosas que dejó pendiente.

El quemado del ladrillo (última fase de producción) necesita una atención continua, ocho, diez y hasta 15 días, el horno arde, abastecido de gruesos y pesados troncos de árboles que el quemador manipula con sus propias manos, y con la única ayuda de su ser, no hay nada mecanizado en este tortuoso lugar.
Los quemadores atienden el horno día y noche, muchos (como uno que conozco) sufren de insomnio crónico, terminan con delirios, sin distinguir cual es el día y la noche, cual es su vida real y cual la ficticia porque la pesadilla que vive hace años se extiende y se extiende. 
El rengo lleva unas quinientas bovedillas (ladrillo fino) quizá menos, una y otra vez se ha inclinado con el molde cargado de barro para dejarlas en el suelo, donde secan al calor del sol. Le pagan 200 pesos por cada mil que corta. Hoy, si acelera un poco, quizá su paga llegue a esa meta. Le cuento que el gobierno quiere mil millones de ladrillos y no lo concibe. Está pensando en que aun, a su columna, le falta la mitad del día para llegar a 200 pesos, tomar una sopa, un vino, dormir y volver a arrancar, a pesar del dolor y de lo que sea.
Tomada miente. Nunca tuve duda de ello, no necesitaba comprobar nada, más bien quería, herramientas en mano, devolver un poco de esa savia que nos hace fuertes a los obreros. Es una bronca contenida y un deseo de romper cadenas que se va a propagar a miles, y aunque lo intenten por todos los medios, cuando ocurra, no van a conseguir separarnos porque seguimos siendo los mismos, pero mejor.
 


martes, 26 de agosto de 2014

La noche boca arriba (Julio Cortázar, a cien años de su nacimiento)



Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

lunes, 18 de agosto de 2014

Trotsky, el nombre de la revolución




“El último tema de conversación fue la muerte. “Hay algo que el comunismo nunca podrá vencer: la muerte” dijo en sustancia Malraux. Trotsky le contestó: “cuando un hombre ha cumplido la tarea que se le ha dado, cuando ha hecho lo que quería hacer, la muerte es sencilla”. (Jean Van Heijenoort. Pág.57).

Eduardo Castilla
En pocas horas se cumplirán 74 años del asesinato del revolucionario León Trotsky, dirigente de la revolución rusa, constructor del ejército rojo y luchador incansable por la revolución socialista mundial y el comunismo, aún en horas difíciles, cuando intelectuales y dirigentes de todo el mundo reivindicaban a Stalin y el “socialismo en un sólo país”.
Las dificultades de fines de los 30’ y el aislamiento de los trotskistas en relación a las grandes masas -dirigidas esencialmente por socialistas y comunistas- llevaron a un debate acerca del “voluntarismo” de Trotsky al fundar la IV internacional. Entre los críticos de esa decisión se hallaba Isaac Deutscher, uno de los mayores biógrafos del dirigente ruso. En este mismo blog, a inicios del año pasado, Paula Schaller debatió con Agustín Santella, alrededor de ese eje, aquí y aquí.
Pero las definiciones que catalogan como voluntarista dicha iniciativa no logran explicar la brutalidad de la persecución que desplegó el stalinismo contra Trotsky. Campaña que no sólo recurrió a la calumnia sino a la preparación y ejecución de su asesinato, que implicó el uso de recursos del estado soviético y de la Internacional Comunista así como de los Partidos Comunistas nacionales. Todo con el objetivo de demoler el prestigio revolucionario de Trotsky. Campaña que se desarrolló, a escala internacional, durante más de una década, desde 1928, año de su expulsión de la URSS, hasta su asesinato en 1940. Si Trotsky era una figura inofensiva y aislada ¿cómo explicar semejantes recursos en calumniar y perseguir a un individuo y su reducido grupo de seguidores? 

Un planeta sin visado

Trotsky escribía, en el final de Mi Vida, que el planeta entero se hallaba cerrado para él. Todos aquellos que predicaban las “ventajas” de la democracia burguesa sobre el régimen del estado soviético, se negaban a darle una “lección práctica” de esa superioridad concediéndole el derecho al asilo político.
El mundo sin visado era el mundo burgués temeroso del pensamiento de Trotsky y su capacidad para influir en la realidad. El énfasis en las cláusulas de aislamiento y en limitar su posibilidad de intervenir sobre la vida política local expresaban ese temor. Tras ese temor pesaba, aún más, la enorme presión diplomática de la URSS, que había condenado al exilio a Trotsky.
Las exigencias de expulsión en cada país en el que estuvo, las constantes campañas de difamación contra su figura y la infiltración de agentes de la GPU en las pequeñas organizaciones de la Oposición de Izquierda -luego organizaciones de la IV internacional- expresaban una enorme preocupación estratégica de la burocracia estalinista por liquidar al trotskismo.
Esa persecución estaba estrechamente ligada a los intereses sociales de esa casta burocrática, tanto en el terreno de su política internacional como en el nacional, donde el régimen del bonapartismo stalinista, como expresión de esa burocracia, no había terminado de estabilizarse. 

Trotskismo y stalinismo en la arena internacional

La política del stalinismo, expresada en la III Internacional a partir de 1924, fue un boicot abierto al desarrollo y triunfo de la lucha revolucionaria. A la derrota de la revolución china de 1925-27, siguió la derrota sin lucha del proletariado alemán en 1933, la desastrosa política de ceder ante el Frente Popular en Francia y la traición lisa y llana de la revolución española. Cada paso del stalinismo en la arena internacional implicaba una nueva derrota del proletariado.
El dirigente trotskista Ernest Mandel escribía que “No se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su “falta de comprensión” (…) Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional (…) Una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia”.
A lo largo de la década del 30’, la política de Trotsky en Europa occidental, tuvo su centro en aportar al desarrollo de la revolución social a partir de la defensa de las posiciones del proletariado. Defensa urgente frente al avance del fascismo. Los insistentes llamados al frente único entre la socialdemocracia y el PCA en Alemania -reflejados en la Lucha contra el Fascismo-; las durísimas críticas a la política del PC en Francia que permitían el avance de la derecha bonapartista mientras desarmaban al proletariado para una pelea estratégica por el poder; la intervención política en la revolución española planteando una perspectiva independiente que pudiera permitir superar el estadío “ciego, sordo y mudo” del primer período de la revolución y hacer emerger el enorme poder de una clase obrera con una gigantesca combatividad; todos son ejemplos de una perspectiva estratégica clara que, de haber sido llevada a la práctica, hubiera impedido el triunfo del fascismo y el camino a la 2ºGuerra Mundial, esa enorme carnicería de las potencias imperialistas que costó más de 60 millones de vidas.  
Cada uno de esos combates estuvo acompañado de las batallas por la construcción de organizaciones revolucionarias que pudieran incidir en el desarrollo real de la lucha de clases o, en condiciones menos favorables, permanecer como corrientes armadas con las lecciones estratégicas de ese período.
En este período, la teoría-programa de la Revolución Permanente de Trotsky -que orientaba el conjunto de su perspectiva política- fue la única alternativa estratégica a las políticas del stalinismo. La persecución a Trotsky implicaba atacar a la única concepción que podía plantear efectivamente una política alternativa al conjunto de la política de la burocracia.
Esa estrategia alternativa, basada en las tendencias reales que existían entre las masas, podía triunfar. Fue, esencialmente, la dirección del PC la que impidió el desarrollo del frente único defensivo en Alemania para enfrentar la avanzada de Hitler. Fue el estalinismo el que jugó el rol principal de atar al movimiento de masas a la lucha por la República, renunciando a la aplicación de medidas revolucionarias, en España.
Trotsky, lejos de un agitador exaltado de la revolución mundial, ofrecía un programa, una política y tácticas que, en el marco de una estrategia, permitían vencer. El “temor” de la burocracia estalinista a Trotsky radicaba, en gran parte, en ese aspecto. 

La URSS y sus contradicciones

En los inicios de la década del 30’, el régimen stalinista estaba lejos aún de ser estable. Los giros económicos de la burocracia -completamente pragmáticos- condujeron a enormes crisis entre 1927 a 1932, que empujaron al país al borde de la guerra civil.
Lejos de ser una clase “legítima”, la burocracia era una casta parasitaria que usurpaba el poder político. Ante los ojos de las masas, su existencia no aparecía como “natural” sino como una usurpación. Trotsky lo expresaba señalando que “La inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia (pero) los obreros casi nunca salen a la lucha abierta (…) esto no solamente se debe a la represión. Los trabajadores temen, si derrocan a la burocracia, abrir el camino a la restauración capitalista”. La burocracia era un “mal” a soportar frente a las presiones del imperialismo mundial.
En 1936, en La Revolución Traicionada (de próxima aparición en la editorial del CEIP) Trotsky escribía “La divinización cada vez más imprudente de Stalin es (…) necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable (…) Cada funcionario profesa que "el Estado es él". Cada sitio se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia”.
Dentro de esa lógica es posible comprender la razón de los Juicios de Moscú, donde la burocracia stalinista juzgó y condenó a muerte a la casi totalidad de la dirección bolchevique que, junto a Lenin y Trotsky, habían dirigido la toma del poder en 1917 empezando la construcción de una nueva sociedad.
Que los Juicios de Moscú hayan tenido como principal “acusado” a Trotsky -junto a León Sedov, ambos implicados como autores intelectuales de crímenes inventados-, constituye una aberración lógica propia del terror stalinista pero necesaria para consolidar el régimen bonapartista.
Como relata Jean Van Heijenoort en el recientemente publicado Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio, las dificultades materiales que padeció el revolucionario ruso fueron enormes. El alejamiento de su familia y sus amigos, los constantes problemas económicos, el exilio en países donde era confinado casi como en una prisión. Ese conjunto de circunstancias volvían absurdas las acusaciones en su contra como organizador de sabotajes y atentados.
La eliminación de la generación de revolucionarios que participaron en la toma del poder y en los primeros años de la construcción del estado obrero, que habían vivido de cerca de la conformación de la III Internacional -que, en su período inicial, fue una herramienta al servicio de la revolución mundial- buscaba borrar todo rastro de esa tradición.
Pero, además, la casta burocrática que encabezaba Stalin sentía horror ante la perspectiva de una nueva revolución, esta vez dirigida contra ella. Perspectiva que podía desarrollarse tanto a partir de la guerra que se aproximaba como a partir del descontento de las masas ante las enormes diferencias sociales existentes entre la burocracia gobernante y el conjunto de la población.
La existencia física de Trotsky y la existencia política de la IV Internacional constituían, en ese marco, un peligro para la burocracia. Si al interior de la URSS se desarrollaba un proceso revolucionario de masas, la posibilidad de la confluencia entre una subjetividad marcada por la tradición de la Revolución de Octubre y el programa y la política del trotskismo, era un peligro mortal para la burocracia. Allí radica otra  de las razones fundamentales de la persecución y el asesinato de Trotsky. 

¡Trotsky vive! ¡Viva Trotsky!

En estos párrafos hemos intentado reseñar más de una década de debates acerca de problemas fundamentales de la lucha de clases y la estrategia revolucionaria. Lo hemos hecho con el objetivo de volver a poner en discusión la actualidad del legado teórico y político de León Trotsky.
Quienes critican su “voluntarismo” son también quienes intentan negar la validez de su tradición. Lo hacen, en muchos casos, atacando a la Teoría de la revolución permanente y al Programa de Transición. En esos ataques, como no podía ser de otra manera, entra la acusación de “dogmatismo” y sectarismo hacia la izquierda que lo reivindica como hacemos desde el PTS.
Pero la tradición de Trotsky, a pesar de las enormes contradicciones y errores de muchas corrientes que actuaron -y actúan aun- en su nombre, sigue viva. Sigue siendo una herramienta para la lucha de clases, capaz de aportar a la reconstitución de la subjetividad revolucionaria de clase obrera. Que mejor ejemplo de la “aplicación” de parte del Programa de Transición que la gestión obrera que empieza a desarrollarse por estos días en Donnelley y la que existe, hace más de diez años, en Zanón.
En 1929, en el prólogo de Mi Vida, León Trotsky escribió “El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal a que puede aspirar quien no une la misión de su vida al día que pasa”.  
Su lugar en la historia fue enorme. Lo que muchos tildan de “voluntarismo” fue la decisión consciente de perpetuar la tradición, el programa y la estrategia revolucionaria. Esa tradición vive. Ha resistido el paso del tiempo y las múltiples derrotas y fracasos. Esa tradición vive y lucha. Lo hace en los obreros y obreras de Lear, en los de Donnelley, en la juventud revolucionaria que se juega el todo por el todo por esas enormes luchas de la clase trabajadora, no sólo en la Argentina, sino en otras partes del mundo.
La burguesía, el stalinismo –o el peronismo en Argentina- no pudieron impedir que esa tradición siga viva y tenga futuro. A 74 años de su asesinato, ¡Trotsky vive!



jueves, 14 de agosto de 2014

Lenin, el Partido y otros demonios (Ideas de Izquierda nº11)


Acerca de la crisis de la izquierda independiente (parte II)

Fernando Aiziczon y Eduardo Castilla
Número 11, julio 2014.


En el anterior número de IdZ1 afirmamos que la izquierda independiente padecía un evidente vacío estratégico que, sumado a la reiteración de sus dogmas teóricos, la encerraba en una fuerte crisis política. Señalamos que una de sus delimitaciones centrales en relación a la “vieja” izquierda era, precisamente, la idea de Partido ligada a la tradición marxista revolucionaria. Haremos aquí algunos señalamientos sobre esa cuestión esencial (completo acá)